Una nueva generación con una antigua visión: La experiencia de Isaías IV parte

Ahora quiero replantearle algunas formas prácticas también de cómo este pasaje nos habla acerca de cómo actuar en tiempos de crisis. Puede que le suene a repetición pero en realidad es afirmación para que el mensaje de este artículo quede reafirmado en usted.

El rey Uzías muere y el trono de Judá está vacío. Como todos los hombres de fe, Isaías acudió a Dios en busca de ayuda y consuelo, y la hora que parecía de derrota, experimentó una gran bendición espiritual. ¡Vio que aún Dios ocupaba el trono del cielo! Así que quiero que ahora note la visión triple que Dios le dio a Isaías. Primero le dio  La mirada hacia arriba: Vio al Señor (6:1–4) Como todo ciudadano dedicado, Isaías respetó mucho al rey Uzías. Durante cincuenta y dos años Uzías guió a Judá en un programa de paz y prosperidad. Fue una época de expansión y logros. Es triste que el rey se haya rebelado contra la Palabra de Dios y muriera leproso (2 R 15.1–7; 2 Cr 26). Isaías se dio cuenta de que aunque la nación prosperó desde el punto de vista material, espiritualmente estaba en terrible condición. El crecimiento económico y paz temporal eran un barniz que recubría el perverso corazón de la nación. ¿Qué le iba a ocurrir a Judá? Dios hizo que Isaías levantara sus ojos al trono del cielo, quitándolos de sí mismo y de su pueblo. Quizás había confusión e inquietud en la tierra, pero en el cielo había perfecta paz: Dios estaba sentado en poder y gloria majestuosa. Tal vez la gente en la tierra recordaba la vergüenza de la muerte de Uzías como leproso, pero en el cielo no había vergüenza ni sombra de fracaso. Antes bien, los serafines decían: «Santo, santo, santo». Juan 12.38–41 nos informa que Isaías vio a Jesucristo en su gloria. Estaba en el trono del cielo y los serafines le alababan. Su manto real llenaba el templo celestial y la casa se llenó del humo de su ira contra el pecado (Sal 80.4). Sus criaturas angélicas, los serafines («los de fuego»), le alababan por su santidad y gloria. «Toda la tierra está llena de su gloria». Isaías no veía mucha gloria en esa época, ni la vemos nosotros hoy. Más bien parece que la tierra está «llena de violencia» (Génesis  6.11). Vemos los hechos desde la perspectiva humana; los ángeles los ven desde el punto de vista de Dios. Un día, cuando Jesús reine, toda la tierra será llena de su gloria (véanse Números 14:21; Sal 72:19 y Habacuc 2:14). Véase también Isaías 11:9. «Jehová de los ejércitos» es el nombre favorito que usa Isaías para Dios; lo usa sesenta y una veces. El profeta también llama a Dios «el Santo de Israel» veinticinco veces. Jehová es el Dios de la guerra santa, el Dios que se opone al pecado y derrota al enemigo. Isaías necesitaba darse cuenta de este hecho en un día cuando Judá al parecer estaba derrotado. Esta es una buena lección práctica para los cristianos de hoy: cuando el día está oscuro, alce sus ojos al cielo y vea a Cristo en el trono. «Jehová está en su santo templo». Lo segundo tiene que ver con la mirada hacia el interior: Se vio a sí mismo (6.5–7) Una verdadera visión de Dios y su santidad siempre nos hacen percatarnos de nuestro pecado y fracaso. Job vio a Dios y se arrepintió (Job 42.6); Pedro exclamó «soy pecador» cuando vio el poder de Cristo (Lucas 5:8). Saulo vio que su justicia no era sino «basura» comparado con la gloria de Cristo (Hechos 9 y Filipenses 3), y creyó y llegó a ser el apóstol Pablo. Cuando los creyentes tienen una verdadera experiencia con el Señor, no se vuelven arrogantes; más bien se vuelven humildes y los quebranta. Cuando Isaías confesó sus pecados, mencionó especialmente sus labios inmundos. Por supuesto, los labios inmundos son el producto de un corazón inmundo. El profeta sabía que no podía predicar con fidelidad a menos que se preparara y el Señor lo limpiara. Qué diferente a algunos cristianos que se precipitan a servir a Cristo antes de darse tiempo para conocerlo y ser limpios. Dios suplió la necesidad del profeta: envió un serafín que le limpiara con un carbón encendido del altar. ¡Qué trágico