Hemos hablado de la salud financiera integral. Y hemos venido desarrollando los conceptos basados en principio o leyes universales que funcionan en el mundo espiritual. Comenzamos nuestro viaje con la ley de la administración sabia, y discutimos los principios en Mateo 25:14-30. Luego reflexionamos en la ley del contentamiento y observamos cómo se desarrolla en Filipenses 4:10-20. La tercera ley que vimos es la ley de la siembra y la cosecha en Gálatas 6:1-10. La cuarta ley que hemos observado es la ley de la multiplicación en donde analizamos el milagro de Jesús en cuanto a la multiplicación de los panes. La quinta ley que hemos estudiado es la ley del endeudamiento, basada en 2 Reyes 4:1-7. El domingo pasado hablamos de la ley de la prosperidad y cómo manejar el equilibrio cuando Dios nos da riquezas, analizamos Mateo 6: 19-21. Este penúltimo domingo de esta serie estaremos evaluando la ley de la inversión. Para reflexionar sobre este tema tomaremos el 1 Libro de Samuel 9:10-10:1.
Un hombre se estaba muriendo, y decidió quitarse la vida ahogándose en el mar. Se introdujo en las aguas furiosas y cuando ya estaba en lo profundo, se arrepintió de la decisión que había tomado. Y comenzó a nadar de regreso, al verse afligido y al evaluar que no podría retornar a la orilla ya que estaba demasiado lejos, decidió encomendarse a Dios y hacer un pacto con él. Le oró fuertemente mientras nadaba, en su oración le dijo: “Te voy a dar el 100% de mis ganancias, y lo repetía cada vez más pues sentía que no lograría nadar más, poco a poco fue avanzando, y se iba acercando a la ribera del mar, cuando ya veía un poco más cerca, le dijo que le daría el 80% de sus ganancias, y siguió nadando. Pero sentía que le faltaban fuerzas, sin embargo percibió que cada vez esta más cerca del suelo seguro, así que le dijo que le daría el 60%, cuando vio que ya casi tocaba fondo, le dijo a Dios que le daría el 40% de sus ganancias si le mantenía las fuerzas para salvarse. De pronto pudo tocar el fondo, pero aún estaba oscuro, así que le dijo que si lo guiaba le daría el 25% de sus ganancias. Al fin! Llegó a la orilla, respiró y descansó, finalmente dijo a Dios que le daría el 10% ya que eso era lo que le decía la biblia, y ultimadamente el que lo había metido en su depresión había sido ¡el mismo Dios! Cuántos de nosotros somos como ese hombre, al vernos en dificultades pactamos con Dios pero una vez salimos de la crisis nos olvidamos de cumplir nuestra promesa y la justificamos ampliamente. Viene a mi mente que hoy está muy de moda el concepto de pactar con Dios. Sobre todo en el campo económico y financiero. En la televisión vemos cantidades de “gurús” que nos dan la fórmula de pactar para salir de los problemas financieros. Sin embargo a pesar de que está tan trillada la palabrita, es importante saber que si podemos tener una relación de pacto con Dios sobre todo en los aspectos financieros, pero no como lo acostumbra el medio evangélico de hoy sino como la biblia lo enseña. Este pasaje nos habla de los inicios de Saúl en su ministerio como Rey. Es un tiempo en que está aprendiendo a conocer a Dios y a saber cómo relacionarse con Él. Veamos lo que dice el pasaje en mención:
“Y HABIA un varón de Benjamín, hombre valeroso, el cual se llamaba Cis, hijo de Abiel, hijo de Seor, hijo de Bechôra, hijo de Aphia, hijo de un hombre de Benjamín.2 Y tenía él un hijo que se llamaba Saúl, mancebo y hermoso, que entre los hijos de Israel no había otro más hermoso que él; del hombro arriba sobrepujaba á cualquiera del pueblo.3 Y habíanse perdido las asnas de Cis, padre de Saúl; por lo que dijo Cis á Saúl su hijo: Toma ahora contigo alguno de los criados, y levántate, y ve á buscar las asnas. 4 Y él pasó al monte de Ephraim, y de allí á la tierra de Salisa, y no las hallaron. Pasaron luego por la tierra de Saalim, y tampoco. Después pasaron por la tierra de Benjamín, y no las encontraron. 