Ocho decisiones sanadoras: La decisión de la realidad III parte


B. El concepto de la enseñanza

Comencemos entonces con la primera parte de la enseñanza del monte.

1. Aclarando conceptos

Notemos que empieza con la expresión de Mateo: “Viendo la multitud, subió al monte y sentándose, vinieron a él sus discípulos, y abriendo su boca les enseñaba diciendo”.  Ahora antes de entrar en la primera decisión sanadora, podemos entender dos cosas. En primer lugar  el concepto de “sermón” es extraño al pasaje. ¿Qué es un sermón? Es una técnica tardía a la época de Jesús. Se desarrollo más con la combinación de la oratoria griega, y fue introducida por los Padres de la iglesia. Es bastante complicado tíldar esta enseñanza de Jesús como un sermón. ¿Por qué razón se le puso a esta enseñanza que era un sermón? Porque la influencia griega permeó la cosmovisión tutorada de la enseñanza judía Hay dos características importantes que contradice el concepto del sermón del monte. Primero la audiencia en realidad no fue toda la multitud sino sus discípulos. Note que dice: “vinieron a él sus discípulos”. Es decir lo compartió en un círculo más reducido. Por otro lado también dice que Jesús se “sentó”. Y finalmente la expresión “abriendo su boca les enseñaba diciendo” es importante porque Jesús una “edidaskein” que es una palabra más para enseñar uno a uno que a un conglomerado. Es una forma diferente a lo que hoy nosotros entendemos de lo que es un sermón.

2. Estableciendo criterios

            a) El reto  de la decisión

            El ideal de la decisión comienza con la primera palabra que aparece en el pasaje  “bienaventurados los que”. Esta palabra ya lo mencioné anteriormente se puede traducir como “felices, dichosos”. Es una expresión muy enfática. Bienaventurado (en griego makários) significa “dichoso, feliz, bendito”. En el Nuevo Testamento se describe a Dios con esta palabra: “la aparición de nuestro Señor Jesucristo, la cual a su tiempo mostrará el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores.” (1 Timoteo 6:14b, 15) Ninguna de las bienaventuranzas lleva el verbo en el texto griego, lo cual significa que las bienaventuranzas no son afirmaciones sino exclamaciones. En castellano fue traducida como una expresión de abundancia y felicidad total. Es decir para Jesús esta felicidad o estado dichoso es alcanzable. Que implicaciones tiene la palabra  Bienaventurado”. Primero implica una decisión por fe. Note que dice “bien” y “aventurado”. Esto significa caminar en una buena aventura. Esto implica que se debe trabajar en ciertos conceptos para poder llegar a este estado de buena aventura. En segundo lugar el uso de “bienaventurados” habla de pluralidad. Significa que es una decisión colectiva. Es decir muchas personas pueden alcanzar ese estado. El uso de la exclamación “los que” implica que es un caminar opcional  No dice “todos” sino “los que” este conectivo indica que sólo aquellos que quieran  seguir estas decisiones, alcanzarán la efectividad de las promesas en sus vidas. Así que lo concluyente de estas dos primeras expresiones es que podemos alcanzar el estado de dicha, si caminamos por fe, si caminamos con otros, y finalmente si tomamos la opción que Dios nos propone. La segunda expresión es “los pobres en espíritu”

