Ocho decisiones sanadoras: La decisión de la realidad IV parte


c) El resultado de la decisión

El resultado de esta decisión tiene varias implicaciones pertinentes. Primero la frase “porque” es una frase conectiva, pero interesante. La palabra “porque” denota razón. Siempre que Dios establece o exige algo de alguien deberá entender que existe una razón importante que tal vez no percibamos inmediatamente, pero que a la larga Dios siempre tenía la razón. También el “porque” nos conecta no .solo con la razón sino que trae resultados gigantescos al optar por esta decisión. Note que hay una razón poderosa: “de ellos es el reino de los cielos” ¿Qué significa esto?      Estamos cubierto por un rey poderoso y un estado poderoso. Pertenecemos a Dios y a su reino. Ahora note que el verbo está en presente. Esto implica que es una realidad. Este reino de los cielos, es tanto escatológico como histórico. Tenemos un destino asegurado, pero también una cobertura en esta tierra de que pertenecemos a otro tipo de reino. Nuestras leyes son diferentes, nuestras conductas igual. Por eso es que esta enseñanza en varias ocasiones se ha llamado como una contracultura.

II.  El segundo lente es el  acercamiento EXPERIMENTAL de la decisión

Una vez que hemos entendido el concepto escritural, debemos entonces aplicarlo a nuestra necesidad. El principio básico es que la primera decisión sanadora trae es la decisión de la realidad. No puedo sanar mi vida, o encontrar mi satisfacción o la dicha sino reconozco mi realidad. Esa realidad indica que no puedo solo, que tengo carencias y por sobre todo soy un pecador que le falla a Dios. Si no reconozco mi incapacidad para salir de un x problema, nunca podré ser sanado. Cuando  reconozco que no soy Dios empiezo a sanar de mi problema. La Biblia tiene una forma de expresar esto. En ella se le llama a esta tendencia nuestra “naturaleza pecaminosa”. La naturaleza de pecado nos lleva tanto a usted como a mí a toda clase de problemas. Usted siempre va a tener esa naturaleza pecaminosa, ese deseo de hacer lo malo. Este permanecerá siempre con usted hasta que llegue al cielo. Y aun cuando sea cristiano, todavía tendrá deseos que lo empujen hacia el mal. Pablo entendió esto. En Romanos 7:15 él dijo: “No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco”. Le suenan familiares estas palabras? “Termino haciendo lo que no quiero hacer y termino no haciendo lo que quiero hacer”. El primer paso para la recuperación es que usted entienda la causa de este problema. ¿Por qué sucede esto en mi vida? Primero, necesita entender la causa del problema, luego las consecuencias y más tarde la cura para el mismo. ¿Cuál es la causa de mi problema? La causa de todos sus problemas es esta: “Quiero ser Dios”. ¿Le gustaría decidir lo que es bueno y lo que es malo? Usted dice: “No quiero que nadie me diga lo que es bueno y lo que es malo; quiero decidirlo por mí mismo. Quiero hacer lo que quiera, quiero hacer mis propias reglas. Quiero ser el centro del universo. Quiero ser mi propio jefe, vivir a mi manera, si me siento bien haciendo algo, pues, adelante. No quiero que nadie me diga qué hacer con mi vida”. Eso se llama jugar a ser Dios. Lo que en realidad está diciendo es: “Quiero controlar”. Y mientras más inseguro sea usted, más empeñado estará en controlar. Mientas más inseguro sea, más desea controlarse a sí mismo, controlar a otras personas, controlar su ambiente. A eso se le llama querer jugar a ser Dios. Este es el problema más antiguo del hombre. Aun Adán y Eva lo tuvieron. Dios los puso en el paraíso y ellos trataron de controlarlo. Dios dijo: “Pueden hacer todo lo que quieran en todo este paraíso excepto una sola cosa: No coman de este árbol”. ¿Y qué hicieron ellos? Fueron directamente hacia ese árbol, que era lo único en el Paraíso a lo que Dios le había puesto límites. Satanás dijo: “Coman esta manzana (o lo que haya sido) y sean dioses”. Ese ha sido el problema desde el principio. Querer ser Dios. Querer tomar las decisiones uno mismo. Querer vivir nuestra propia vida. Queremos estar en control. ¿Cómo jugamos a ser Dios? Negando nuestra humanidad y tratando de controlar todo por razones egoístas. Queremos estar en el centro de nuestro universo. El control es el asunto real. Queremos estar en control y tratamos de controlarnos a nosotros mismos, a otras personas, a todo lo que está a nuestro alrededor. Hay varios síntomas que se manifiestan en las personas.

