Solo para los que se quedan cuidando el equipaje III parte

solo para los que cuidan el equipaje

solo para los que cuidan el equipaje

Muchos cristianos se sienten culpables por no servir en algún campo misionero del extranjero. Pero quedarse en casa con el “bagaje” es, también, un alto llamado en Jesucristo. Si usted ama al Señor y camina en su Espíritu, puede estar seguro de su llamado. La Palabra de Dios nos asegura: “Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso” (1 Corintios 12:18). ¿Ven lo que Pablo quiere decir? Si usted es un anciano en su iglesia, usted tiene un alto llamamiento en el Señor. Como también lo tiene el maestro o la maestra de escuela dominical. Incluso lo mismo es verdad para cualquier madre soltera que lucha para criar a sus hijos para Cristo. Ella tiene un alto llamamiento, justo donde se encuentra. Así también, si usted es un hombre de negocios, un abogado, un doctor: descanse en su llamado. Si es usted un vendedor, un mecánico, un maestro, un mesero, no tiene que forzar un llamado al campo misionero para poder agradar a Dios. A menos que el Espíritu mismo le esté inquietando, descanse donde se encuentra, en lo que está haciendo. “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo…Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿todos maestros? ¿hacen todos milagros? ¿tienen todos dones de sanidad? ¿hablan todos lenguas? ¿interpretan todos? Procurad, pues, los dones mejores. Mas yo os muestro un camino aun más excelente” (1 Corintios 12:27-31). Es importante que ningún creyente se frustre por no estar en África o en algún campo misionero. El Señor nunca trae condenación a nadie de su pueblo respecto al llamado a las misiones, cuando Él mismo los ha colocado en el lugar donde están dentro de su cuerpo. Claro que es importante permanecer abiertos y dispuestos a oír del Espíritu, respecto a servirlo en algún lugar fuera. Pero debemos rendir este asunto enteramente a la inquietud y a la dirección del Señor. Dios sabe cómo inquietarnos y cómo abrir puertas para el ministerio, en casa y fuera de ella. El apóstol Pablo da una palabra profundamente convincente, sobre este asunto del servicio al Señor. Pablo era un misionero mundial con un corazón de amor para con los pobres. El oía el clamor de los más pobres en toda nación que visitaba. Y él enseñó a cada pastor y evangelista debajo de él: “No se olviden de los pobres”. Con regularidad, Pablo tomaba ofrendas para los pobres; en un punto viajó a muchas ciudades para juntar dinero para Jerusalén cuando la hambruna era inminente. De todos los que hayan vivido, Pablo entendió el clamor de la necesidad humana. Sin embargo por más que este apóstol piadoso sacrificara, aun hasta el punto de morir él mismo como un mártir, nos dio una advertencia convincente: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Corintios 13:3). Debo preguntar: ¿Estamos listos para aceptar las palabras convincentes de Pablo? En esencia, él está diciendo: “Ustedes pueden llorar respecto a los gritos desesperados de los pobres. Pueden viajar a los barrios marginales de África o en Guatajiagua en El Salvador. Pueden estar listos para morir como mártires. Pero si no se han asido del amor, todo lo que hagan es en vano, sea en casa o como misioneros fuera del país”. Piense en esto, aun Jesús les dijo a sus discípulos que comiencen su obra en Jerusalén, su ciudad natal, antes de ir a lo último de la Tierra. Esto me dice que nuestra primera misión tiene que ser en nuestros propios corazones. En otras palabras, el Espíritu Santo tiene que hacer su obra en nosotros, antes de que pueda hacer su obra a través de nosotros. Recuerde lo que dijo Jesús de la pobre viuda que echó dos moneditas en el arca de la ofrenda: “Esta viuda pobre echó más que todos”. La viuda dio todo lo que tenia. Mi esposa Trini, se ha quedado en casa “junto al bagaje”, mientras yo hacía muchas cosas en público. Muchas veces los logros han sido de ella, sus oraciones y consejos y aún exhortaciones han dado tanto fruto como el mío. Estoy completamente seguro que en la eternidad será llamada para recibir sus galardones iguales a los que yo esperaría tener. Y aunque por su carácter ha sido muchas veces menospreciada en las iglesias que hemos trabajado, estoy seguro que Dios jamás la ha visto de esa forma. Tendrá la misma bendición o aún mayor que algunas estrellas de esta generación. Bendecimos a nuestros misioneros en los campos de cosecha por todo el mundo. Ellos se arriesgan grandemente y ponen en peligro sus vidas por el evangelio. Nuestros misioneros y sus familias necesitan nuestras oraciones y apoyo. Los honramos. También honramos a los que no pueden ir, incluyendo a los ancianos, los inadvertidos, los desempleados y aquéllos que sirven al Señor fielmente en su llamado presente, en toda lengua y nación. Amado santo, que Dios no permita que se incomode su espíritu a causa de que usted no crea estar haciendo nada importante para la obra de Dios. Sus oraciones, sus continuos aportes para las misiones, su espíritu amoroso, todo está dándole gloria y honrando a Dios. Mi oración es que usted le pida al Espíritu Santo que lo lleve a su reposo, y que le dé paz y gozo, justo donde usted está, ese es su deseo. ¡Amén!