            b) El requisito de la decisión

Ya se ha mencionado que el Antiguo Testamento provee el trasfondo necesario            para interpretar esta bienaventuranza. Al principio, ser “pobre” quería decir estar        en necesidad material literal. Pero gradualmente, debido a que el necesitado no         tenía otro refugio que Dios,” la “pobreza” llegó a tener visos espirituales y a identificarse con dependencia  humilde de Dios. Así, el salmista se designó a sí             mismo “este pobre” que clamó a Dios en su necesidad, “y le oyó Jehová, y lo libró         de todas sus angustias”,” El “pobre” en el Antiguo Testamento es aquel que está         afligido y es incapaz de librarse por sí mismo, y que, por consiguiente, mira a Dios       en busca de salvación, al mismo tiempo que reconoce que no tiene derecho a          ningún reclamo. Esta clase de pobreza espiritual se elogia especialmente en Isaías. Es a “los afligidos y menesterosos’, los que “buscan las aguas, y no las hay; seca            está de sed su lengua”, a quienes Dios promete “en las alturas abriré ríos, y fuentes             en medio de los valles”, y “abriré en el desierto estanques de aguas, y manantiales de aguas en la tierra seca”,” Los “pobres” se describen también como personas de          “espíritu humilde y quebrantado”; a ellos mira Dios y con ellos (aunque es “el Alto     y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo”) se complace en             habitar,”. Es para los tales que el ungido del Señor proclamaría buenas noticias de       salvación, profecía que Jesús  conscientemente cumplió en la sinagoga de Nazaret:            “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas         nuevas a los pobres’.” Más aun, el rico tendía a hacer componendas con el    paganismo circundante; era el pobre el que se mantenía fiel a Dios. Así riqueza y         mundanalidad, pobreza y piedad, iban juntas. Por eso, ser “pobre en espíritu” es             reconocer nuestra pobreza espiritual, nuestra bancarrota espiritual, delante de            Dios. Porque somos pecadores que estamos bajo la santa ira de Dios, y no       merecemos nada más que el juicio de Dios. No tenemos nada que ofrecer, nada   que abogar, nada con lo cual comprar el favor celestial. Tal como soy, en aflicción,          expuesto a muerte y perdición, buscando vida y perdón, bendito Cristo, heme             aquí” Este es el idioma del pobre en espíritu. No nos corresponde otro lugar      excepto aquel al lado del publicano de la parábola de Jesús, que clamaba sin alzar            los ojos, “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Como escribió Calvino, “Sólo quien se ha           reducido a sí mismo a nada, y descansa en la gracia de Dios, es pobre en espíritu’: A        los tales, y sólo a los tales, el reino de Dios les es otorgado. Porque el reinado de’            Dios que trae salvación es un don tan absolutamente gratuito como inmerecido.    Tiene que recibirse con la humildad dependiente que tiene un niño pequeño. Por          eso, justo al comienzo de la enseñanza  del Monte, Jesús contradijo todos los            juicios humanos y todas las expectativas nacionalistas del reino de Dios. El reino es    dado a los pobres, no a los ricos; a los débiles, no a los poderosos; a los niños   pequeños lo    suficientemente humildes como para aceptarlo, no a los soldados          que se jactan de poder obtenerlo por sus propias proezas. En los días de             nuestro Señor no fueron los fariseos los que entraron al reino, quienes   pensaban        que eran ricos, tan ricos en             méritos que agradecían a Dios por sus propios logros;       ni los zelotes que soñaban con establecer el reino a sangre y espada; sino los publicanos y las prostitutas, la hez de la sociedad humana, que sabían que      eran tan pobres que no podían ofrecer nada ni alcanzar nada. Todo lo que         podían hacer era clamar a Dios por      misericordia; y él oyó su clamor. Quizás  el             mejor ejemplo posterior de la misma  verdad lo constituya la iglesia nominal de Laodicea a la que Juan fue guiado a             enviar una carta del Cristo glorificado. Citó sus             palabras satisfechas y complacidas,             y añadió su propia evaluación  de ellas: “Tú       dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no        sabes que tú eres un desventurado, ¡miserable, pobre, ciego y desnudo”;” Esta             iglesia visible, cristiana según toda su profesión, en verdad no era cristiana en nada. Auto satisfecha y superficial, estaba compuesta (según Jesús) de mendigos,        ciegos y desnudos. Pero la tragedia era que            ellos no lo admitían. Eran ricos, no           pobres, en espíritu. Aún hoy la condición     indispensable para recibir el         reino de          Dios es reconocer nuestra pobreza espiritual. Dios todavía envía a los ricos vacíos.”             