Lo he visto antes, con algo de frecuencia, pero más he oído o leído sobre lo que sucede en otros lugares distintos al mío. Cuando la iglesia tiene problemas financieros, los miembros suelen recibir una carta o quizá escucharán una admonición desde el púlpito sobre la necesidad y obligatoriedad de diezmar, de cumplir los compromisos o los mandatos estipulados en la Palabra. La gente suele relajarse en el verano o cuando vacaciona, y se desconecta del mundo, olvidando sus compromisos –o postergándolos- como su contribución monetaria a la iglesia. Muy a menudo es utilizando el siguiente pasaje, todo un clásico dentro de la cristiandad protestante latinoamericana: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado” (Mal. 3:8-9). Mediante este texto implícitamente se nos está llamando ladrones, aunque soy bien pensado ya que creo que no es la intención directa de los líderes o pastores de las iglesias utilizar ese pasaje de esta manera tan vil. Sin embargo, una pregunta directa llama a nuestra puerta: ¿Somos ladrones si no diezmamos? ¿Pecamos si no diezmamos? La iglesia evangélica suele pedir a sus feligreses que diezmen de todos los entradas que ganen. Se considera que el Diezmo es un acción de obediencia y de amor para con Dios, su obra, la iglesia y los pastores. Es evidente que Pablo defiende el sustento de los predicadores en 1 Cor. 9:3-14 (aunque pocos pastores se atreven a seguir el ejemplo paulino del v. 15 y v. 18: “Mas yo, de ninguno de estos derechos he hecho uso. Y no escribo esto para que se haga así conmigo… Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio”. Biblia de Jerusalén) y algunos ven en la tribu de Leví, que no recibieron heredad cuando repartieron la tierra porque se dedicarían a los asuntos del templo en forma exclusiva, una prefigura del pastorado moderno. Desde allí, infieren que el diezmo es válido el día de hoy, diciendo que los pastores son, en cierta manera, levitas modernos, y que diezmar es compulsorio para suplir las necesidades de los ministros de Dios. Sin embargo, ya no estamos bajo maldición si no diezmamos porque Cristo nos redimió de la Ley, pero si lo hacemos, recibiremos grandes bendiciones del Señor. Deliciosas discusiones se dan a nivel teórico sobre si los ingresos deben medirse desde el punto de vista bruto o neto, o si de lo regalado debe diezmarse o si podemos quedarnos con el diezmo temporalmente para entregarlo luego con algo de intereses. Es todo esto, no obstante, un debate superficial. El meollo del asunto, como siempre, pasa por saber cuál es la base bíblica de los que enseñan a diezmar. ¿Podemos encontrar una estructura, una lógica? Los que enseñan que los cristianos tienen que diezmar se pueden clasificar en dos grandes grupos, donde evidentemente existen las posturas intermedias:
1.- Los que dicen que la Ley Mosaica es válida en partes o que sus principios y propósitos están vigentes hasta el día de hoy. 2.- Los que dicen que el diezmo es anterior a la Ley, parte del pacto de Dios con Abraham, y que esta alianza es válida para la iglesia. Siendo demasiado simplistas, el argumento es como sigue: Como Abraham diezmó, y él no estaba bajo la Ley, entonces nosotros también debemos hacerlo porque al igual que él tampoco estamos bajo la Ley.