Solo para los que se quedan cuidadando el equipaje II parte

Solo para los que cuidan el equipaje

Solo para los que cuidan el equipaje

A partir de ese momento, todo rey en la historia de Israel guardó la ley de los despojos de David. Es mi privilegio hoy, saludar al actual ejército de respaldo de Dios. Quiero hablar a todo creyente que no puede viajar al campo misionero, sino que tiene que quedarse por diversas circunstancias. Me estoy refiriendo a aquéllos que son fieles en oración, que hacen el sacrificio de dar, que respaldan económicamente la obra misionera. A todos esos creyentes, les doy un claro mensaje de 1 Samuel 30: Ustedes son la línea de suministro del frente de batalla. Y los despojos de la guerra son de ustedes, también. En aquel glorioso día, cuando la batalla haya acabado, cuando finalmente podamos bajar nuestras espadas espirituales, muchos estarán delante del Señor pensando que tienen las manos vacías. Estos santos desconocidos dirán dentro de sí: “No tengo nada que presentarle al Señor, no hice nada de nada, nunca llevé almas a Cristo”. Sin embargo, ¡qué glorioso momento les espera, cuando Jesús comience a repartir los despojos! Estarán sobrecogidos de gozo, a medida que sus ojos son abiertos para ver cuán importante fueron ellos para la batalla. ¡Los que pensaron que no tenían buenas obras que presentar, compartirán equitativamente los despojos! Entre ellos, habrá viudas, personas aisladas y jubilados, quienes dieron con sacrificio para apoyar la obra misionera. Mientras pienso en estos santos desconocidos, me imagino a las mujeres norteamericanas que mantuvieron el frente de sus hogares durante la Segunda Guerra Mundial. Aquella fábrica donde se veían docenas de mujeres trabajadoras llegar e irse. Mientras sus esposos, hermanos y novios peleaban en el frente de batalla, en el Pacífico, Europa y África, estas mujeres estaban a cargo de inmensas líneas de producción. Trabajaban duro, a toda hora, sudando, mientras que los fuertes ruidos de la planta zumbaban constantemente en sus oídos. Las circunstancias no permitieron que estas mujeres estén en el frente de batalla. Así que “se quedaron con el bagaje” apoyando a sus seres queridos. Y, sin el fruto de dicha labor, de su fiel producción en aquellas líneas de ensamblaje, la guerra nunca se habría ganado. Amados, esta es la verdadera figura, en la eternidad, de todo santo desconocido que piensa que no tiene nada que presentarle a Jesús. David basó su ley de los despojos en un precedente que Moisés estableció en Números 31 Durante la época de Moisés, un ejército de 12,000 soldados israelitas derrotó a los madianitas y a 5 capitanes de guerra. Cuando los despojos fueron después reunidos, Moisés dio la siguiente instrucción: “Toma la cuenta del botín [despojos] que se ha hecho…y partirás por mitades el botín entre los que pelearon, los que salieron a la guerra, y toda la congregación” (Números 31:26-27). Aquí vemos dos grupos iguales, según Moisés: combatientes y congregantes, aquéllos que fueron a la batalla y aquéllos que “se quedaron con el bagaje”. El Señor mismo ordenó que estos dos grupos compartieran en igual cantidad los despojos. Cuando Israel contó el botín madianita, la división se hizo de la siguiente manera: 337,500 ovejas para los combatientes, 337,500 para los congregantes 36,000 vacas para los combatientes, 36,000 para los congregantes 30,500 asnos para los combatientes, 30,500 para los congregantes 16,000 cautivos para los combatientes, 16,000 para los congregantes ¿Ven la figura? Era completamente equitativo, entre los que fueron y los que se quedaron. Para el conteo, en nuestros días, me imagino al apóstol Pablo siendo convocado. Todas sus victorias de almas ganadas se volverán a contar, así como todas las iglesias que estableció. Entonces muchos hombres y mujeres de Antioquia serán llamados a pararse al lado de Pablo. Éstas fueron las personas que ayunaron y oraron por el apóstol, que impusieron manos sobre él y lo enviaron como misionero. Ellos le enviaban, ofrendaron con sacrificio. Simeón, Lucio y Manaén eran los ancianos de la iglesia en Antioquia. Ellos y otros santos desconocidos como ellos, nunca fueron al lejano frente de batalla. Probablemente, jamás atravesaron el mar, ni viajaron a Macedonia. Aun así, serán llamados a compartir el botín de Pablo. ¿Por qué se le dará una porción igual a la del apóstol? Porque ellos jugaron un papel en cada alma que Pablo ganaba, en cada iglesia que Pablo edificaba, en cada viaje que Pablo hacía. Dios desea que todos descansemos y nos regocijemos, en nuestro llamado.

Sólo para los que se quedan cuidando el equipaje

Solo para los que se quedan cuidando el equipaje

Solo para los que se quedan cuidando el equipaje

Esta semana estuve meditando acerca de una frase que encontré en 1 Samuel 30 versos “¿Y quién os escuchará en este caso? Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que queda con el bagaje, les