Como C. H. Spurgeon lo expresó, “La forma de elevarnos en el reino es              hundiéndonos en nosotros mismos”. Probablemente, el más franco exponente        de este punto de vista. Por otro lado no se llama a una pobreza material, sino que       se refiere a los “pobres en el espíritu” “. Los pobres en espíritu” son personas   humildes que reconocen que son pecadores, destituidas de la gloria de Dios.     Reconocen que están en bancarrota espiritual. Se puede decir que la persona           “pobre en espíritu” está desprovista o carece de sustento espiritual propio de tal   manera que depende absolutamente de Dios. Jesús dirige estas palabras a aquellos          que “habiendo dejado todo, le siguieron”. Eran pobres económicamente y eran        pobres en espíritu. Mateo señaló el valor de un espíritu educable, dispuesto a             aprender, es decir, el valor de aquellos que por no estar satisfechos con lo que sabían, se consideraban pobres. Y Lucas señaló a aquellos que por seguir a Jesús se           empobrecieron materialmente. Ambos son bienaventurados. Reciben la   felicitación porque su situación cambiará, no solamente porque el reino de Dios les         pertenece sino porque serán saciados. Tratemos ahora de este tema en una forma    más positiva. ¿Qué significa ser pobre en espíritu? Permítanme una vez más             decirles lo que no es. Ser ‘pobres en espíritu’ no quiere decir que deberíamos ser     desconfiados o nerviosos, ni tampoco significa que deberíamos ser tímidos, débiles o flojos. Hay ciertas personas, es cierto, que, en reacción contra esta seguridad en   sí mismos que el mundo y la Iglesia describen como ‘personalidad’, creen que significa precisamente eso. Todos hemos conocido personas que son naturalmente             discretas y quienes, lejos de imponer su presencia, siempre se quedan en segundo             término. Son así de nacimiento y quizá sean también naturalmente débiles, tímidos y sin valor. Antes pusimos de relieve el hecho de que ninguna de estas cosas que se indican en las Bienaventuranzas son cualidades naturales. Ser ‘pobres en espíritu,’ por tanto, no significa que uno nazca así. Descartemos de una vez por     toda esa idea. Un pastor relata lo siguiente: “Recuerdo que una vez tuve que ir a predicar a cierta ciudad Al llegar el sábado por la noche, un hombre estaba esperándome en la estación, de inmediato me pidió la valija, o más bien me la arrebató por la fuerza. Luego me empezó a hablar así. ‘Soy diácono de la iglesia en la que va Ud. a predicar mañana,’           dijo, y luego añadió, ‘Sabe, yo no soy nadie, soy realmente alguien sin importancia. No cuento para nada; no soy un gran hombre en la Iglesia; no soy más que uno de esos que le lleva la valija al ministro.’ Estaba ansioso por hacerme saber cuan humilde era, cuan ‘pobre en espíritu.’ Pero por la misma ansiedad en hacérmelo saber negaba lo mismo que trataba de dejar bien sentado”.  – el hombre   que, por así decirlo, se gloría en su pobreza en espíritu y con ello prueba que no es humilde. Es afectar algo que no siente. Este es el peligro que corren muchos. El hombre que es verdaderamente ‘pobre en espíritu’           no necesita preocuparse mucho por su apariencia personal y por la impresión que       causa; siempre causará la impresión adecuada. Además, ser ‘pobres en espíritu’ no es suprimir la personalidad. También esto es muy importante. Hay quienes estarían de acuerdo con todo lo que hemos dicho pero que interpretarían el ser ‘pobres en espíritu’ de esta forma; recomiendan al hombre la necesidad de sofocar la            personalidad propia. Estamos frente a un tema importante que se podría ilustrar con un ejemplo. Ahora bien, ser pobre en espíritu no            quiere decir que haya que cambiar el nombre   y  atormentarse a sí mismo ni tomar             una personalidad diferente en la vida. Esto es completamente anti bíblico y anticristiano. Esta conducta suele impresionar al mundo, porque lo consideran maravillosamente humilde. Se darán cuenta de que se presenta siempre la tentación sutil de pensar que el único que es verdaderamente ‘pobre en espíritu’   es el que hace un gran sacrificio, o, como hacen los monjes, se aísla de la vida y sus     dificultades y responsabilidades. Pero esto no es lo que indica la Biblia. No hay que aislarse de la vida para ser ‘pobre en espíritu’; no hay que cambiar de nombre. No; es algo en el terreno del espíritu.          