sería tener el trono sin el altar! Habría convicción de pecado, pero no limpieza. Nótese que fue más importante que el serafín equipara a Isaías para su proclama profética que alabar a Dios. La verdadera adoración debe conducir al testimonio y al servicio. Demasiados cristianos quieren aferrarse a la «experiencia espiritual» con el Señor, antes que prepararse para salir y hablar a otros de Él. Hay una maravillosa palabra de aliento aquí: Dios rápidamente contesta la oración y nos limpia (1 Juan 1:9). Anhela equiparnos para que le sirvamos. Lo tercero tiene que ver con la mirada hacia afuera: Vio la necesidad (6.8–13) Todo hasta este punto fue preparación. Ahora Dios puede llamar a Isaías y usarlo para predicar su Palabra. Ya al profeta no le preocupan sus necesidades; quiere hacer la voluntad de Dios. No siente la carga del pecado; le han limpiado. Ha dejado de sentirse desanimado; sabe que Dios está en el trono. Ahora está listo para salir a trabajar. El llamado es una evidencia de la gracia de Dios. Él está dispuesto a usar a los seres humanos para realizar su voluntad en la tierra. Es cierto que Dios pudiera enviar a uno de los serafines y este obedecería al instante y a la perfección. Pero cuando se trata de proclamar su Palabra, Él debe usar labios humanos. Hoy Dios llama aún a los creyentes y, es triste, pero pocos responden. En el tiempo de Isaías sólo un «remanente» obedecería. «Anda y di». Esta es la comisión que Dios nos da hoy. «Me seréis testigos […] hasta lo último de la tierra» (Hechos 1.8). Dios no le dio una misión fácil al profeta, porque la nación no estaba en condiciones de oír sus mensajes de pecado y de juicio. En el capítulo 1 Dios describe a la nación como un cuerpo enfermo, cubierto de heridas y llagas purulentas, y como un animal obstinado y rebelde, demasiado ignorante como para oír a su amo. En el capítulo 5 se compara a la nación con una hermosa viña que no dio buenas uvas. Al leer los capítulos 1–5, comprenderá la carga que Dios le daba a Isaías. La nación prosperaba; ¿por qué predicar sobre el pecado? A las «damas de distinción» no les gustaría (3.16–26), ni tampoco a los dirigentes (5.8ss). Cuando la gente está rica, llena y satisfecha, no cree que el juicio se avecine. Seis veces se citan los versículos 9–10 en el NT: Mateo 13.13–15, Marcos 4.12, Lucas 8.10, Juan 12.40, Hechos 28.25–28 y Romanos 11.8; lo que da un total de siete referencias. ¿Dice Dios que ciega y condena a propósito? No, de ninguna manera. Lo que dice es que la Palabra de Dios tiene este efecto endurecedor y cegador sobre los pecadores que no quieren oír ni someterse. El sol que derrite el hielo también endurece el barro. Nótense los pasos descendentes en Juan 12: no creían (v. 37); por consiguiente, no podían creer (v. 39); y así no creerán (v. 40), porque han sellado su condenación. El siervo de Dios debe proclamar la Palabra sin importar cómo responda la gente. Exigió gran fe de Isaías obedecer tal mandato. « ¿Cuánto tiempo debo predicar y por tanto producir estos resultados trágicos?», preguntó. «Hasta que haya concluido mi juicio sobre la tierra», responde el Señor. Esta clase de juicio se anuncia en 1.7–9 y 2.12–22. Pero el Señor salvará un remanente, aun cuando la nación será llevada lejos en cautiverio (vv. 12–13). Esta profecía se aplicaba a un futuro inmediato al cautiverio, pero también representa las relaciones de Dios con Israel en los últimos días, cuando un pequeño remanente de judíos creerá durante el período de la tribulación. Isaías muestra a la nación como un árbol cortado; donde el tocón queda y nuevos brotes crecen en él. Relacione esto con 11.1ss, la profecía del «Renuevo: Jesucristo». Cuando Isaías salió del templo aquel día no era más un doliente; era un misionero. No era un simple espectador; era un participante. Dios le equipó para que hiciera el trabajo: Isaías vio al Señor, se vio a sí mismo y vio la necesidad. Al saber que Dios estaba en el trono y que le había llamado y comisionado, estaba listo para predicar la Palabra y ser fiel hasta la muerte. Qué ejemplo para seguir hoy. ¡Bendiciones!