tocará parte igual”. ¿qué es quedarse con el bagaje? Bueno el hebreo lo traduce “quedarse con los paquetes” o quedarse con el equipaje. Esto me inquietó, porque muchas personas están tristes y preocupadas porque no se han dedicado al ministerio y no están en la línea de batalla. Pero Dios no los mira así. Así que en el primer libro de Samuel, David y sus hombres volvieron a casa de la batalla y encontraron su ciudad quemada y devastada. Siclag, lugar donde David tenía su sede, había sido atacada por los amalecitas. Como si esto fuera poco, el enemigo se había llevado cautiva a la familia de David. Todas sus mujeres, hijos y ganado se habían ido. Cuando David y sus hombres vieron esto, cayeron llorando sobre sus rostros. Estaban convencidos de que sus seres queridos habían sido asesinados en un sangriento holocausto. La Escritura nos dice que todos lloraron hasta que ya no les quedaba fuerzas. Luego los hombres de David se levantaron airados contra él. Tomaron piedras, lo culparon por esta calamidad. Sin embargo, a pesar de ello, David cobró ánimo en el Señor. Llamó a Abiatar, el sacerdote, y le pidió que preguntara a Dios para saber lo que él debiera hacer. Abiatar le dio a David esta palabra de parte del Señor: “Anda, sigue a los amalecitas. Traerás de regreso todo lo que se llevaron. No te faltará ni una sola cosa. Todo será recuperado”. Así que David partió con 600 hombres en busca de los amalecitas. Cuando llegaron al torrente de Besor, hallaron un esclavo egipcio que estaba herido. Cuando el esclavo entendió la misión de ellos, los guió al campamento de los amalecitas .De los 600 hombres en el ejército de David, 200 de ellos no estuvieron en capacidad de ir al frente de la batalla. Quizás, estos 200 soldados estaban cansados por la batalla, o quizás estaban heridos o enfermos, pero no eran cobardes. Fueron, simplemente retenidos por las circunstancias. Mientras David se preparaba para avanzar, encargó, al cuidado de estos hombres “el bagaje” que el ejército debía dejar: equipo, utensilios, armas, ropas y demás. A medida que David marchaba con los otros 400 soldados, vieron que los amalecitas habían acampado en una gran llanura. Y se sorprendieron con lo que vieron: El enemigo tenía más de un millón de cabezas de ganado en su posesión, ya que los amalecitas también habían invadido a los filisteos y habían obtenido el botín. En medio de esta asombrosa escena, el ejército de David vio, aquello que habían venido a buscar: sus mujeres e hijos cautivos. Mientras David y sus hombres se acercaban, vieron a los amalecitas esparcidos por sus tiendas. Estaban bebiendo, de parranda, celebrando, por los grandes despojos obtenidos. Juntamente con el ruido de un millón de animales bramando, debe de haber sido una escena bastante ruidosa y caótica. David extendió a sus hombres para atacar, y los 400 soldados rodearon el campamento enemigo. Lo que siguió, fue una batalla sangrienta, que duró un día y medio. Cuando acabó, David había triunfado, y tal como Abiatar se lo había dicho, recuperó todo. Ni una sola persona, animal o pertenencia se perdió. David tenía un plan específico para los despojos de la guerra. Después de la batalla, al finalizar el conteo de los despojos de guerra, David reclama los bienes tomados por los amalecitas a los filisteos. Él declaró: “Éstos también son míos”, y tenía, para éstos, un propósito específico en mente. Ahora bien, mientras los vencedores retornaban hacia el torrente de Besor, los 200 soldados que se quedaron atrás, los vieron venir con todas sus mujeres e hijos. ¡Qué cuadro tan maravilloso debe haber sido verlos correr llorando, para abrazar a sus seres queridos! Sin embargo, este momento era por un lado dulce, y por otro, amargo. A pesar de que las circunstancias habían impedido a estos hombres ir a la batalla, ellos eran tan valientes, estaban tan calificados y tenían tanta pasión para pelear contra el enemigo, como los que fueron a la batalla. No obstante, ellos no se sentían dignos de celebrar la victoria. David sabía lo que estos hombres estaban pensando mientras abrazaban a sus familiares: “No me he ganado el gozo de este momento. No logré nada. Debí haber estado con los que fueron al frente de batalla”. Pero algunos de los 400 guerreros que habían ido a combatir, comenzaron a quejarse. La Escritura llama a estos soldados, “hombres malos y perversos”. Se decían unos a otros: “No vamos a compartir los despojos con estos vagos. Ellos no arriesgaron lo que nosotros arriesgamos. No aceptaron el desafío ni pagaron el precio” (ver 1 Samuel 30:22). Su murmuración estaba a punto de convertirse en un motín. Pero David tuvo, en ese momento, el corazón de Dios. “Y cuando David llegó a la gente (a los 200 hombres), les saludó con paz” (1 Samuel 30:21). En ese momento, con ese gran gesto, David establece la ley de los despojos, diciéndoles: “Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que queda con el bagaje; les tocará parte igual”. Dicho de una manera sencilla, los 600 hombres compartirían el botín equitativamente. David no permitiría que ningún soldado en su ejército lamente el no haber estado en el frente de batalla. Así que convocó a sus líderes, a una reunión, y les instruyó: “No permitiré que esta división suceda. Compartiremos con igualdad. Este ejército de respaldo es tan importante como aquéllos que fueron a la batalla”. Cuando David saludó a estos 200 hombres, les estaba diciendo: “¡Bien hecho! Esta victoria es tanto de ustedes como de los que estuvimos al frente. Fueron útiles justamente donde se quedaron. Y, como su rey, yo declaro que ustedes recibirán la misma parte de los despojos de la victoria”. A partir de ese momento, todo rey en la historia de Israel guardó la ley de los despojos de David. Al leer este pasaje vino a mi mente, las famosas conferencias misioneras a las que asistía cuando era pastor de una iglesia misionera. Todos los años nos presentaban a todos los héroes que se habían ido al campo misionero. Que historias! más grandes, que extrarodinarias aventuras! Y sobre que superhombres y mujeres las que estaban allá! Por alguna razón siempre salia con la sensacion, que eran ellos los que estaban,haciendo el trabajo y que yo me había quedado cómodo en mi oficina de pastor, sin ninguna carga misionera, y por sobre todo , no estar en el campo misionero. Y luego vino este pasaje y me alentó mucho, pues nos habla de como Dios ve tanto a los que van a la batalla, como los que se quedan detrás de la batalla.

