III.    En tercer lugar DIOS SE ARRIESGA CON EL QUE SE ARRIESGA  ( 14:28 al 33)

Ahora debemos entender que estamos hablando de una fe que se arriesga, y Dios también corre un gran riesgo con nosotros, pero él está decidido a terminar con nosotros lo que ha empezado. Quiero que veamos en esta parte porque Jesús se arriesga con los discípulos y  con Pedro. Simplemente porque el verá un crecimiento de la fe por etapas, pero en ascenso. Eso es lo que nos debe motivar a seguir adelante aunque nos estemos hundiendo.

A. Veamos en primer lugar la FE FRÁGIL. Esta fe es eventual, y emocionante. Son esos momentos en que pareciéramos que hemos agrandado nuestro corazón de tal manera que le creemos todo a Dios. Note que dice el pasaje: “Entonces Pedro le respondió y dijo: “si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. Ahora el condicional traducido aquí como “si” es un condicional que se debe traducir “ya que eres tú”. Implica que Pedro no dudaba que era Jesús. No dudo mucho que Pedro se aventurara a ahogarse si no estaba convencido de que era Jesús. No hay pensamiento, sólo hay reacción. Está reacción de una emoción, de una intención, pero allí está. Son los primeros pasos, pero son pasos importantes. ¿Cuál era el propósito de Pedro caminara en el agua? Lo desconozco, pero pienso que deseaba experimentar lo que su maestro estaba haciendo. Las fuertes tempestades suelen ser la presión del Espíritu Santo para llevarnos hacia afuera, hacia otras áreas de poder donde quiere manifestarse. Cuando  Jesús les habló, diciendo: “tened ánimo; Yo Soy, no temáis! (Mateo  14:27). De inmediato Pedro reconoció aquella voz. Este no era un fantasma, sino ¡su Señor, el Omnipotente! Su Maestro les había encontrado en ese lago tempestuoso, porque conocía los detalles íntimos de su desesperada lucha contra la naturaleza. Todos hemos sido mal entendidos, o tal vez nadie se  ha tomado el tiempo necesario para averiguar nuestra versión de la historia. No podemos contarle las luchas privadas a quienes son ligeros para juzgar, no han sentido el poder de nuestras tentaciones, o nunca han sido quemados con las frustraciones de nuestros deseos insatisfechos. Sin embargo, hay uno que sabe, comprende, y ama a su pueblo. El Señor, que es omnisciente, nos ve mientras nuestra barca es abatida por las tormentas de la vida. Un amigo que nos conoce, pero que no tiene poder para ayudarnos, es un consolador limitado. Cristo, sin embargo, tiene no sólo el conocimiento, sino el poder, es decir, la habilidad de intervenir en los momentos cruciales, cuando estamos a punto de darnos por vencidos. Según las leyes naturales, Jesús no podía caminar sobre el agua. Una ley de la física dice: “La fuerza de flotación ejercida por un líquido es igual al peso del agua desplazada”. Esto simplemente significa que el agua cargará un objeto sólo de acuerdo a la medida del peso del agua que ha sido desplazada por ese elemento. Jesús debía haberse hundido hasta los hombros, quedando finalmente tan impotente frente a la tormenta, como los discípulos. Pero El es Dios, Señor sobre las fuerzas de la naturaleza, y la ley de la gravedad. El caminó sobre las aguas tormentosas de Galilea con la confianza de quien camina sobre un piso de mármol. Este era el Cristo que le había ordenado a los peces venir nadando hacia la red, y transformado el agua en vino. Ahora, las olas y los vientos estaban bajo sus órdenes. Pedro vio al Cristo triunfante, a Aquél cuyo poder había sido desplegado durante la creación del universo. Cuando enfrentamos la tentación, las frustraciones de una mala salud, o el  desmoronamiento de los bien diseñados planes, nuestra primera y más grande necesidad es siempre la de tener una nueva visión de Cristo. En un momento así hay esperanza, aunque estemos desesperados. Cristo debe tornarse tan real para nosotros, como la tormenta misma. Pero muchas veces esa fe reactiva, desaparece tan pronto como aparece.