La primera mención del diezmo en la Biblia está en Génesis 14. La historia cuenta que cuatro reyes le hicieron la guerra a otros cinco (en realidad, pequeños caudillos de pueblos minúsculos) y vencieron, saqueando varias ciudades, entre ellas Sodoma y Gomorra, adjudicándose gran cantidad de bienes y personas entre las que estaba Lot. Cuando se enteró Abraham de esta situación juntó a 318 de sus criados y siguió a los reyes vencedores, derrotándolos y recobrando todo el botín robado. Al volver, entregó el diez por ciento de lo recuperado al sacerdote Melquisedec y devolvió lo demás al rey de Sodoma. Antes de continuar, tengamos presente que el diezmo era una práctica extendida en babilonios, persas y otros pueblos de la zona. Lo primero que me llama la atención del pasaje es que los bienes o “botín”, no eran propiedad de Abraham, sino del monarca de Sodoma, de los otros reyes y de sus súbditos. ¿Qué quiere decir esto? Que Abraham diezmó a Melquisedec de lo que no era suyo, en contraste de nosotros en la actualidad, que diezmamos de lo nuestro, de lo que ganamos con nuestro esfuerzo. Lo segundo que noto es que Abraham lo entregó todo, quedándose sólo con lo necesario para el alimento y una especie de retribución para tres de sus hombres principales, como si fuera una especie de “comisión por recupero”. En oposición, nosotros el día de hoy no entregamos nunca todo. No podríamos, no tendría sentido porque no tendríamos los necesario para vivir. Dadas estas dos observaciones pregunto inmediatamente: ¿Puedo colocar como regla global este evento como sustento de un diezmo pre-mosaico? Pienso que no en definitiva. Este hecho es completamente circunstancial, y que no puede considerarse como base de una regla “universal”. Basta una pregunta para recalcar esto: ¿Qué analogía moderna podemos encontrar para el “botín” del que Abraham diezmó? La segunda mención en la Biblia la encontramos con Jacob (Gen. 28:20-22). Él pasó la noche en Bethel en camino hacia Harán y observa, en sueños, la visión de una escalera de donde los ángeles suben y bajan desde el cielo, y la mañana siguiente, impresionado, se da una escena típica de su carácter: “Dios, si me beneficias y me prosperas, entonces te diezmaré”. Si es que me das lo que quiero, entonces y sólo entonces, te suministraré. Si no me das lo que quiero, entonces no te entregaré nada. En este punto planteo la misma pregunta anterior: ¿Puedo colocar como regla universal este evento como sustento de un diezmo pre-mosaico? Imposible, de aquí no podemos aprender gran cosa, salvo el resalte del estado de la condición humana, que pretende condicionar a Dios de la misma forma que Jacob. Entonces, ¿Tengo una enseñanza categórica, sólida, que puedo exportar a los tiempo modernos desde la era patriarcal, que me dice que debo diezmar por mandato bíblico? La experiencia de Abraham es un caso particular, con detalles no generalizables, y la manipulación de Jacob no debe ni siquiera ser tomada en cuenta. ¿Y qué nos dice la Ley? El diezmo de Moisés era específicamente agrícola y ganadero (Lv. 27:30-32), absolutamente obligatorio, cuyo centro fue el décimo de las semillas y de los frutos de la tierra, sin mención de otras actividades. Si uno lo quería rescatar (unos creen que se refiere a pagar en efectivo, otros al hecho de usar el diezmo hoy y devolverlo tiempo después, opción más probable) tenía que añadir el 20% del valor original. Si se tenía menos de 10 animales, no había la obligación de diezmar. No había redención de animales. Sin embargo, hubo adaptaciones a la ley (Deut. 14:24-26) antes de entrar a la tierra prometida, a punto de pasar de la vida nómada a la vida sedentaria: ya se pudo dar el diezmo en dinero para gastarlo en actitud de regocijo. Se consideraba el diezmo en formato anual, no diezmando el séptimo año. Es importante recalcar que sólo se entregaba el diezmo a los levitas porque ellos no heredaron la tierra y que el diezmo mosaico posee una importante orientación hacia los pobres. ¿Para qué era el diezmo en los tiempos del Antiguo Testamento? 1.- Para sostén de los levitas (Num. 18:21-24 2.- Para ser consumido (redimido) en Jerusalén (Deut. 14:22-26) 3.