 

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Una nueva generación con una antigua visión: La experiencia de Isaías III parte

En cuarto lugar en tiempos de crisis, esté dispuesto a cambiar. Cuando Isaías le contesta al Señor: “Heme aquí, envíame a mi” (6:8) me pregunto que imaginaba Isaías. Será que pensaba que el Señor lo enviaría a ungir a un nuevo rey, como lo hizo Samuel con David unos 300 años atrás? ¿Será que Isaías pensó que posiblemente el Señor lo iba a ungir al él como el nuevo rey? Es posible que Isaías imaginara que el Señor lo usaría, como usó a Moisés para conducir al pueblo de Dios fuera de la crisis a una tierra nueva. Tome nota que el Señor no le pregunta a Isaías “¿Qué desea hacer?” El Señor le da instrucciones concretas: “Anda, y di a este pueblo: oíd bien, y no entendáis; ved por cierto, mas no comprendáis” (6:9). El Señor sabía muy bien cuál era la tarea requerida. Podemos tener nuestras opciones, gustos y preferencias, pero cuando decimos al Señor “soy tuyo, heme aquí, úsame” debemos estar abiertos a Su respuesta. Antes de la crisis, usted se sentía más o menos satisfecho con sus amistades, familia, iglesia, estudios, trabajo, salud y finanzas. Posiblemente creía que sólo unos pequeños cambios y ajustes eran necesarios, pero nada muy serio o radical. Tome nota que una crisis puede ser lo que Dios va a usar para motivar un cambio serio en su vida. La vida de Isaías cambió. Nunca más fue la misma. Es importante notar que no fue la crisis en si lo que cambió a Isaías. La crisis nos presenta la oportunidad de hacer un “pare” en el camino, para acercarnos más al  Señor, para escuchar Su voz, para identificar y eliminar aquellas cosas que impiden nuestro crecimiento. En la crisis, el Señor puede motivarnos a continuar fielmente con nuestras labores. Si como Arquipo, hemos confundido prioridades, en la crisis el Señor puede llamados a cumplir el ministerio que Él nos ha encomendado (Colosenses 4:17). Pero, con la crisis, el Señor también puede estar abriendo una ventana para mostrarnos una nueva dirección, un nuevo ministerio, un nuevo llamado. El Señor le encomendó a Isaías un ministerio profético bien difícil. Debía hablarle a una nación de gente terca. Si Isaías hubiera tenido su mirada puesta en el “éxito” y en resultados visibles, no hubiera durado mucho como profeta. La crisis y las dificultades en sí mismas no deben determinar cuando paramos. Cuando fue comisionado, Isaías preguntó: “¿Hasta cuándo, Señor? Y respondió él: Hasta que las ciudades estén asoladas y sin morador… hasta que Jehová haya echado lejos a los hombres y multiplicado los lugares abandonados en medio de la tierra” (6:11,12). Todas nuestras labores son temporales. Esto incluye actividades cristianas tales como: colegios cristianos, hospitales, orfanatos, organizaciones misioneras, bandas musicales, revistas, inclusive iglesias locales. Al igual que Isaías deberíamos también preguntar “¿Hasta cuándo, Señor?” Le corresponde al Señor determinar cuándo  algo debe comenzar y cuándo debe terminar. Continuar laborando cuando el Señor dice que es el momento de parar – no es fidelidad. Es desobediencia. Parar cuando el Señor desea que continuemos, también es desobediencia. Una crisis puede sugerir que es tiempo de cambiar algo, pero no embarque en el cambio hasta que sientas que el Señor lo está guiando.