Portavoces de lo Eterno: Lati2 de Amós V parte

En segundo lugar, el sacerdote Amasías, había captado tanto la textura como las implicaciones sociales y políticas que tenía el mensaje profético de Amós. Un mensaje que, según su opinión particular, atentaba contra la «seguridad nacional»,  contra la seguridad y estabilidad de la institución . Pero se trataba, indudablemente, de una lectura política sesgada –desde su posición privilegiada en la estructura social y política del Israel– del mensaje del profeta. Una lectura que lo condujo a acusar a Amós del delito de conspiración, de no adecuarse al discurso de la institución . De acuerdo al texto bíblico, estas fueron las palabras de Amasías: Porque así ha dicho Amós: Jeroboam morirá a espada, e Israel será llevado de su tierra en cautiverio (Am. 7.11). Sobre esta acusación del sacerdote Amasías, en contra del profeta Amós, se lo acusa de conspiración (es decir, se arrojan sospechas sobre su lealtad, ¡táctica predilecta de aquellos que quieren desacreditar a alguien aunque saben que los meros hechos en su sentido más claro no los acompañan!); se tuercen sus palabras para significar lo que en realidad no dijo. Así fue en efecto. Ya que en el texto bíblico no aparece ningún indicio de que Amós estuviera conspirando. Lo que sí se observa en el texto bíblico es que Amós, como vocero de la justicia de Dios, proclamó públicamente que Dios había decretado su juicio inminente sobre la casa de Jeroboam II y sobre Israel. Amasías, sin embargo, acomodó las palabras de Amós a sus intereses políticos y religiosos. Una práctica que con mucha frecuencia acompaña el derrotero político de aquellos que defienden el status quo y que anteponen sus intereses personales a los intereses de los que sufren las consecuencias de la injusticia «legalizada».  El sacerdote Amasías utilizó, entonces, un recurso político bastante habitual en los pasillos del poder, cuando se quiere desprestigiar o anular al oponente potencial o real. En realidad, parece que lo que Amasías buscaba era, además de cuidar su propio espacio en el escenario público y en el epicentro del poder, desprestigiar ante la autoridad política al profeta Amós a quien veía como un personaje público sumamente peligroso para su proyecto personal de seguir siendo el único vocero religioso autorizado ante las autoridades políticas. ¿No ocurre lo mismo en este tiempo? Les dejo para que respondan en la intimidad.

Portavoces de lo Eterno: Lati2 de Amós III parte

Sigo con la reflexión sobre Amós y platéo la pregunta  ¿qué es la justicia? Bueno   para Amós, la justicia era:el atributo moral más importante de la naturaleza divina. Todo ultraje de la ley moral, ya sea que fuera perpetrado por las naciones paganas (1.3-2.3) o por Israel (2.4-16), era un ultraje a la naturaleza de Dios y constituía, por consiguiente, una provocación a la justicia divina. Si Yahvéh es justo, luego la injusticia, la deshonestidad, la inmoralidad no pueden ser toleradas por él, y deben recibir una severa retribución de su parte.  Esta cruda realidad de injusticia institucionalizada o injusticia legalizada, explica por qué Amós denunció públicamente la insensibilidad, el derroche y el lujo con el que vivían los ricos y la clase gobernante. Estas fueron sus palabras: “Duermen en casas de marfil, y reposan sobre sus lechos; y comen los corderos del rebaño, y los novillos de en medio del engordadero; gorjean al son de la flauta, e inventan instrumentos musicales, como David; beben vino en tazones y se ungen con los ungüentos más preciosos; y no se afligen por el quebrantamiento de José (Am. 6.4-6)”. En suma, parece que al profeta Amós le preocupaba especialmente la situación de los campesinos pobres, quienes apenas tenían lo suficiente para su subsistencia diaria y que estaban en serio peligro de perder sus casas, sus tierras e, incluso, su propia libertad . Todo el libro de Amós da testimonio de que efecto esta fue la preocupación principal del profeta.  Amós, sin maquillar para nada su punto de vista, denunció que el mal social no solamente radicaba en el que corazón del ser humano, sino que se manifestaba y se visibilizaba en instituciones concretas de la vida social, política, económica, jurídica y religiosa de un país, las mismas que necesitan ser abolidas (esclavitud, préstamos) o cambiadas profundamente para que beneficien a todos (impuestos, tribunales). ¿Hemos entendido así el mensaje de Amós o lo hemos «espiritualizado» para justificar nuestro punto de vista político-partidario o nuestra perspectiva teológica «conservadora»? La discusión previa respecto  al mensaje particular del profeta Amós, será el telón de fondo y el piso teológico, sobre el que examinaremos con mayor detalle el pasaje de Amós 7.10-17. Ya hemos señalado que se trata de un texto clave del libro de Amós en el que afloran dos formas de relacionarse con Dios y dos formas concretas –bastante distintas entre sí– de actuación pública y del trato con el discurson institucional que pretende acallar al portavoz de lo eterno. De acuerdo a un experto en Antiguo Testamento: Este trozo de narración personal acerca de Amós lo revela en el más alto nivel de su valentía, pero además, nos da una profunda enseñanza sobre la naturaleza y función del hombre de Dios, las experiencias que puede encontrar, los recursos de que puede disponer y la perseverancia de la fortaleza que ha de marcar su trayectoria . ¿Qué temas están presentes en este pasaje de cuya relevancia para este tiempo tenemos que estar conscientes, especialmente, aquellos que vivimos en marcos temporales en los que la opresión y la explotación de los indefensos son el «pan de cada día»? ¿A quién representa el sacerdote Amasías y en qué sentido su conducta pública puede reproducirse en nuestros contextos históricos particulares? ¿Qué se puede aprender de la conducta pública del profeta Amós, particularmente, cuando se tiene que decidir entre el acomodo al status quo de la institución religiosa opresora  o la resistencia no violenta a la misma?