- Para los menesterosos (Deut. 14:28,29; 26:12-13) Una pregunta inmediata es: Imaginemos que el Diezmo es válido tal como lo estipulaba la Ley. ¿Es para estos propósitos hoy? Si seguimos las instrucciones al pie de la letra, el punto (1) y (2) no podrían ser cumplidos porque ya no hay levitas en la actualidad (en estricto, todos somos sacerdotes hoy en día), y no hay templo en Jerusalén para que pueda ser consumido. Sólo nos queda la tercera opción como la única probable, pero, ¿Va a allí todo? Añado interrogantes quizá insidiosas: ¿El séptimo año, los creyentes tienen una dispensa para no diezmar, como el Israel del Antiguo Testamento? Si alguien gana menos que un mínimo preestablecido, ¿Está exonerado de diezmar? ¿Por qué si utilizan la Ley para argumentar no se toma completa, sino sólo las partes que más nos convienen? Vamos al Nuevo Testamento. En ninguna de las cuatro veces que el diezmo aparece (Mt. 23:23, Lc. 11:42; 18:12; Heb. 7:2-9) se nos enseña a guiarnos por esa medida. Al pensar sobre este tema siempre me viene a la mente: ¿Qué porcentaje del dinero que entra mensualmente a las iglesias se da para ayudar a los pobres, asistir a los ancianos, en medicina para los enfermos, en proyectos solidarios, cuánto va a parar a hogares de niños, cuánto se destina para paliar el hambre? Mejor no me sigo preguntando ni me respondo, pues la tristeza se acrecienta Por otro lado Algunas personas están muy confundidas cuando leen Hebreos 7:8 “Y aquí ciertamente reciben los diezmos hombres mortales; pero allí, uno de quien se da testimonio de que vive”, porque piensan que aquellos “hombres mortales” de quien se está hablando son ministros de la iglesia cristiana, concluyendo inmediatamente que en la iglesia primitiva se cobraba el diezmo, cuando el autor de los Hebreos se refiere a los levitas hebreos que aún recibían el diezmo mosaico en los tiempos en que se escribió la carta. Ahora bien Jesús no pidió diezmos (porque sabía que no podía hacerlo porque era de la tribu de Judá). Juan el Bautista, levita, tampoco, y mucho menos Pablo (que era benjamita) ni ningún otro apóstol. Se nos dice, además, que “cualquiera que guarda toda la ley pero ofende en un solo punto se ha hecho culpable de todo” (Sgo. 2:10) por lo que no podemos escoger qué parte de la ley tomar como verdadera y qué parte rechazar. Además, la ley ya no es válida (Heb. 8:13; Gal. 4:21-26; 2 Cor. 3:4-18) por lo que normas como el seguir el sábado, y el diezmo, ya no están vigentes. La iglesia primitiva parece que entendió claramente el mensaje, porque ellos nunca diezmaban y se mantenía con contribuciones voluntarias. Por lo tanto, ¡No tengo que diezmar! ¿Esto implica que no debemos dar nada? No, porque hay una nueva manera de dar: el modelo de Cristo que se concedió completamente y sin reservas, hasta la muerte. ¿Nos entregamos como Él? ¿Damos como Él, que ofreció su vida completa? En Hechos se ve hasta qué nivel era la entrega de los conversos (los primeros capítulos son categóricos). ¿Para qué daban sus ofrendas? Santiago dijo que “la religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo” (Sgo. 1:27). Episkeptomai (visitar) no es simplemente ir y observar. Para entender mejor lo que implica leamos el contexto de Mt. 25:36,43 y la solución del conflicto de las viudas en Hch. 6:1-7. Por ello la Versión Popular traduce la palabra como ayudar”. Adicionalmente no hay que olvidar que los creyentes que pueden llegar a estar dedicados a tiempo completo merecen ser sostenidos (1 Cor. 9:9; 1 Tim. 5:17-18). ¿Por qué se pide el diezmo hoy en día?. La iglesia el día de hoy posee un clero profesional, un templo físico, un personal que lo administra y, cohesionando todo, una organización que la cobija. Esto implica costos a veces altos: el salario de los pastores, del conserje de la iglesia, de los vigilantes, las secretarias, los contadores, los administradores, el alquiler del local (o el pago del préstamo del mismo), los servicios básicos (luz, agua, teléfono, gas, Internet), útiles de oficina, material de enseñanza, y un largo etcétera. Debo costear lo que mis paradigmas cuestan. ¿Cómo pagar eso? Debo asegurar la consistencia en el tiempo del flujo económico que recibo. ¿Cómo hago esto? Sugiriendo la obligatoreidad de una porción de los ingresos de los miembros de las iglesias. De allí la necesidad del diezmo, aunque no sea válido. La presión, debe decirse, es fuerte. Sin embargo, si el paradigma de la autoridad y el paradigma del edificio desaparecen, ¿hay presión económica para la comunidad? No la habría, se elimina una carga grande y onerosa. En paz, haríamos como Pablo, que nunca dijo que estaban los creyentes robando a Dios, como nos dicen ahora, sino que más bien habla del dador alegre y que cada uno dé como propuso (2 Cor. 9:6-15), o sea, no hay una regla de cantidad de nuestro “dar”. Dado esto, las comunidades que siguen los patrones de la iglesia emergente deben eliminar la exigencia del diezmo, recibir las contribuciones voluntarias que Dios puso en el corazón de sus miembros sin topes o márgenes en sus entregas, incentivando la bendición del dar en contraste del castigo veterotestamentario, y ayudar a los necesitados.
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“Malicia en el país de las Teologías” : El diezmo
He aquí otro capítulo de Malicia en el país de las Teologías. Me sigue impresionando este viaje por esta tierra, no esperaba encontrarme con este tema tanpronto pero de todos modos allí está. Entremos al territorio del diezmo en la iglesia. Aprecio las ideas de Rafa Pérez por este artículo.