 

Recientemente, tal vez su vida ha dado un giro inesperado y difícil. Posiblemente se pregunta por qué el Señor utiliza una herramienta tan tosca y dolorosa. El Señor usa esos momentos de dolor interno para animarnos a estar más cerca de Él, para limpiarnos, para hablar a nuestro corazón. Interprete su crisis como una oportunidad para crecer. Nuestro Dios aun está sentado en su trono, alto y sublime. Él permanece en control de todo. Escoja acercarse más al Señor, tome la decisión de apartarse actividades o personas que interfieren con su crecimiento espiritual, conscientemente busque escuchar Su voz,  decida crecer en esta temporada de crisis. En un futuro no muy lejano, usted también, junto con muchos otros, cantará de la fidelidad del Señor: “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado. Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el señor está la fortaleza de los siglos” (Isaías 26:3,4).

 

Una nueva generación con una antigua visión: La experiencia de Isaías II parte

 Lo segundo que debemos pensar es que en tiempos de crisis, examínese. Cuando Isaías se fijó en el Señor, observó 2 serafines volando sobre Su trono. Escuchó que uno le decía al otro: “Santo, Santo, Santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (6:3). Para complementar esta experiencia conmovedora “los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo” (6:4). Dios tiene muchos atributos maravillosos. Dios es amor. Dios es fiel.  Dios es Todopoderoso. Pero el único atributo que se repite 3 veces es este: Dios es Santo. La repetición es una manera de hacer énfasis. Es que una visión de Dios no puede pasar la visión de su santidad. A veces les soy honesto, hubiera querido en mi vida tener un tipo de visión de este tipo. Pero pienso que al estar presente en medio de un Dios tan Santo me avergonzaría lo que soy y lo que a veces hago en la oscuridad. Es que somos tan imperfectos, tan necesitados y a veces tan obstinados con nuestros pecados, que es imposible no caer como Isaías ante la majestad de Dios. Una cosa que me ha estado intrigando con relación a esta reflexión es el hecho que los primeros 5 capítulos comprenden un buen período de ministerio de parte de Isaías, y cronológicamente encajan dentro los últimos años del reinado de Uzías. Muchos hablan de que Isaías pertenecía a la clase de los nobles, y de hecho hay registros históricos que insinúan que era primo de Uzías. Es probable que su ministerio fuera muy acomodado. Sin embargo es bueno preguntarse que durante esos años, ministraba con labios inmundos. ¿Cómo se puede tener una espiritualidad de Dios siendo un hombre sucio y malcriado? Bueno sólo la gracia de Dios.  Su ministerio estaba basado en servir a un rey humano y limitado, pero una vez que este rey humano muere, se levanta la visión de un rey más glorioso.   Isaías entendió el mensaje. Dejó de mirar al Señor y se miró a sí mismo. El contraste era obvio y doloroso. “Ay de mí” dijo Isaías, “que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios…” (6:5). La expresión “inmundo” en el hebreo a veces se usa para describir a la mujer en período menstrual. Tiene que ver con suciedad, impiedad, etc. ¿Cómo se puede ser profeta y ser de labios inmundos? Ahora es curioso que la expresión castellana “in mundo” es una derivación de la raíz latina “in” que es un prefijo que implica “dentro” (en inglés se una más que en castellano) y la segunda es “mundus” que implica el sistema de pensamiento humano y mundano. Entonces técnicamente la expresión “inmundo” es tener introducido el mundo en mi boca. Y eso era lo que Isaías probablemente resiente. Su hablar era quizás mundano. Note que el dice que habita en medio de “pueblo de labios inmundos”. Esto implica que él había aprendido de su contexto y se había dejado