Sorprendido por el poder de Dios: La sinagoga de ellos VI parte

Finalmente, la última evidencia que veo que respalda la idea que vivimos una generación de la “sinagoga de ellos” y que era la más parecida al tiempo de Jesús es el énfasis en el legalismo en lugar de la gracia de Dios. Lucas 15:1 dice que los pecadores y los publicanos venían a escuchar a Jesús.  Aquellos que eran lo peor de lo peor en los tiempos de Jesús, se sentían atraídos por él.  Cristo es atrayente e irresistible. Me pregunto por qué “lo peor de lo peor” de nuestras comunidades no se sienten atraídos a escuchar de él en nuestras iglesias.  Quizá sea porque nos hemos vuelto una especie de fariseos modernos que rechazamos con nuestras palabras, acciones y actitudes a los que se sentirían atraídos por las buenas noticias del evangelio. De muchas maneras hemos sustituido el mensaje de la gracia de Dios en Cristo por un mensaje humano, lleno de requisitos y reglas para que Dios nos acepte. Esta tendencia se ve reflejada de varias maneras. Por ejemplo, en las diversas reglas que implantamos para tener acceso a las instalaciones.  En algunos lugares se ponen letreros que indican qué tipo de ropa usar, qué tan largo debe estar el cabello o quiénes no son bienvenidos a las reuniones.  Las canchas deportivas de nuestras iglesias sólo pueden ser usadas por personas “dignas” de la santidad del lugar.  Todas estas actitudes farisaicas ahuyentan a los necesitados espiritualmente.   La tendencia también se refleja en la enseñanza y la predicación sistemática de nuestras iglesias. Muchas predicaciones se reducen a una serie de reglas que tenemos que cumplir para ser aceptados por Dios. Aunque predicamos la salvación por gracia, con nuestros mensajes cotidianos, pareciera que la gracia es algo que uno se gana a base de esfuerzo.  En vez de eso, debemos predicar el evangelio de la gracia de Dios que dice que somos peores de lo que pensamos, pero que Dios nos ama en Cristo más de lo que imaginamos.  Por su gracia somos salvos y vivimos cada instante la vida cristiana.  No obedecemos para ser hijos, sino porque Dios ya nos ha aceptado en Cristo como hijos es que deseamos agradar ahora a nuestro Padre. Cuando la gracia es predicada y vivida en una iglesia, los pecadores comienzan a acercarse porque escuchan las buenas noticias.  La gente empieza a comprender que no necesita arreglar primero su vida para poder acercase a Dios, sino que puede venir tal y como está, pues Dios nos ama tanto que nos recibe como estamos para transformarnos, por gracia, a la imagen de su hijo Jesucristo. He allí algunas evidencias de que al igual al tiempo de Jesús vivimos una época de “la sinagoga de ellos”. Habrán más y quizás muchos no estarán de acuerdo con ellas o conmigo. Sin embargo, no podemos cerrarnos ante el hecho de que algo pasa con nuestra iglesia. ¿Cómo podemos enfrentarnos a este tipo de sistema? ¿Cómo lo hizo Jesús? Essa será mi siguiente meta, reflexionar en la forma en que Cristo deafío la “sinagoga de ellos”. Por favor, escriban sus comentarios, necesito escuchar retroalimentacion, no dejen de hacerlo. Tomen tiempo para cuestionar, apoyar o aún criticar estos pensamientos. Bendiciones!

Sorprendido por el poder de Dios: La sinagoga de ellos V parte

Una séptima evidencia, es el énfasis en la tradición y no en la relevancia o el legado.

Para muchos evangélicos es de suma importancia conservar la tradición ministerial recibida del pasado.  De acuerdo con esta mentalidad, lo que se ha hecho en el pasado se vuelve la norma para definir lo que se puede o debe hacer en el ministerio presente.  El tiempo y la repetición van dejando la idea de que las prácticas ministeriales tradicionales son necesariamente la única manera aprobada por Dios para realizar el trabajo de la Iglesia. Toda propuesta que atente contra la tradición ministerial del pasado es considerada liberal, peligrosa y fuera del orden evangélico. No cabe duda que la tradición es importante porque nos conecta con los santos del pasado, provee el sentido histórico de nuestra identidad y es un freno amigable para nuestras tendencias extremosas.  Sin embargo, la tradición simplemente es unamanera en la que la Iglesia ministró en un contexto cultural particular, en cierta época de la historia, atendiendo necesidades y personas específicas.  No necesariamente es laúnica manera endosada por Dios para el ministerio. Por lo tanto, es necesario considerar el contexto cultural, social, político y religioso en el que ministramos para determinar cómo la herencia del pasado nos ayuda o nos distrae para servir en las circunstancias actuales.  No se trata de rechazar del todo la tradición, sino evaluarla y ajustarla al entorno presente para poder ser relevantes en nuestra cultura. Cómo seremos relevantes con nuestro ministerio femenil, por ejemplo, en una cultura urbana donde las mujeres forman parte activa de la fuerza laboral y tienen horarios tan variados. Cómo alcanzaremos con el evangelio a una juventud que está creciendo en la era del ciberespacio y multimedia. Cómo ministraremos en una época en la que la familia compuesta por papá, mamá e hijos es una especie en extinción. Cómo seremos relevantes a estas nuevas condiciones de ministerio. La tradición es muy buena, pero nunca olvidemos que somos llamados a ministrar relevantemente en un contexto diferente.  Los propósitos bíblicos para el ministerio nunca cambian, no obstante, las estrategias específicas para lograrlos pueden variar de cultura en cultura, de lugar en lugar y de época en época. Una evidencia más de la “sinagoga de ellos” es tendencia al trabajo individualista que al trabajo en equipo. Así como lo oye,

Estamos muy acostumbrados a trabajar individualmente en vez de buscar un equipo de trabajo.  Con esto, ignoramos el hecho de que Dios provee a cada iglesia de las personas con los dones necesarios para realizar el ministerio.  Las áreas de debilidad en el ministerio de una persona son las áreas de fortaleza de otra.  Dios distribuyo así los dones en el cuerpo para que formemos equipo y funcionemos coordinadamente para cumplir nuestro propósito.     Es triste ver a personas en la iglesia, inclusive pastores, que quieren hacerlo todo en el ministerio.  Ven a los demás como competencia en vez de complemento. Acaparan las posiciones, retienen el control, desplazan a los demás y no entrenan a otros para reemplazarse. Cuando hay dos o más pastores en una iglesia, establecen una jerarquía en vez de trabajar como equipo pastoral.  Comienzan los celos y las envidias que acaban por fraccionar a la Iglesia local.     Esto tiene que cambiar.  Debemos rodearnos de las personas que tengan los dones para ciertas áreas del ministerio, que nosotros carezcamos, para formar equipo con ellas. Debemos dar el lugar a las personas con los dones y no ser de estorbo para el desarrollo de su ministerio, sino de apoyo para que florezcan aun más. Nuestro propósito debe ser llegar a dedicarnos sólo a aquello que nadie pueda hacer mejor que nosotros en el cumplimiento del propósito del cuerpo funcionando como equipo. Por otro lado una evidencia más es tendencia al trabajo por puestos y no por dones. 