5 Y cuando vinieron á la tierra de Suph, Saúl dijo á su criado que tenía consigo: Ven, volvámonos; porque quizá mi padre, dejado el cuidado de las asnas, estará congojado por nosotros 6 Y él le respondió: He aquí ahora hay en esta ciudad un hombre de Dios, que es varón insigne: todas las cosas que él dijere, sin duda vendrán. Vamos pues allá: quizá nos enseñará nuestro camino por donde hayamos de ir. 7 Y Saúl respondió á su criado: Vamos ahora: ¿mas qué llevaremos al varón? Porque el pan de nuestras alforjas se ha acabado, y no tenemos qué presentar al varón de Dios: ¿qué tenemos? 8 Entonces tornó el criado á responder á Saúl, diciendo: He aquí se halla en mi mano la cuarta parte de un siclo de plata: esto daré al varón de Dios, porque nos declare nuestro camino. 9 (Antiguamente en Israel cualquiera que iba á consultar á Dios, decía así: Venid y vamos hasta el vidente: porque el que ahora se llama profeta, antiguamente era llamado vidente). 10 Dijo entonces Saúl á su criado: Bien dices; ea pues, vamos. Y fueron á la ciudad donde estaba el varón de Dios. 11 Y cuando subían por la cuesta de la ciudad, hallaron unas mozas que salían por agua, á las cuales dijeron: ¿Está en este lugar el vidente? 12 Y ellas respondiéndoles, dijeron: Sí; helo aquí delante de ti: date pues priesa, porque hoy ha venido á la ciudad en atención á que el pueblo tiene hoy sacrificio en el alto. 13 Y cuando entrareis en la ciudad, le encontraréis luego, antes que suba al alto á comer; pues el pueblo no comerá hasta que él haya venido, por cuanto él haya de bendecir el sacrificio, y después comerán los convidados. Subid pues ahora, porque ahora le hallaréis. 14 Ellos entonces subieron á la ciudad; y cuando en medio de la ciudad estuvieron, he aquí Samuel que delante de ellos salía para subir al alto. 15 Y un día antes que Saúl viniese, Jehová había revelado al oído de Samuel, diciendo: 16 Mañana á esta misma hora yo enviaré á ti un varón de la tierra de Benjamín, al cual ungirás por príncipe sobre mi pueblo Israel, y salvará mi pueblo de mano de los Filisteos: pues yo he mirado á mi pueblo, porque su clamor ha llegado hasta mí.
17 Y luego que Samuel vio á Saúl, Jehová le dijo: He aquí éste es el varón del cual te hablé; éste señoreará á mi pueblo. 18 Y llegando Saúl á Samuel en medio de la puerta, díjole: Ruégote que me enseñes dónde está la casa del vidente. 19 Y Samuel respondió á Saúl, y dijo: Yo soy el vidente: sube delante de mí al alto, y comed hoy conmigo, y por la mañana te despacharé, y te descubriré todo lo que está en tu corazón. 20 Y de las asnas que se te perdieron hoy ha tres días, pierde cuidado de ellas, porque se han hallado. Mas ¿por quién es todo el deseo de Israel, sino por ti y por toda la casa de tu padre? 21 Y Saúl respondió, y dijo: ¿No soy yo hijo de Benjamín, de las más pequeñas tribus de Israel? y mi familia ¿no es la más pequeña de todas las familias de la tribu de Benjamín? ¿por qué pues me has dicho cosa semejante? 22 Y trabando Samuel de Saúl y de su criado, metiólos en la sala, y dióles lugar á la cabecera de los convidados, que eran como unos treinta hombres. 23 Y dijo Samuel al cocinero: Trae acá la porción que te dí, la cual te dije que guardases aparte. 24 Entonces alzó el cocinero una espaldilla, con lo que estaba sobre ella, y púsola delante de Saúl. Y Samuel dijo: He aquí lo que estaba reservado: ponlo delante de ti, y come; porque de industria se guardó para ti, cuando dije: Yo he convidado al pueblo. Y Saúl comió aquel día con Samuel. 25 Y cuando hubieron descendido de lo alto á la ciudad, él habló con Saúl en el terrado. 26 Y al otro día madrugaron: y como al apuntar del alba, Samuel llamó á Saúl, que estaba en el terrado; y dijo: Levántate, para que te despache. Levantóse luego Saúl, y salieron fuera ambos, él y Samuel. 27 Y descendiendo ellos al cabo de la ciudad, dijo Samuel á Saúl: Di al mozo que vaya delante, (y adelantóse el mozo); mas espera tú un poco para que te declare palabra de Dios.
Veamos cómo funciona la ley de la inversión en este pasaje.