Ocho decisiones sanadoras: La decisión de la realidad II parte


I. En primer lugar veamos el acercamiento ESCRITURAL de la decisión

A. El contexto de la enseñanza

Quien haya oído alguna vez de Jesús de Nazaret y conozca algo de su enseñanza, seguramente estará familiarizado con las bienaventuranzas que inician el Sermón del Monte. Su sencilla forma de expresión y la profundidad de pensamiento que contienen han atraído a cada nueva generación de cristianos, y a muchos otros. Cuanto más exploramos sus implicaciones, más significado surge para explorar. Su riqueza es inagotable. No podemos sondear sus profundidades. En verdad, “Aquí nos encontramos cerca del cielo”,’ Antes de estar preparados para considerar cada bienaventuranza por separado, debemos responder a tres preguntas generales sobre ellas. Tienen que ver con las personas que se describen, las cualidades que se elogian y las bendiciones que se prometen.

1.  Las personas que se describen

Las bienaventuranzas exponen la naturaleza equilibrada y multicolor del pueblo cristiano. No existen ocho grupos separados y distintos de discípulos, algunos de los cuales son mansos, en tanto que otros son misericordiosos y a otros más se los llama a padecer persecución. Se trata, por el contrario, de ocho cualidades del mismo grupo constituido por quienes a la vez son mansos y misericordiosos, son pobres en espíritu y de limpio corazón, lloran y tienen hambre, pacifican y se los persigue. Más aun, el grupo que exhibe estas marcas no es un grupo elitista, una pequeña aristocracia espiritual alejada del común de los cristianos. Por el contrario, las bienaventuranzas detallan la concepción de Cristo sobre lo que en esencia debe ser cada cristiano. Todas las cualidades deben caracterizar a todos y cada uno de sus seguidores. Así como los nueve aspectos del fruto del espíritu que menciona Pablo deben cosecharse en el carácter de cada cristiano, las ocho bienaventuranzas de las que habla Cristo describen su ideal para cada ciudadano del reino de Dios. A diferencia de los dones del Espíritu, que él distribuye a diferentes miembros del cuerpo de Cristo a fin de equiparados para diferentes tipos de servicio, el mismo Espíritu se encarga de desarrollar estas gracias cristianas en todos nosotros. No podemos huir de nuestra responsabilidad de anhelarlas todas.

2. Las cualidades que se elogian

Es bien sabido que hay por lo menos una discrepancia verbal entre las bienaventuranzas del evangelio de Mateo y las del evangelio de Lucas. Así, Lucas escribe “Bienaventurados los pobres”, mientras que Mateo dice “Bienaventurados los pobres en espíritu”. Asimismo, Lucas dice “Bienaventurados los que ahora tenéis hambre’: donde Mateo registra “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”.  No obstante, es un error serio interpretar makarios como “felices”. Porque la felicidad es un estado subjetivo, en tanto que Jesús está haciendo un juicio objetivo sobre estas personas. No está declarando cómo se sienten (“felices”), sino cómo Dios las considera y lo que son por eso: “bienaventuradas” o “benditas”. ¿Es decir qué significado tiene el término “felicidad” aquí? “Dichosos… ”’. He aquí un punto en el que Mateo y Lucas están de acuerdo: lo que ha sido considerado desde siempre, desde hace dos mil años, como el resumen de todo el evangelio, las bienaventuranzas, es una buena noticia, un anuncio de felicidad. Pero, ¿de qué felicidad se trata? ¿Y para cuándo? ¿Para esta vida presente o para el “más allá”? La bienaventuranza es una fórmula de felicitación, de la que encontramos muchos ejemplos en el evangelio: por ejemplo, “Dichosa tú, que has creído (Lucas 1,45); “¡Dichoso vientre que te llevó y ¡os pechos que te criaron! – Mejor: ¡Dichosos los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen'” (Lucas 11, 27-28); cf. también Mateo 11, 6 Y paralelos; 13, 16 Y paralelos; 16, 17… No se trata normalmente de un deseo ni de una promesa; se constata la felicidad y se la proclama; los destinatarios son ya felices en el momento en que se les felicita. Las bienaventuranzas con que se abre el sermón de la montaña hablan, por consiguiente, de personas que son actualmente dichosas o, en todo caso, que lo serán en el momento en que vayan a padecer malos tratos. Quizá no se dan cuenta de ello y tendrán que tomar conciencia de su dicha, pero la verdad es que son dichosas. Las bienaventuranzas siguen interpelándonos hoy: cristianos, ¿se dan cuenta de que son felices? Y si no lo son, las bienaventuranzas nos obligan a preguntarnos por qué no lo somos. Jesús quiere hacer de sus discípulos hombres dichosos; no concibe que puedan ser discípulos suyos sin ser dichosos.

Hay muchas  maneras de concebir la dicha. Para muchos está vinculada a la idea de posesión: es feliz el que posee todo lo que desea. Esto es muy discutible y, en todo caso, no es así como Jesús comprende la dicha. A otros les gustaría reducir la dicha a contentarse con lo que se tiene, a aceptar buenamente la situación pero no es esa la perspectiva de las bienaventuranzas, ‘que van dirigidas manifiestamente a personas insatisfechas. La dicha de la que hablan las bienaventuranzas no excluye las contrariedades ni el sufrimiento. Se refieren precisamente a unas personas a las que se considera desgraciadas. Es nuestra concepción de la felicidad lo que habrá que revisar. Es Es una dicha donde queda sitio para la cruz. Una dicha que, para nosotros, brota de la esperanza que él nos da por su cruz. Una dicha que será a la medida de nuestra fe en él. ¿No dijo acaso a sus discípulos que había venido “para que compartáis mi alegría y así vuestra alegría sea total” (Juan 15:11)? Por tanto, que sea él quien nos enseñe a ser dichosos.  ¿En qué consiste esta bendición? La segunda mitad de cada bienaventuranza lo esclarece. Estas personas poseen el reino de los cielos y heredan la tierra. Los que lloran son consolados y los que tienen hambre, saciados. Reciben misericordia, ven a Dios, son llamados hijos de Dios. Su recompensa celestiales grande. Y todas estas bendiciones vienen juntas. Del mismo modo que las ocho cualidades describen a cada cristiano (por lo menos en lo ideal), las ocho bendiciones también se otorgan a cada cristiano. Es cierto que la bendición particular que  le promete a cada caso es adecuada a la cualidad particular que se menciona. Al mismo tiempo, seguramente no es posible heredar el reino de los cielos sin heredar la tierra, ser consolado sin ser saciado, o ver a Dios sin recibir su misericordia y ser llamado su hijo. Las ocho cualidades juntas constituyen las responsabilidades, y las ocho bendiciones los privilegios de ser ciudadano del reino de Dios. Esto es lo que significa disfrutar del reinado de Dios. Estas bendiciones, ¿son para el presente o para el futuro? En lo personal, creo que la única respuesta posible es “para ambos”. Estamos ahora listos para mirar las bienaventuranzas en detalle. Se han intentado diversas clasificaciones. Ciertamente, ellas no son un catálogo fortuito sino, en palabras de Crisóstomo, “una suerte de cadena de oro’.” Quizás la división más simple es ver las primeras cuatro como las que describen la relación del cristiano con Dios, y las segundas cuatro como las que describen sus relaciones y deberes con sus congéneres.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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