Podemos ir más allá todavía y decir que ser ‘pobres en espíritu’ ni siquiera es ser    humilde en el sentido en que se habla de la humildad de los grandes sabios.            Hablando en general, el pensador verdaderamente grande es humilde. Es el ‘saber             poco’ lo más ‘peligroso.’ Ser ‘pobres en espíritu’ no significa eso, porque esa     humildad la produce el estar consciente de la inmensidad de lo que queda por a-         prender y no es por necesidad una humildad genuina de espíritu en el sentido             bíblico. Si éstos son los aspectos negativos del ser ‘pobres en espíritu’, ¿cuál es el         positivo? Creo que la mejor manera de contestar esta pregunta es con la Biblia en     la mano. Es lo que dijo Isaías (57:15): ‘Porque así dijo el Alto y Sublime, el que   habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad,          y con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los       humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados.’ Esta es la cualidad    espiritual, y de ella se encuentran innumerables ilustraciones en el Antiguo           Testamento. Fue el espíritu de un hombre como Gedeón, por ejemplo, quien,    cuando el Señor le envió un ángel para decirle lo que iba a hacer, dijo, ‘¿Con qué   salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manases, y yo el menor en      la casa de mi padre.’ No estamos frente a un hombre servil, sino ante un hombre   que realmente creía lo que decía y que se estremecía ante el solo pensamiento de         grandeza y honor, y pensaba que era increíble. Fue el espíritu de Moisés, quien se             sintió del todo indigno de la misión que se le encomendó y estuvo consciente de su       incapacidad e insuficiencia. Se encuentra en David, cuando dijo, ‘Señor, ¿quién soy       para que vengas a mí?’ Se ve en Isaías exactamente en la misma forma. Al tener    una visión, dijo, Soy ‘hombre de labios inmundos.’ Esto es ser ‘pobre en espíritu,’ y        se encuentra en todo el Antiguo Testamento. Pero veamos lo que hallamos a este     respecto en el Nuevo Testamento. Se ve perfectamente, por ejemplo, en un      hombre como el apóstol Pedro quien era por naturaleza agresivo, decidido, seguro           de sí mismo – un hombre moderno típico, lleno de confianza en sí mismo. Pero            veámoslo cuando ve de verdad al Señor. Dice, ‘Apártate de mí, Señor, porque soy       hombre pecador.’ Veámoslo luego cuando rinde tributo al apóstol Pablo, en 2             Pedro 3:15,16. Pedro démoslos cuenta de que nunca deja de ser decidido; no se            vuelve desconfiado e inseguro. No, no cambia en este sentido. La personalidad             básica permanece; y con todo es ‘pobre en espíritu’ al mismo tiempo. O veamos     esta cualidad en el apóstol Hablo. También éste era un hombre de grandes    cualidades, y desde luego, como hombre natural, consciente de las mismas. Pero al leer sus Cartas encontramos que la lucha que tuvo que mantener hasta el fin de sus días fue la lucha contra el orgullo. Por esto usó constantemente la palabra ‘gloriarse.’ Cualquiera que tenga cualidades suele estar consciente de ellas; sabe que puede hacer ciertas cosas, y Pablo así era. Nos ha hablado en ese gran capítulo tercero de la Carta a los Filipenses de su confianza en la carne. Si se trata de competir, parece decirnos, no teme a nadie; y luego enumera las cosas de las que puede gloriarse. Pero una vez que hubo visto al Señor resucitado en el camino de Damasco todo esto se convirtió en ‘pérdida,’ y este hombre, poseedor de tan grandes cualidades, se presentó en Corinto, como ya les he mencionado, ‘con debilidad, y mucho temor y temblor.’ Así se mantuvo siempre, y al proseguir en la evangelización, pregunta, ‘Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?’ Si alguien hubiera podido sentirse ‘suficiente’ era Pablo. Sin embargo se sentía insuficiente porque era ‘pobre en espíritu.’ No cabe duda, sin embargo, que lo vemos sobre todo en la vida de nuestro Señor mismo. Se hizo hombre, asumió ‘semejanza de carne de pecado.’ Si bien era igual a Dios no se aferró a las prerrogativas de su divinidad. Aun siendo Dios, quiso vivir como hombre mientras estuviera en la tierra. Y Este fue el resultado. Dijo, ‘No puede el Hijo hacer nada por sí mismo.’ es el Dios-Hombre el que habla. No puede hacer nada por sí mismo. Dijo también, ‘Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras’ (Juan 14:10). ‘Nada puede hacer, dependo por completo de él.’ Eso es todo. Y si lo contemplamos en oración, vemos las horas que pasó orando, y también su pobreza de espíritu y dependencia de Dios. Esto, pues, quiere decir ser ‘pobre en espíritu.’ Significa una ausencia total de orgullo, de seguridad en sí mismo. Significa conciencia de que no es nada en la presencia de Dios. Nada, pues, podemos hacer ni producir por nosotros mismos. Es esta conciencia abrumadora de nuestra “nada” más completa cuando nos ponemos delante de Dios. Esto es ser ‘pobres en espíritu.’ Quiero formularlo de la manera más vigorosa posible, y para ello voy a servirme de términos bíblicos. Significa que si somos verdaderos cristianos no debemos basarnos en nuestro nacimiento natural. No debemos confiar en que pertenecemos a ciertas familias; no nos gloriaremos que somos de tal o cual nación. No edificaremos sobre nuestro temperamento natural. No dependeremos de la posición natural que alcanzamos en la vida, ni en poderes que nos hayan sido otorgados. No confiaremos en el dinero ni en la riqueza que podamos tener. No nos gloriaremos en la instrucción recibida, ni en la universidad a la que hemos asistido. No, todo esto Pablo vino a considerarlo como ‘basura,’ y obstáculo para su obra porque tendía a dominarlo. No confiaremos en ningún don como el de la ‘personalidad,’ o inteligencia o habilidad general o especial. No confiaremos en nuestra propia conducta buena y moralidad. No confiaremos en lo más mínimo en la vida que hemos llevado o llevamos. No; consideraremos todo esto como Pablo lo consideró. Esto es ‘pobreza en espíritu.’ Tiene que haber una liberación total de todo esto. Lo repito, es sentir que no somos nada, que no tenemos nada, y que elevamos los ojos a Dios en sumisión absoluta a Él y en dependencia completa de Él, en su gracia y misericordia. Es, digo, experimentar en cierto modo lo que Isaías sintió cuando, ante la visión, dijo, ‘¡Ay de mí!… soy hombre inmundo de labios’ – esto es ‘pobreza en espíritu.’ Pero cuando uno tiene una cierta idea de Dios, necesariamente se siente como ‘muerto.’ como le ocurrió al apóstol Juan en la isla de Patmos, y esto   debemos  sentir   en la presencia de Dios. Todo lo natural que hay en nosotros sale a relucir, porque no sólo se manifiestan la pequeñez y debilidad, sino también la suciedad y pecaminosidad. Hagámonos, pues, estas preguntas. ¿Soy así, pobre en espíritu? ¿Qué pienso acerca de mí cuando me veo en presencia de Dios? En mi vida, ¿qué digo, por qué pido, cómo pienso de mí mismo? Qué mezquino es este gloriarse por cosas accidentales de las que no soy responsable, este gloriarse por cosas artificiales que no contarán para nada en el gran día cuando me presentaré delante de Dios. ¡Este pobre yo! Lo dice muy bien el himno, ‘Haz que este pobre yo disminuya,’ y ‘Oh Jesús, crece tú en mí.’ ¿Cómo se llega, pues, a ser ‘pobre en espíritu’? La respuesta es que uno no comienza a contemplarse a sí mismo ni a tratar de hacer cosas por sí mismo. Este fue el error del monasticismo. Esos pobres hombres, en su deseo de hacerlo todo por sí mismos, decían, ‘Debo salir del mundo, debo sacrificar la carne y someterme a penalidades, debo mutilar el cuerpo.’ No, de ninguna manera, cuanto más uno lo hace tanto más consciente de sí mismo se llega a ser y tanto menos ‘pobre en espíritu.’ La manera de llegar a ser pobre en espíritu es poner los ojos en Dios. Lean la Biblia, lean su Ley, traten de ver qué espera de nosotros, veámonos frente a Él. Es también poner los ojos en el Señor Jesucristo y verlo como lo vemos en los Evangelios.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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