Pocos temas generan tanta controversia, dentro y fuera de la iglesia, como el diezmo. Que es un fraude, dicen algunos; que es la clave para entrar en una vida de prosperidad, aseguran los otros. Me propongo en este artículo analizar el tema, pero no solo responder a la cuestión de que si debería ser el diezmo una práctica de la iglesia, sino también analizar uno de los problemas que encierra la práctica de dar el 10% de nuestros ingresos a la iglesia local: el diezmo puede llegar a atar las manos de los creyentes y volverlos insensibles ante las necesidades que están a su alrededor.
Realmente, el diezmo es un tema oscuro dentro del cristianismo, y la evidencia de que dar el 10% de los ingresos fuera una práctica de los primeros creyentes es de por sí muy escasa en el Nuevo Testamento. De todos modos, es común en nuestros días tomar estructuras, modelos y ejemplos del Antiguo Testamento, especialmente del período monárquico de Israel, y extrapolarlas a la iglesia. Así, encontramos paralelismos forzados entre el sacerdocio aarónico y el ministerio pastoral o entre el templo de Salomón y nuestros actuales lugares de reunión. No es de extrañar el hecho de que si para algunos el pastor es equivalente al sacerdote —atropellando el sacerdocio de todos los creyentes— y los lugares de reunión actuales equivalentes (en cuanto a su uso, su reverencia y los recursos que consumen) a los mega-templos de Israel —obviando el hecho de que ya Dios no habita en templos hechos por manos de hombres—, se argumente la necesidad de dar el 10% legal para mantener los engranajes del sistema pseudo-sacerdotal funcionando.
Dígase también, que ni siquiera aquello de colectar una ofrenda semanal era una práctica como tal dentro de las primeras iglesias, sino más bien un recurso que utilizó cierta vez el apóstol Pablo para que una iglesia levantara una ofrenda determinada para otra congregación necesitada antes de que él llegara, con el fin de evitar recolectar dinero durante su visita. Fue un caso acaecido una vez, pero que comúnmente se toma como ley universal.
Uno de los peligros más grandes del diezmo no es que alguien se lo robe, como en efecto puede suceder, sino que en un intento de centralizar la ayuda este fomenta el desentendimiento. Cuando la única responsabilidad del creyente es depositar en un sobre mensualmente el 10% de sus ingresos entonces el 100% de la responsabilidad de ayudar a los necesitados recae sobre una sola persona, o como mucho, sobre los elegidos para administrar los ingresos. Aquella lastimosa queja de que el pastor o la iglesia no están haciendo encuentra uno de sus más fuertes sustentos en el supuesto de que por ser él el administrador del dinero de la iglesia está obligado a resolver todos los problemas de toda la congregación.
Para entender el funcionamiento del diezmo en nuestros días, en base a moneda —originalmente, se diezmaba en animales, alimentos y especias—, hay que entender cómo funciona el dinero y cuál es su utilidad. El dinero, económicamente hablando, no es más que una mercancía con valor universal. Este tiene dos utilidades básicas: transportar la riqueza y preservar el valor de la misma. Si un agricultor deseaba moverse de una ciudad a otra no podía llevar con él su producción agrícola, pero si la vendía, convirtiéndola en la mercancía de valor universal (dinero), sí podía hacerlo. Por otro lado, a menos que se convierta en dinero, no es posible ahorrar el excedente de la cosecha, pues de pudre.
Mirándolo así, aunque el caso parezca un poco exagerando, sería muy saludable que en vez de dar en metálico diéramos en víveres, carnes, pan, o legumbres, pues obligaría al administrador a repartir inmediatamente entre los necesitados todo lo recolectado, para que no se desperdicie. Ya que el dinero diezmado puede ser almacenado infinitamente, tenemos casos donde la cuenta de ahorros de la congregación crece desmedidamente mientras sus miembros padecen hambre y viven en condiciones precarias.