influir por la sociedad en la que ministraba. Esto es peligroso, porque podemos tener un ministerio más o menos efectivo y ser de “labios inmundos”. Así que la crisis nos presenta la oportunidad de buscar con pasión la presencia del Señor. Y cuando la entramos, la presencia del Señor nos hace dolorosamente conscientes de nuestra propia imperfección. Antes de la crisis, decimos con alegría que nuestro futuro está en las manos de Dios. Pero cuando la crisis nos golpea, cuando se nos roban los ahorros, cuando perdemos nuestro trabajo, cuando nuestra salud falla… nuestro futuro no luce tan seguro. Tal vez  es más fácil confiar en el Señor cuando nos sentimos fuertes, seguros y en control de las cosas. La crisis rompe esta apariencia de seguridad. Para el Señor era importante que Isaías sintiera su propia pequeñez, para ello le mostró Su grandeza. Para el Señor era importante que Isaías sintiera su pecado, para ello le mostró Su santidad. La crisis que usted vive también es una invitación a acercase al Señor, para mirar al Señor y luego para mirarse a sí mismo. Es una invitación a examinarse de manera sincera. En las manos del Señor, la crisis es una herramienta para despertarnos del activismo y la rutina religiosa, para mostrarnos errores y mentiras en nuestra manera de pensar, para ayudarnos a ver y corregir prioridades que no honran a Dios. En vez de buscar los culpables de su crisis, examínese en la presencia de Dios. Tal vez haya algo que usted necesita corregir. Tal vez sus labios también son “inmundos”.  En tercer lugar en tiempos de crisis, intente escuchar. “Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa y limpio tu pecado” (6:6,7). Esta fue una acción simbólica. Imagínese por un momento el efecto de un carbón encendido tocando sus labios. Estoy seguro que Isaías nunca olvidó ese doloroso momento. Las cicatrices y el recuerdo del dolor asegurarían que Isaías nunca olvidaría su realidad pasada: sus labios inmundos. Nosotros también necesitamos recordar de donde nos sacó el Señor.  Si se nos olvida que Dios ha tenido que tratarnos con mucha gracia, nos será difícil usar de esa gracia en nuestras relaciones con otros. Dios tenía planes para usar los labios de Isaías, pero primero los quemó. Isaías esta ahora limpio y atento en la presencia del Señor. Esta listo para escucharlo. “Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?” (6:8). Es muy fácil tener nuestras propias ideas, nuestros propios planes, nuestras propias opiniones, nuestras propias soluciones. Y creo que estos años que Isaías sirvió a Uzías eran de esa forma. Cuando nuestra mente está ocupada con nuestras propias ideas, planes, opiniones y soluciones es muy difícil escuchar la voz del Señor. Su suave voz se pierde en nuestro afán y caos interior. Pero si queremos beneficiarnos de la crisis, si queremos crecer a través de ella, debemos poner nuestras iniciativas en las manos del Señor y disponernos a escuchar su voz. Isaías luego aplica este principio a toda la nación: “¡Ay de los hijos que se apartan, dice Jehová, para tomar consejo, y no de mí; para cobijarse con cubierta y no de mi espíritu, añadiendo pecado a pecado!… Por tanto, Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto, será exaltado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios justo; bienaventurados todos los que confían en él… Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él” (Isaías 30:1,18-21). El Señor a veces escoge hablar a través del consejo de otros, a veces a través de Su Palabra, a veces a través de las circunstancias o a través de un sueño… Es Dios el que escoge como desea comunicarse con nosotros. Nuestra responsabilidad, como la de Isaías y Samuel, es el de estar atento a Su voz: “Habla, Jehová, porque tu siervo oye” (1 Samuel 3:9).