Solemos escoger personas para puestos en el ministerio sin considerar si Dios los ha dotado con lo que necesitan para desempeñar ese cargo.   Esta forma de trabajar lo que produce son resultados mediocres, personas frustradas y un ministerio rezagado.  La pregunta clave para elegir personas para los puestos es ¿A quién ha dotado Dios en esta comunidad para desempeñar este cargo?

En vez de elegir a las personas para los puestos usando criterios como la popularidad, la facilidad de palabra, el nivel académico o la relación familiar, deberíamos hacer un análisis concienzudo de los dones repartidos en la iglesia para elegir sabiamente.  Las personas que trabajan dentro de sus dones son personas eficaces, productivas y llenas de gozo en su cargo ministerial.      En algunos casos trabajar por dones en vez de por cargos implica reconocer que quizá tengo el cargo o el puesto pero que  no necesariamente tengo los dones.  Por lo tanto, debo rodearme de los que tienen los dones para ese ministerio. Lo importante no es que yo destaque, sino que el ministerio avance. Cuando permito que los que tienen los dones trabajen libremente, bajo mi responsabilidad, la iglesia avanza y el ministerio se realiza.

Solemos escoger personas para puestos en el ministerio sin considerar si Dios los ha dotado con lo que necesitan para desempeñar ese cargo.   Esta forma de trabajar lo que produce son resultados mediocres, personas frustradas y un ministerio rezagado.  La pregunta clave para elegir personas para los puestos es ¿A quién ha dotado Dios en esta comunidad para desempeñar este cargo?

En vez de elegir a las personas para los puestos usando criterios como la popularidad, la facilidad de palabra, el nivel académico o la relación familiar, deberíamos hacer un análisis concienzudo de los dones repartidos en la iglesia para elegir sabiamente.  Las personas que trabajan dentro de sus dones son personas eficaces, productivas y llenas de gozo en su cargo ministerial.      En algunos casos trabajar por dones en vez de por cargos implica reconocer que quizá tengo el cargo o el puesto pero que  no necesariamente tengo los dones.  Por lo tanto, debo rodearme de los que tienen los dones para ese ministerio. Lo importante no es que yo destaque, sino que el ministerio avance. Cuando permito que los que tienen los dones trabajen libremente, bajo mi responsabilidad, la iglesia avanza y el ministerio se realiza.  

Solemos escoger personas para puestos en el ministerio sin considerar si Dios los ha dotado con lo que necesitan para desempeñar ese cargo.   Esta forma de trabajar lo que produce son resultados mediocres, personas frustradas y un ministerio rezagado.  La pregunta clave para elegir personas para los puestos es ¿A quién ha dotado Dios en esta comunidad para desempeñar este cargo?

En vez de elegir a las personas para los puestos usando criterios como la popularidad, la facilidad de palabra, el nivel académico o la relación familiar, deberíamos hacer un análisis concienzudo de los dones repartidos en la iglesia para elegir sabiamente.  Las personas que trabajan dentro de sus dones son personas eficaces, productivas y llenas de gozo en su cargo ministerial.      En algunos casos trabajar por dones en vez de por cargos implica reconocer que quizá tengo el cargo o el puesto pero que  no necesariamente tengo los dones.  Por lo tanto, debo rodearme de los que tienen los dones para ese ministerio. Lo importante no es que yo destaque, sino que el ministerio avance. Cuando permito que los que tienen los dones trabajen libremente, bajo mi responsabilidad, la iglesia avanza y el ministerio se realiza.

Sorprendido por el poder de Dios: La sinagoga de ellos IV

La tendencia mundial hoy es simplificar los sistemas operativos y organizacionales. Leí recientemente un libro “How to make big things with small teams” (Como hacer grandes cosas con equipos pequeños). Su tésis es “mientras más sencillo eres más efectivo te conviertes”. Parece que la iglesia no ha escuchado este llamado en su forma de ser y hacer. La quinta evidencia que es la” sinagoga de ellos” es que la iglesia evangélica latinaomericana tiene la tendencia a la complejidad en lugar de la sencillez.Tal parece que intencionalmente complicamos las cosas.  Aunque a veces hay buenos caminos que simplificarían ciertos trámites dentro de la iglesia, tenemos la tendencia a complicarlos.  Cartas con doble copia, llenar dos formularios, esperar meses para obtener la respuesta a una petición, rechazo de buenos proyectos por causa de fallas en tecnicismos y detalles insignificantes, son algunas de las prácticas comunes que en nombre del “orden” complican el ministerio de la Iglesia.   Las reuniones de algunos cuerpos de gobierno eclesiástico duran horas y horas porque tienen que tomar decisiones sobre cada asunto de la Iglesia.  Asuntos como el uso de las instalaciones, el color de la nueva pintura para el edificio, el uso del mobiliario o los utensilios de la cocina, bien podrían ser atendidos por personas autorizadas y habilitadas por el mismo cuerpo. Esto dejaría tiempo valioso para discutir asuntos trascendentales como la dirección y la estrategia de la Iglesia para desarrollar el ministerio.   Por supuesto que el orden es necesario, pero el orden debe facilitar la vida, no complicarla.  Debemos establecer procesos de orden que avancen el ministerio, que hagan ágil el desarrollo de los proyectos que nos lleven a cumplir nuestro propósito como iglesia.    Una sexta evidencia de la sinagoga de ellos” es la tendencia a la disgregación y no a la coordinación.  La mayoría de las iglesias evangélicas trabajan bastante.  Los diferentes ministerios y organizaciones siempre están programando eventos, cursos, retiros y todo tipo de actividades que llenan el calendario de la iglesia. Lamentablemente, la mayor parte de estos esfuerzos están disgregados en vez de coordinados. Cada organización, ministerio y grupo tiende a seguir su propio propósito, estrategia y gane. El resultado es que tenemos sistemas que compiten unos contra otros por recursos económicos y humanos.  En vez de coordinar los esfuerzos hacia una meta en común, nuestras iglesias tienden a disgregarlos en varias direcciones. En muchas iglesias evangélicas cada ministerio y organización se convierte en una “isla”.  Reclutan personal, recaudan sus propios recursos económicos, se plantean metas y estrategias particulares, y establecen una especie de membresía para pertenecer al grupo. En fin, se comportan como una iglesia dentro de la iglesia.  En este arreglo, cada quién “atiende su juego”, busca la consecución de sus metas, compite por los recursos humanos y económicos, y disgrega los esfuerzos que bien podrían estar coordinados para lograr un objetivo en común. La Iglesia, en su conjunto, no camina en la misma dirección. Comúnmente, la Escuela Dominical tiene sus propios directivos y propósitos.  Existen clases para todas las edades.  Pero nunca se nos ha ocurrido trabajar el currículum, los propósitos, la estrategia y demás elementos educativos en coordinación con los otros ministerios y organizaciones que atienden a esos grupos de edades.  Por ejemplo, los que ministran a los jóvenes que asisten al ministerio juvenil podrían conjugar esfuerzos con los que ministran a los jóvenes que asisten a la Escuela Dominical con el propósito de avanzar en la misma dirección.  De esta manera, en vez de competir o duplicar esfuerzos, estarían cooperando para discipular a la juventud presbiteriana. Lo mismo puede aplicarse al ministerio infantil, femenil, varonil y cualquier otro esfuerzo por alcanzar y edificar al cuerpo de Cristo.  Necesitamos dejar de estar aislados en el ministerio y comenzar a conectar los esfuerzos para avanzar en la misma dirección coordinación.

