Reflexiones sobre la “música cristiana” II parte


2.      En segundo lugar el “poder” de la música es un concepto erróneo

Este es otro concepto que necesitamos evaluar. Suele decirse que la música tiene el “poder” de manipularnos y controlarnos. Si esto fuera cierto, el determinismo skinneriano estaría en lo correcto al aseverar que no existe tal cosa como la elección o la responsabilidad personal. La música, junto con los demás “poderes” que se encuentran en nuestros entornos culturales, recibiría un crédito que no es legítimo. Best y Huttar abordan esto diciendo: “El hecho de que digan –primitivos y sofisticados por igual– que la música, entre otras cosas creadas y culturales, tiene poder es más una cuestión de la dislocación de prioridades que de ninguna otra cosa”. (Harold M. Best, “Christian Responsibility in Music,” en The Christian Imagination, 402.) Este tipo de creencias no solo estimulan una “dislocación de prioridades”, sino que también estimulan una teología deficiente. La Biblia nos dice que a principios de su relación, David tocaba música para el rey Saúl. En una ocasión, lo que Saúl escuchó lo calmó, y en otra ocasión los mismos sonidos lo enfurecieron. (1 Samuel 16:23 y 1 de Samuel 18:10). En realidad, sin embargo, las reacciones eran decisiones de Saúl. No era pasivo; no estaba siendo manipulado en ninguna ocasión por el “poder” de la música. Gran parte del pensamiento contemporáneo adjudica la culpa del comportamiento aberrante (mala conducta sexual, rebelión, violencia, etc.) al supuesto poder intrínseco de la música para orquestar nuestras acciones. Algunos extienden esto al punto de creer que la música es una herramienta especial de Satanás, de forma que, cuando aparece este tipo de comportamiento, él es el culpable. De nuevo, Best y Huttar ofrecen pensamientos pertinentes. Escriben: “En última instancia, la perspectiva judeocristiana sostiene que el hombre está errado interiormente y que, hasta tanto esté bien, pondrá la culpa de su condición afuera de él”. (Ibíd. Pág. 403)  Reconozco que mi punto es sutil. Debemos tener cuidado de no sugerir que la música no puede ser usada para propósitos malvados. Pero debemos darnos cuenta de que el diablo incita a las personas que usan la música; no asigna poder a la música misma. La polémica actual entre cristianos con relación al contenido rítmico de la música rock es un ejemplo de la tendencia de creer que algunos estilos musicales son intrínsecamente malvados. Por ejemplo, Steve Lawhead ha demostrado que la música de los primeros esclavos probablemente no incluía mucha sustancia rítmica. Los dueños de las plantaciones no hubieran permitido los tambores porque podrían haber sido usados para transmitir mensajes de revuelta entre grupos de esclavos. Esta observación es fundamental para el tema de la música rock, porque hay quienes aseveran que el ritmo sincopado del rock es producto de los trasfondos africanos paganos de los esclavos. En realidad, la música de los esclavos norteamericanos se centraba alrededor de la ejecución del “banya”, un instrumento similar al banjo, y no de los tambores u otros instrumentos rítmicos. (Steve Lawhead, Turn Back the Night: A Christian Response to Popular Culture (Westchester, Ill.: Crossway, 1978, 97.) La música rock no es intrínsecamente mala. No se originó en un pasado pagano, y aun cuando lo hubiera sido, eso no significaría que fuera mala. No obstante, dado que ha sido una parte destacada e influyente de la cultura norteamericana durante varias décadas, exige la atención de los evangélicos. La atención que se le presta debería comenzar por entender que los problemas que forman parte del rock no residen en la música misma; residen en las personas pecaminosas que pueden y suelen abusar de ella. Lo mismo puede decirse de cualquier estilo musical, o de cualquier otra forma artística.

II.        El lente  CONTEXTUAL  de la música

Hasta aquí he afirmado dos proposiciones con relación a cómo los cristianos pueden
responder a la música en su cultura: la palabra “cristiana” es un nombre erróneo, y ningún estilo musical es intrínsecamente malo.
Si bien estas dos declaraciones son verdaderas, no dicen nada acerca de la calidad de la música que escogemos que forme parte de nuestra vida. Por lo tanto, mi tercera proposición es que la música debería ser evaluada en base a su calidad.