Una nueva generacion con una antigua visión: La experiencia de Isaías

El capítulo 6 versículos 1-13 del libro de Isaías narra una experiencia notable que cambió la vida del profeta. El encuentro con Dios que transformó su vida ocurrió en el año en que murió el rey Uzías (6:1) Este detalle nos ayuda a ubicar la experiencia de Isaías en el año 740 A.C., pero más que eso, la muerte del rey nos proporciona el contexto de la extraordinaria experiencia de Isaías. ¿Cuál es el significado de la muerte del rey Uzías? La vida del rey Uzías está relatada en 2 Crónicas 26. “De dieciséis años era Uzías cuando comenzó a reinar, y cincuenta y dos años reinó en Jerusalén… E hizo lo recto ante los ojos de Jehová… Y persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías, entendiendo en visiones de Dios; y en estos días en que buscó a Jehová, él le prosperó” (26:4,5). La nación entera gozó de los beneficios del éxito de este rey, viviendo años de paz, estabilidad y prosperidad material. El poderío militar de este rey también era de admirar. “Tuvo también Uzías un ejército de guerreros… E hizo en Jerusalén máquinas inventadas por ingenieros para que estuviesen en las torres y en los baluartes para arrojar saetas y grandes piedras. Y su fama se extendió lejos, porque fue ayudado maravillosamente…” (26:11-15). Trate de imaginar el efecto social de 52 años de paz, estabilidad y prosperidad. Ninguno de los moradores de Judá con una edad menor de los 55 años conocía una vida sin el rey Uzías. Pero estos felices años de normalidad terminaron. El rey Uzías pecó, fue castigado con lepra y luego murió. La muerte del rey Uzías inicia un período de incertidumbre y temor. ¿Qué sucederá ahora? ¿Quién dirigirá la nación? ¿Nos invadirán los enemigos? Este fue un año nacional de crisis. Y en este año de crisis, en “el año que murió el rey Uzías”, el Señor Dios decidió llamar, limpiar y enviar al profeta Isaías. Se necesitaría entrar con ganas a una reforma religiosa dentro de Israel para poder salir avante.  Creo que hoy también nosotros enfrentamos temporadas de crisis. Puede ser una crisis familiar, donde nos corresponde hacerle frente a las consecuencias de una enfermedad, de un divorcio o la muerte de un ser querido, la pérdida de un trabajo, el despido de un ministerio, etc. Hay tantas variables que es difícil mencionar todas. Puede ser una crisis nacional o global que nos afecta personalmente, donde nos corresponde vivir las tristes consecuencias del terrorismo, del desempleo o de la inestabilidad de los mercados financieros. Podemos experimentar crisis de fe al luchar con nuestras dudas, al considerar algunas oraciones que Dios no ha contestado o al tener la desdicha de vivir algún serio conflicto en la iglesia local. Un tiempo de relativa calma llegó a su fin y ahora el futuro lucía muy incierto. La relación de Dios con Isaías nos enseña que Él puede usar esas temporadas de dificultad y dolor. En las manos de Dios los tiempos de crisis proporcionan una oportunidad para el crecimiento personal. Y eso es de lo que quiero que hablemos hoy, porque podemos salir avante en momentos de mucha incertidumbre. Por lo menos encuentro cuatro cosas importantes que podemos sacar de la crisis que vivió Isaías.

Lo primero que debemos pensar es que en tiempos de crisis busque al Señor.

Cuando la crisis llega algunas personas se paralizan, ya sea por miedo o porque entran en shock. Otros, sin embargo, se vuelven hiperactivos buscando una solución rápida, corriendo de un lado al otro. ¿Qué hace Isaías? El podría haber organizado una delegación para visitar los países vecinos para firmar acuerdos de paz. Podría haber entrado en diálogos con los hombres del poder militar. Pudo haber tratado de crear su propio partido político “religioso”. En este primer versículo no encontramos a Isaías en el palacio, ni en la Cámara de Comercio. Encontramos a Isaías en el templo. En tiempos de crisis busque al Señor. El Señor se alegra de verlo allí y lo premia con una visión bien importante. No es una visión de un futuro con mil años de paz. No es una visión sobre la destrucción de los enemigos de Judá. ¡No! Dios sabía exactamente lo que Isaías necesitaba: Isaías necesitaba un encuentro con Dios. “Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo” (6:1). El Señor Dios no había entrado en pánico. La crisis no lo había tomado por sorpresa. Dios no estaba corriendo de un lado a otro. Dios estaba calmado. Estaba sentado. Mientras un rey bueno había muerto, el Rey de Reyes estaba vivo y gobernando desde su trono. Era muy importante que Isaías tomara nota de esto. Y nosotros también. El Señor estaba sentado en un trono, y esto habla de Su autoridad. Era un trono alto y sublime. Cuando Isaías cayó en cuenta del significado de visión, su espíritu encontró descanso. Para Judá la crisis fue el comienzo de un futuro muy incierto. Pero para Isaías esta visión de Dios lo llenó de confianza. Entendiendo Isaías que el futuro estaba en las manos de Dios, el pudo luego escribir “Este es el consejo que está acordado sobre la tierra, y esta, la mano extendida sobre todas las naciones. Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida ¿quién la hará retroceder?” (Isaías 14:26,27). Si queremos permanecer en calma en temporadas de crisis, si deseamos mirar al futuro  sin temor, también necesitamos un encuentro con Dios, una visión fresca y real del Dios de las Sagradas Escrituras. Y entender que Dios controla lo incontrolable, maneja lo inmanejable. Esto me hace reposar. Descanse que aunque su “Uzías” esté muerto, su Dios sigue vive. Y lo mejor, sigue gobernando.