Sorprendido por el poder de Dios: La sinagoga de ellos III parte

Una tercera evidencia de que es la “asamblea de nosotros” estriba en que hay énfasis en la liturgia y no en la adoración a Dios.  Las guerras litúrgicas son algo común en la Iglesia evangélica.  Las controversias son variadas. ¿Cantamos sólo himnos o cantos contemporáneos? ¿Expresamos corporalmente nuestra alabanza o nos quedamos inexpresivos? ¿Cantamos con órgano o con instrumentos contemporáneos? ¿Usamos el himnario o proyectamos la letra en la pantalla?  La lista sigue y sigue.  Sin duda, la liturgia y la adoración están ligadas.  La liturgia expresa al detalle nuestras convicciones en el área de la adoración pública a Dios.  La liturgia nos ayuda a crear una identidad como comunidad y provee un camino conocido para dirigir la adoración comunitaria a nuestro Dios.  Pero en muchas iglesias, la liturgia ha llegado a ser el objeto de culto, desplazando al único que debe ser adorado.     Se nos olvida que adorar es dejar de darnos la gloria y dársela a Dios.  Es exaltar a Dios por su carácter y sus obras. Es abandonar nuestros ídolos y confiar en el Dios vivo y verdadero (ver Salmo 115).  Se nos olvida todo esto porque estamos concentrados en los detalles litúrgicos que muchas veces obedecen a mandamientos de hombres.  Las formas y los modos vienen a sustituir la esencia y el fondo.  Las preferencias personales se anteponen a lo establecido en la Escritura. La tradición humana se prefiere a la libertad que otorga la Palabra de Dios. Debemos ser cuidadosos con la liturgia, pero nunca anteponerla a la adoración.  Dentro del marco establecido por la Biblia, los detalles litúrgicos pueden variar de acuerdo al contexto, la cultura, las generaciones, pero la adoración al Dios vivo y verdadero siempre debe ser la misma y nuestra prioridad.    Muchas de las guerras litúrgicas se acabarían si tuviéramos un claro entendimiento de la adoración bíblica y el lugar de la tradición litúrgica de nuestra iglesia. Una cuarta evidencia es que nuestro énfasis está en mantener y no en alcanzar. La preocupación de muchas iglesias es mantener a los que ya están. Esto, por supuesto, no está mal.  El problema empieza cuando los líderes no sueñan con los que podrían alcanzar, sino se conforman con mantener a los que ya están. Casi siempre las decisiones se toman con base en la comodidad y preferencias de los que ya son creyentes, sin desafiarlos a esforzarse a ser “todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles” (1 Co 9:22 NVI).  Se habla de evangelizar y de alcanzar al perdido, pero no somos capaces de cambiar nuestras cómodas costumbres con tal de acercarnos al que necesita de Cristo. No estoy sugiriendo que no evangelizamos.  Por supuesto que sí lo hacemos.  El problema está en que consideramos el evangelismo como algo más que hacemos en la iglesia, en vez de ser una actitud  que se refleje en todo lo que hacemos. Esta realidad es evidente en el descontento que producen algunos intentos de ser más sensibles con los invitados. Si proyectamos la letra de los cantos en la pantalla como una cortesía para todos los invitados que no tienen himnarios, algunos creyentes se muestran descontentos porque dicen que está mal ajustarse a los incrédulos.  Dicen: “Si quieren ser cristianos, tienen que ser como nosotros y hacer lo que nosotros hacemos”.  Algunos creyentes encuentran ofensiva la solicitud de ceder su asiento para algún invitado. Estacionamos nuestro automóvil en el lugar más cercano al edificio, en lugar de dejar ese lugar para algún invitado. Los sermones se preparan pensando sólo en los de casa y hablamos usando el “código” evangélico que sólo los de adentro comprenden. En fin, no sabemos ser anfitriones porque tenemos la mentalidad de que la iglesia es como un club para “santos”.  Nos interesa mantener el status quo del club; los pecadores vendrían a estropear nuestro club y sus prácticas tradicionales.  Necesitamos romper con este falso concepto de lo que es la Iglesia.  La Iglesia es la estrategia de Dios para alcanzar al mundo.  Debemos ser una comunidad que atraiga a los pecadores, que reciba a los que necesitan al Señor; una comunidad que se esfuerza por compartir, con sus palabras, acciones y actitudes, las mejores noticias jamás conocidas: el Evangelio.