A.     El criterio interno de la música

Una propuesta que incluye juicios de calidad supone un desafío. A los evangélicos, esto les resultará especialmente difícil, ya que el tema de la estética no es una parte destacada de nuestra herencia. Los evangélicos tienden hacia un pensamiento perezoso cuando se trata de analizar la música de su cultura. En palabras de Frank Gaebelein, “es más difícil ser un discriminador concienzudo que apoyarse en una generalización total”. (Frank E. Gaebelein, “The Christian and Music,” en The Christian Imagination: Essays on Literature and the Arts, ed. Leland Ryken (Grand Rapids, Mich.: Baker, 1981), 446).  Hay varios factores que debemos sopesar si queremos tener un pensamiento discriminador.  Deberíamos centrar la atención en la música dentro de la vida cristiana. Esto se aplica no solo a la música usada en la adoración, sino también a la música que se escucha por radio, CDs, conciertos y otras fuentes. La falta de calidad es uno de los temas de quienes escriben acerca de la música contemporánea de la iglesia.  El contentamiento con la mediocridad como un supuesto portador de la verdad surge como un importante obstáculo para la verdadera visión creativa entre los evangélicos. Alguien ha dicho que: “ Hasta hay ministros que alimentan a sus congregaciones con la sólida carne de la Palabra y, a la vez, rodean su predicación con solo la leche desnatada de la música”. Si declaraciones negativas como estas son el consenso entre quienes han dedicado una atención fervorosa al tema, ¿cuáles son los contenidos de un modelo positivo? Las respuestas son numerosas. Solo relataré algunas de las perspectivas. La primera perspectiva se refiere al movimiento. La música debe moverse: “El principio aquí es que la música necesita mostrar un fluir, un sentido general de continuidad, que va progresivamente e irresistiblemente del principio al fin. La intención no es martillar y meter un pulso musical dentro de la mente”. Este principio puede ser aplicado a la naturaleza incesante del ritmo de rock que hemos tratado anteriormente. La segunda perspectiva tiene que ver con la cohesión: “La unidad es una atracción orgánica, una calidad percibida que permea la composición tan plenamente que cada parte, no importa cuán pequeña, está relacionada”. La tercera perspectiva tiene que ver con “divergencias en distintos niveles. . . Sin diversidad solo habría igualdad, una cualidad que no solo sería aburrida sino también devastadoramente estática”. La cuarta perspectiva se centra en “el principio de dominancia. . . Cierta jerarquía de valores se adopta por el compositor en la cual rasgos más importantes son destacados por sobre otros menos importantes”. La quinta perspectiva muestra que “cada componente que forma parte de una composición necesita tener un valor intrínseco por sí mismo. . . La música demuestra verdad al tener cada parte de la composición valor propio”. (Calvin M. Johansson, Music and Ministry: A Biblical Counterpoint (Peabody, Mass.: Hendrickson, 1984), 93-95)} Estos principios contienen ideas que el que no es músico podría encontrar difíciles de entender. Por cierto, la mayoría de nosotros no estamos  acostumbrados a usar el lenguaje para discutir la calidad de la música que escuchamos, más allá de decir si nos “gusta” o no. Pero si vamos a evaluar la música de una cultura más amplia con precisión, debemos poder usar este tipo de lenguaje para evaluar la música dentro de nuestra propia subcultura. Debemos buscar calidad aquí.

B.      El criterio externo de la música

Otro factor en la discriminación musical se aplica a la forma en que nos aproximamos a la música fuera de nuestra subcultura. El cristiano es libre para entrar a la cultura equipado con discernimiento, y esto ciertamente se aplica a la música. No tenemos que tener temor de la música de nuestra cultura, pero debemos tener cautela. Las evaluaciones de calidad también se aplican aquí. El cristiano debería usar los principios que discutimos arriba para evaluar la música de la cultura más amplia. Deberíamos estar conscientes, también, de la fusión –o la falta de fusión– de la música y el mensaje. La situación ideal ocurre cuando tanto el medio como el mensaje concuerdan. Demasiado a menudo, la música que escuchamos transmite un mensaje a costa de la calidad musical. Recordemos que el tipo de comunicación masiva con la que subsisten los medios depende de dos cosas: Un elemento creativo mínimo y una perspectiva que considera a la música solo como transmisora de un mensaje en vez de ser el mensaje. Considerada como una portadora, la música tiende a quedar reducida a un formato que se asemeja al entretenimiento. Cuanta mayor es la exposición buscada, menor el denominador común.  Los mensajes de nuestra cultura tal vez se expresen más fuertemente y claramente a través de música que está subordinada a esos mensajes. La música está “enlatada”. Es el producto de clichés y “ganchos” que buscan lograr una respuesta instantánea del oyente. Como expresó Erik Routley: “Toda música que adopta conscientemente un estilo es como una persona que se da importancia. Es afectada y arrogante”. (Erik Routley, Church Music and the Christian Faith, (Carol Stream, Ill.: Agape, 1978), 89.) Esta condición es tan prevalerte en la música contemporánea que no se puede insistir demasiado en ella. Otra preocupación se encuentra en ciertos rasgos de lo que suele llamarse “cultura popular”. La música es una parte importante de la cultura pop. Kenneth Myers, entre otros, ha identificado a ciertos tipos de cultura que comienzan con “alta”, bajan a “folk” y caen a pico en “popular”. La cultura popular “tiene algunas serias limitaciones que ha heredado de sus orígenes en movimientos distintivamente modernos y secularizados”. En general, estas limitaciones incluyen “la búsqueda de la novedad y el deseo de la gratificación instantánea”. (Kenneth Myers, All God’s Children and Blue Suede Shoes: Christians and Popular Culture (Westchester, Ill.: Crossway, 1989), 59-64.) A su vez, estas mismas cualidades se encuentran en la música “pop”. La búsqueda de novedad es aparente cuando entendemos, que todo el sistema se  alimenta de lo ‘nuevo’: nuevas caras, nuevos artilugios, nuevos sonidos. El ayer, en la música pop, no está solo muerto; es historia antigua”. El deseo de gratificación instantánea es producto del hecho de que este tipo de música suele ser producida por razones comerciales. El comercialismo, la venta efectiva de productos, gobierna cada aspecto de la industria de la música popular. Desde un punto de vista puramente comercial, tiene mucho sentido desplazar el foco de la integridad artística hacia algún otro componente menos riguroso y más fácilmente manejable y no artístico, como lo nuevo o la novedad. El talento y el virtuosismo técnico requieren tiempo para desarrollarlos, y cualquier industria que depende de una corriente interminable de caras frescas no puede esperar que surja el talento”. No ofrecemos a Dios lo mejor que tenemos cuando usamos este enfoque. Además, no honramos a Dios cuando  hacemos que los productos de este tipo de pensamiento formen parte constantemente de nuestra vida. Muy bien estas sólo son algunas “ideas despeinadas”, pero creo que servirán para un diálogo de este tema tan fascinante.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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