B. En segundo lugar vemos una fe FLUCTUANTE.  Si hubiéramos estado dentro de la barca, nos habríamos  contentado sabiendo que por fin Cristo estaba llegando para ayudarnos. Pero Pedro vio esto como una maravillosa oportunidad. Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor; si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús (Mateo  14:28-29). Aunque Pedro era impetuoso, y frente a la vida frecuentemente reaccionaba con impulsos, en lugar de hacerlo con acciones bien pensadas, debemos darle el crédito por haber aprovechado esta oportunidad No saltó al agua presumiendo y diciendo “¡Señor, ahí voy, sálvame ” No, él solicitó el permiso a Cristo Señor, SI eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.  Es claro que Cristo se sintió complacido por la solicitud y le respondió con una sencilla palabra “Ven” Este no fue un truco orquestado para que Pedro pudiera hacer su heroica marcha delante de los compañeros Pedro hizo esta solicitud porque amaba a Cristo, y no quería esperar para estar cerca a Él Estaba demasiado impaciente para esperar que Cristo viniera al barco, y tenía que reunirse con el Maestro en el camino.  Durante un breve momento, ¡Pedro realmente estuvo caminando sobre el agua con Cristo.  SI hubiéramos tenido una cámara de video habíamos visto a dos personas desafiando la ley de la gravedad, dos individuos participando en un milagro Hasta donde nosotros sabemos, a través de la historia, sólo dos personas han caminado sobre el agua, Cristo y Pedro (como dice el dicho todos los demás que han afirmado haberlo hecho, solo saben donde están ubicadas las rocas) SI Pedro se hubiera mantenido tranquilo mirando a Jesús, habría caminado hasta encontrarse con su Maestro. Cristo tomó las olas y las convirtió en piedras bajo los pies de Pedro ¿Por qué con frecuencia nos encontramos en tormentas? ¿Por qué las pruebas de la vida son tan persistentes, e implacables? 30 años más tarde, Pedro escribió “En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo… (1 P. 1:6-7). Nuestra fe es preciosa para Dios. Es sólo en medio de una prueba que la fe puede llegar a su máxima expresión. Las tormentas mantienen nuestros ojos fijos en Jesús. Pero, al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! (Mateo 14:30). ¿Qué hizo que Pedro se distrajera? ¿Por qué dejó de mirar a Cristo? El verbo para mirar es “blepei” que implica una visión muy superficial. El tuvo un momento de conciencia; la sensación de que estaba haciendo algo que bajo condiciones normales era imposible. Sabía que el viento y las olas eran más poderosos que él; sabía que no tenía el poder para someter la fuerza impredecible de la naturaleza, pero a pesar de todo, por ese breve momento estuvo allí caminando sobre el agua con su Maestro. Pero la presión del viento y el ruido de las olas le distrajeron, y al voltearse a enfrentarlas, inmediatamente comenzó a hundirse. En un instante se dio cuenta de que era tan impotente cómo lo creía. Fracasó porque dejó de mirar a Jesús. Hay un lugar para las oraciones largas, y ciertamente debemos pasar mucho tiempo orando en privado y en público. Pero esta era una de esas ocasiones cuando sólo se podía hacer una oración corta. Desesperado, Pedro gritó: ¡Señor, sálvame! Y estas dos sencillas palabras captaron la atención e intervención de Cristo. El Maestro extendiendo su mano misericordiosa levantó a Pedro del agua. ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? (Mateo 14:31). Con frecuencia, Pedro ha sido criticado por su falta de fe. Pero debemos elogiarle por asumir el riesgo de caminar sobre el agua. El podía haberse quedado en la relativa seguridad de la barca con los demás discípulos. Algunas personas no han fracasado, sencillamente porque nunca han intentado algo significativo. Aquellos que en ningún momento se han salido de la barca, no deberían criticar a quienes sí lo han hecho. Pienso que un! Pedro creyente y mojado, es mejor que un Tomás seco e incrédulo!” Por supuesto, como un elogio para Pedro, él intentó lo imposible sólo porque escuchó la orden de Cristo: Ven. Sin tal instrucción explícita, saltar del bote hubiera sido una locura y un suicidio. También, asumió el riesgo solo, pues si hubiera sido un fantasma el que venía, y no el Señor, solamente él habría sufrido las consecuencias.

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