 

  1. Tratamos de controlar nuestra imagen.

Deseamos controlar lo que otros piensan de nosotros. No queremos que otras personas conozcan realmente cómo somos. Jugamos, usamos máscaras, pretendemos ser otros, somos falsos, queremos que la gente vea ciertos aspectos nuestros y escondemos lo que no queremos mostrar, y negamos nuestras debilidades y nuestros sentimientos. (“No estoy molesto, no estoy disgustado, no estoy preocupado, no estoy asustado”.) No queremos que las personas vean nuestro verdadero yo. ¿Por qué tengo miedo de decirle quien soy? Ese es el título de un libro. La respuesta es: Si le digo quien soy realmente y no le gusta, eso es malo para mí, porque soy todo lo que tengo. Es por esto que tratamos de esconder y controlar nuestra imagen. Tratamos de controlar a otras personas. Los padres tratan de controlar a sus hijos; los hijos tratan de controlar a sus padres. Las esposas tratan de controlar a sus esposos; los esposos tratan de controlar a sus esposas. Las personas tratan de controlar a otras personas. Hay reglamentos en su lugar de trabajo. Los países tratan de controlar a otros países. Usamos muchas estrategias para manipularnos unos a otros. Usamos la culpa para controlar, usamos el temor, usamos la alabanza. Algunos de ustedes usan el látigo del silencio, del enojo y e la ira para controlar. Tratamos de controlar a las personas. Tratamos de controlar los problemas, nuestros problemas. Somos buenos para esto. Usamos frases como: “Lo puedo manejar, realmente no es un problema”.

  1. Tratamos a jugar a Dios

Eso es tratar de jugar a ser Dios. “Puedo manejarlo, estoy bien. Realmente estoy bien”. Queremos estar en control: no necesitamos ayuda y realmente no necesitamos consejo. Tratamos de controlar nuestros problemas: “Puedo dejarlo en cualquier momento. Lo haré a mi manera”. Pero mientras más trate de arreglar su problema por sí mismo, peor será. Tratamos de controlar nuestro dolor.  ¿Ha pensado alguna vez cuánto tiempo desperdicia huyendo del dolor? Tratamos de evitarlo, negarlo, reducirlo, posponerlo y de escapar de él. Y tratamos de hacer esto de diferentes maneras. Algunas veces tratamos de evitarlo comiendo o dejando de comer. Tratamos de posponerlo bebiendo, fumando, consumiendo drogas, o involucrándonos en una y otra relación. “Esta relación es lo que verdaderamente necesitaba para sentirme completo y realizado”… y entonces iniciamos esa relación. “OH,  me equivoqué, no era lo que pensaba”… y terminamos la relación. Y así continuamos una relación tras otra. O desarrollamos algún tipo de hábito compulsivo para tratar de controlar el dolor. O nos volvemos abusivos y nos enojamos con otras personas o nos volvemos críticos o prejuiciosos para esconder el dolor. O nos deprimimos. Hay muchas, muchas formas de tratar de controlar nuestro dolor. El dolor viene cuando nos damos cuenta, en nuestros tiempos a solas, que no somos Dios y que no podemos controlar nada, y eso nos atemoriza. Ese es el primer paso hacia la recuperación. Usted no va a mejorar por usted mismo, reconózcalo. No lo niegue. He aquí cuatro problemas que siempre aparecen cuando tratamos de guardar la imagen.1. Temor  Cuando trato de controlar todo, me atemorizo. Adán dijo: “Tuve miedo porque estoy desnudo. Por eso me escondí”. Nos atemoriza el que alguien descubra quiénes somos realmente, que somos falsos, farsantes, que realmente no tenemos el control, que no somos perfectos. Es por eso que no permitimos que nadie se acerque realmente a nosotros, porque descubrirán que interiormente estamos asustados. Y debido a que disfrazamos esto y pretendemos que no es real, llenamos nuestras vidas con temor, asustados de que alguien nos vaya a rechazar, de que no nos amen, o de que no les seamos simpáticos porque no saben realmente lo que somos. “Solo les gusta una imagen de mí. Si supieran realmente como soy, no les gustaría”. Así que nos resentimos y nos llenamos de temor cuando tratamos de jugar a ser Dios.2.  Frustración frustrante tratar de ser el gerente general del universo. Caminamos pretendiendo ser Dios: “Soy poderoso, puedo manejarlo”. Si somos tan poderosos, ¿por qué simplemente no terminamos con todo? No podemos, y eso nos frustra.3. Fatiga Jugar a ser Dios cansa. Tratar de controlar todo, pretender que todo está bien, negar algo, consume mucha energía. En el Salmo 32, David dice: “Mi fuerza se fue debilitando como al calor del verano… Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad”. La mayoría de las personas tratan de esconder su dolor y huyen de él manteniéndose ocupadas. Piensan: “No me gusta cómo me siento cuando me deprimo. No me gusta lo que viene a mi mente cuando pongo mi cabeza sobre mi almohada, y no me gustan esos sentimientos y lo que escucho, por lo que me mantengo ocupado”. Huimos del dolor al estar constantemente en un ir y venir. Trabajamos hasta el cansancio. O nos involucramos en algún pasatiempo o algún deporte hasta que se vuelve algo compulsivo, y permanecemos en el campo de basquetbol, en la cancha de tenis, o en cualquier otro lugar todo el tiempo. Incluso podemos involucrarnos en actividades religiosas, podemos tratar de esconder nuestro dolor trabajando de forma febril en las actividades de la iglesia. Esperamos que cuando nos acostemos y pongamos la cabeza sobre la almohada, estemos tan fatigados que dormiremos y no tendremos que escuchar nuestro dolor. Si está en un estado constante de fatiga, siempre agotado, pregúntese: “¿De qué dolor estoy huyendo? ¿Qué problema no quiero afrontar que me motiva y me conduce a trabajar y trabajar para estar en este estado constante de fatiga?” 4. Fracaso