Pienso que las razones expuestas son algunas de las causas principales de que el diezmo (especialmente en dinero) no aparezca documentado en las escrituras como una práctica de la iglesia: los primeros creyentes no tenían lugares de reunión lujosos ni con tan altos costos de mantenimiento, como nosotros —los primeros templos cristianos datan de después del 300 d.C., y no fueron construidos por los creyentes, sino que los recibieron como regalos. La iglesia primitiva se reunía, principalmente, en las casas y lugares públicos—; no existía la imagen de un pastor-sacerdote que se mantenía de las entradas de la iglesia local; y por último, los creyentes compartían sus posesiones para suplirse entre ellos mismos sus necesidades: los unos a los otros. (No son estos casos exhaustivos, pues sí existe testimonio de que en determinados lugares los hermanos vendían todos sus bienes y ponían el dinero en un fondo común que al parecer era administrado por los apóstoles, pero ni siquiera este es un argumento para demostrar la vigencia del diezmo, sino un ejemplo para nosotros de un desprendimiento aún más grande: darlo todo por amor al reino.)
La iglesia es un cuerpo dinámico donde todos los miembros deberían poder interactuar para suplirse unos a otros sus necesidades (alimenticias, emocionales, espirituales). Lamentablemente, el diezmo convierte en una actividad impersonal, sustentada en dinero, aquellos «unos a los otros» que mencionan las escrituras en innumerables ocasiones. Como la misericordia está centralizada, la responsabilidad del 99% de los creyentes se limita a depositar su aporte en una caja y sentarse de brazos cruzados a esperar que alguien administre adecuadamente los recursos y haga aquel trabajo que él debería estar haciendo. En el mismo momento en que da su 10% deja de sentirse responsable, se vuelve indiferente y como mucho se limita a criticar el sistema con aquel lastimoso: la iglesia debería estar haciendo. Diezmar es una labor estática, ofrendar para suplir las necesidades de la iglesia un deber dinámico. Cuando se diezma se cierran los ojos, cuando se ofrenda con sentido, se está atento a las necesidades del prójimo.
Todo debe ser dicho, y es cierto que el diezmo puede llegar a tener algún tipo de utilidad (como una buena práctica, claro está, y no como una obligación legal para la iglesia). Puedo citar por lo menos dos casos por los cuales me parece útil: establece un hábito de dar y evita enfrentar el temor al rechazo.
Ya ha habido algunos que impulsados por la avaricia y la tacañería se han constituido en exegetas solo por no desprenderse de un centavo de su dinero. Para ellos, creo que el diezmo está muy bien, pues si algo tenía este sistema judío era sabiduría —en los asuntos de dinero los israelitas siempre se han destacado—, dar en base a porcentaje, y no un monto fijo, asegura que todos colaboren proporcionalmente: el que más gana más aporta. Estos, intentado demostrar la falsedad del diezmo, o su dureza, solo alcanzan a demostrar la dureza de su corazón y la falsedad de su fe. Aquel que se recuesta en la hermenéutica para evitar ayudar a su hermano no es solo un falso maestro, sino un ladrón, pues aún lo que tiene no es suyo, sino de Dios. Cuando la avaricia está presente, la hermenéutica se convierte en el camino más corto hacia la mezquindad.
Por otro lado, uno de los dilemas de la misericordia está en que para hacerla, es necesario vencer el temor al rechazo. No todo el que está —o parece estar— en necesidad desea ser ayudado, ya sea por orgullo o por simple vergüenza. Mucha gente que podría estar dando no lo hace por temor a recibir un no por respuesta. Así, prefieren contribuir a un fondo común, donde el necesitado pueda acudir discretamente a satisfacer su necesidad, que ir directamente a intervenir en la solución. Lo mejor sería que en una comunidad de amor, como la iglesia, no existieran este tipo de barreras, pero tampoco debemos dejar que el idealismo nos ciegue ante la posibilidad de ayudar, entre no dar nada o diezmar es mejor diezmar. Aunque no sea una ley y la evidencia de su práctica se escasa, hambre es hambre y pan es pan.
Termino este artículo recordando que la condición natural del hombre caído no es desprenderse, sino acaparar. Aunque sea muy difícil establecer el diezmo como una ley para la iglesia me parece que es una buena práctica y sumamente útil en determinadas ocasiones, principalmente para inculcarnos el hábito de dar. Pero no nos limitemos a dar el 10% de nuestro dinero, sino, mejor pongámoslos como meta dar eso y mucho más.
Una opción interesante para aquellos que no tiene la costumbre, sería iniciar aportando el 5% de sus ingresos para suplir las necesidades de la iglesia —entiéndase por iglesia la comunidad de los santos, no la infraestructura—, ya sea diezmando o supliendo directamente, a medida que Dios les prospere podrían ir aumentando este porcentaje. Sobre todo, estemos atentos a las necesidades de nuestros hermanos, no esperemos que venga alguien a suplir cuando la solución está al alcance de nuestras manos.