Sorprendido por el poder de Dios: La sinagoga de ellos II parte

Al comenzar este artículo puedo decir con certeza que soy evangélico de tercera generación.  Asñi que  las siguientes observaciones no vienen de alguien con una animadversión hacia lo evangélico, sino de alguien que conoce desde adentro las cosas y anhela ver una iglesia aún más floreciente.   Mis apreciaciones  son el fruto de una corta, pero dinámica experiencia en la vida y el ministerio de la Iglesia evangélica.  Hablamos de tendencias y énfasis porque la realidad es fluctuante y dinámica.  La realidad observada varía dependiendo de la región, la iglesia local, el liderazgo y un sin fin de factores.  Sin embargo, estos diez elementos parecen ser una constante en la vida diaria de los evangélicos de América Latina. La primera cosa que demuestra que son “nuestras asambleas” es que somos muy proclives a celebrar el pasado en vez de soñar con el  futuro. Es decir . Las celebraciones de aniversarios de las iglesias y organizaciones son actividades muy regulares en las iglesias evangélicas.  Es común escuchar de congregaciones o misiones que celebran su aniversario número 15 o 20 como congregación y hacen una gran fiesta.  Lamentablemente, no pueden ver la tristeza que deberían tener por no haber llegado a ser constituidos como Iglesia en tantos años.  Nuestra tendencia es celebrar el pasado y no ver hacia al futuro.    Por otro lado, el futuro no es tema de discusión en muchas iglesias; sobre todo el futuro a largo plazo.  La reflexión y planeación de muchas Iglesias sólo llega hasta el futuro inmediato: la próxima semana, el próximo mes, y en el mejor de los casos, el próximo año. Muy pocas iglesias tienen una estrategia bien definida para afrontar el futuro y avanzar el reino de Dios. El pasado es importante porque aprendemos de los aciertos y sin sabores de otros, encontramos identidad en nuestra historia y nos animamos a seguir adelante.  Pero para avanzar el reino, nunca será suficiente con celebrar el pasado sin soñar con el futuro.  Lo que fue, puede ser todavía mejor.  Lo que ha sido, tiene que avanzar y florecer.  Si queremos una iglesia diferente tenemos que cambiar esta tendencia de deleitarse sólo en el pasado.  Tenemos que comenzar a soñar, planear y actuar para que las siguientes generaciones reciban una iglesia evangélica mucho más sólida y fortalecida. Una segunda evidencia que son” nuestras asambleas ” lo percibo en que tenemos más énfasis en el edificio y no en el ministerio. Oh! Como amamos nuestras edificaciones! Vivimos para ellas. A nivel nacional, existe una gran cantidad de templos evangélicos.  La iglesia tiende a estar muy centrada en el edificio.  En muchas iglesias la actividad se reduce en recaudar fondos para construir un aula más o completar la remodelación de la fachada.  En otras, el trabajo consiste en quién limpiará el templo, quién traerá las flores o quién podará el pasto.  Por supuesto, todas estas acciones son necesarias para el buen mantenimiento de las instalaciones, pero debemos dejar de tratar al edificio como un fin en sí mismo. ¿Por qué necesitamos edificios? Después de todo, Dios no nos ordenó construir y mantener edificios.  Los necesitamos para cumplir mejor nuestra misión: hacer cristianos.  Remodelar el edificio o agregar un aula más, no es la misión de la iglesia.  La misión es reconciliar a las personas con Dios; es guiarles a una relación creciente con el Padre; es avanzar el Reino hasta lo último de la tierra. Lamentablemente, muchos evangélicos pierden de vista la esencia de la misión y se centran en el edificio.  En esa mentalidad, los edificios contemporáneos vienen a ser el equivalente del templo de Jerusalén.  Los edificios son reverenciados casi como los israelitas, en el Antiguo Testamento, lo hacían con el templo de Jerusalén y la sinagoga . Se exhiben listas de prohibiciones que deben observarse al entrar a los edificios. El templo de Jerusalén era una especie de punto de contacto entre la dimensión celestial y la terrenal.  Era como la “puerta del cielo”.  En él había puesto Dios “Su Nombre”, es decir el acceso directo ante su presencia.  La Biblia nos enseña que el templo era una figura o “fotografía” que apuntaba hacia Cristo.  Con la venida de Cristo, la fotografía o anticipo queda en desuso. De hecho, en el año 70 D.C. el templo de Jerusalén fue derrumbado para nunca más ser reedificado.   Ahora en Jesucristo está el “Nombre”. En el nombre de Jesús ahora llegamos confiadamente al Padre.  En Su nombre somos salvos (Hch 4:12).  Ante su nombre se dobla toda rodilla en el cielo y en la tierra (Fil 2:9). Cristo, quien tiene el “nombre”, ha venido, ya no hay necesidad de un templo como el de Jerusalén.  De hecho, en la Nueva Jerusalén, no hay templo porque Dios y el cordero son el templo (Ap 21:22).  Por lo tanto, seguir aferrándonos a la idea de un templo como el de Jerusalén, equivale a decir que Jesucristo es insuficiente y necesitamos todavía un lugar específico para poder tener acceso a Dios. No cabe duda que los edificios donde se reúne la iglesia son importantes para el desarrollo del ministerio, pero no son equivalentes al templo de Jerusalén, ni son un fin en sí mismos.  Entonces, debemos cambiar el énfasis.  En vez de centrarnos en construir más y mejores templos como finalidad de la iglesia, debemos concentrarnos en fortalecer y edificar mejores ministerios, que sin duda, requerirán buenas instalaciones para desarrollarlos óptimamente.