Cuando trata de jugar a ser Dios, la descripción que hace Proverbios28:13 (DHH) es una garantía de dónde terminará: “Nunca tendrás éxito en la vida si tratas de esconder tus pecados. Confiésalos y renuncia a ellos. Entonces Dios mostrará su misericordia sobre ti”. Necesitamos ser honestos y aceptar nuestras debilidades, faltas y fracasos. En nuestra iglesia sueño con que sea una comunidad restauradora, que sea un lugar  seguro donde la gente, gente real, pueda hablar acerca de sus problemas reales, heridas reales, complejos reales y hábitos reales, sin temor a la crítica. Somos una familia de compañeros en la lucha. No hay ninguna persona que tenga todo bajo control. Todos somos débiles en diferentes áreas y nos necesitamos unos a otros. Y nos necesitamos porque nos volvemos espejos para revelar las heridas unos a otros y ayudarnos mutuamente. Así que el primer paso en el camino a la recuperación es admitir mi incapacidad. La Biblia dice que al hacerlo encontramos fortaleza. Esta no es una idea popular en la cultura latinoamericana de autosuficiencia, la cual dice: “Levántese por sí mismo, no dependa de nadie más, usted solo puede”. Y lo convierte en una especie de Llanero Solitario. Pero admitir la incapacidad es el primer paso esencial para iniciar la recuperación. Reconozca que es incapaz de hacerlo por usted mismo. Necesita a otras personas y necesita a Dios.

Admitir que no soy Dios significa que reconozco tres hechos importantes de la vida. La madurez viene cuando: 1. Reconozco que soy incapaz de cambiar mi pasado. Duele, todavía lo recuerdo, pero todo el resentimiento del mundo no va a cambiar esa realidad. Soy incapaz de cambiar mi pasado.2. Reconozco que soy incapaz de controlar a otras personas. Trato, me gusta manipularlos, utilizo toda clase de pequeños trucos, pero no funciona. Soy responsable de mis acciones, no de las de otros. No puedo controlar a otras personas.3. Reconozco que soy incapaz de hacer frente a mis hábitos, comportamientos y acciones dañinas. Las buenas intenciones no son suficientes. Cuantas veces lo ha intentado, ha fracasado. La fuerza de voluntad no es suficiente. Necesitamos algo más que fuerza de voluntad. Necesitamos a Dios, porque él nos hizo para necesitarle Santiago 4:6 (NVI) dice: “Dios resiste a los orgullosos, pero da gracia a los humildes”. Gracia es el poder para cambiar. Gracia es el poder que Dios nos da para hacer en nuestra vida los cambios que queremos hacer y que él desea que hagamos. Y para recuperarnos de las heridas, complejos y problemas en nuestra vida, necesitamos la gracia de Dios. ¿Cómo la obtenemos? Solamente de una forma. Él se la da al humilde. Permítame preguntarle, ¿qué aspectos de su vida necesitan cambiar? ¿Qué herida, complejo o hábito ha estado tratando de ignorar? Para muchos este paso será el más difícil, reconocer que sus vidas necesitan cambios. Me alegra que sea el número uno, porque cuando haya dado este paso, habrá vencido la mayor dificultad y admitirá: “Tengo un problema, tengo una necesidad, tengo una herida”. Para muchos puede parecer difícil y humillante reconocer esto, decir: “No soy Dios y no tengo tanto control como me gustaría que todos pensaran. No tengo el control de nada”. Pero si les dice eso a los demás, no se van a sorprender, porque lo saben. Dios lo sabe, usted lo sabe, solamente necesita admitirlo. Esto significa ser honesto y afrontar un problema que ha querido ignorar por mucho tiempo. Acompáñeme estas ocho semanas en este camino a la libertad, en el Camino de estas decisiones sanadoras.

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