Reflexiones sobre el aniversario de una Iglesia


Bueno estos días no he escrito. ¿La razón? Altamente desanimado. El jueves 22 estuve en un desayuno con cuatro hombres siervos de Dios y de bastante trascendencia en el evangelio de este país, El Salvador. Tengo respeto por ellos, sé que han luchado a su manera, y han hecho todo por amor a la obra de Dios. Cuando los escucho, doy gracias a Dios por sus ministerios, y por lo que hicieron por Cristo. (Y pienso que seguirán haciendo). Se les sentó en la plataforma y se le hicieron preguntas sobre sus ministerios, carreras, familias, retos. Pienso que dejaron entrever su preocupación por las siguientes generaciones. Entre todos ellos sumaban 212 años de ministerio. Sólo uno de ellos aseguró tener 80 años de ministerio. Sin embargo salí con una sensación bastante incómoda. En realidad me sentí un poco después, algo desanimado. Pienso que fue excelente poder celebrarles a estos hermanos su servicio. Ellos fueron reconocidos dentro del marco del aniversario de la Iglesia a la que tuvieron el privilegio de servir e iniciar. Pero una vez más me quedé pensando en términos de celebración de aniversarios no salimos del aspecto muy peculiar de las iglesias latinoamericanas. Las celebraciones de aniversarios de las iglesias y organizaciones son actividades muy regulares en las iglesias evangélicas.  Es común escuchar de congregaciones o misiones que celebran su aniversario número 15 o 20 como congregación y hacen una gran fiesta. Lamentablemente, no pueden ver la tristeza que deberían tener por no haber llegado a ser constituidos como Iglesia en tantos años.  Nuestra tendencia es celebrar el pasado y no ver ni el presente y mucho menos hacia al futuro.  Siempre que celebramos el aniversario, nuestro énfasis fue en cómo se inicio la iglesia, quienes la fundaron, cuáles fueron los obstáculos, etc. Pero difícilmente se pregunta a la luz de ese pasado ¿cómo está la iglesia hoy? Esta pregunta es dolorosa debido a que se puede disfrazar la respuesta o no se contesta con la sinceridad cristiana que merece. Por eso nuestros aniversarios son un refugio a lo que fue, a los hombres que estuvieron y a rendirle un tributo por lo que dejaron. (Y esto no es malo que conste). Muchas veces el presente de nuestras iglesias deja mucho que desear de lo que se ve en el pasado, por eso es más  lindo y satisfactorio quedarse en los logros de ayer. ¿Si la pregunta como estamos hoy? Es incómoda mucho más será en la celebración de un aniversario ¿cómo estaremos mañana? Es decir  el futuro no es tema de discusión en muchas iglesias; sobre todo el futuro a largo plazo.  La reflexión y planeación de muchas Iglesias sólo llega hasta el futuro inmediato: la próxima semana, el próximo mes, y en el mejor de los casos, el próximo año. Muy pocas iglesias tienen una estrategia bien definida para afrontar el futuro y avanzar el reino de Dios. El pasado es importante porque aprendemos de los aciertos y sin sabores de otros, encontramos identidad en nuestra historia y nos animamos a seguir adelante.  Pero para avanzar el reino, nunca será suficiente con celebrar el pasado sin soñar con el futuro. Lo que fue, puede ser todavía mejor.  Lo que ha sido, tiene que avanzar y florecer.  Si queremos una iglesia diferente tenemos que cambiar esta tendencia de deleitarse sólo en el pasado.  Tenemos que comenzar a soñar, planear y actuar para que las siguientes generaciones reciban una iglesia evangélica mucho más sólida y fortalecida.

Por otro lado cuando se piensa en términos del futuro, sobre todo al celebrar aniversarios,  se piensa en mantener en lugar de alcanzar. La preocupación de muchas iglesias es mantener a los que ya están. Esto, por supuesto, no está mal.  El problema empieza cuando los líderes no sueñan con los que podrían alcanzar, sino se conforman con mantener a los que ya están. Casi siempre las decisiones se toman con base en la comodidad y preferencias de los que ya son creyentes, sin desafiarlos a esforzarse a ser “todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles” (1 Co 9:22 NVI).  Se habla de evangelizar y de alcanzar al perdido, pero no somos capaces de cambiar nuestras cómodas costumbres con tal de acercarnos al que necesita de Cristo. No estoy sugiriendo que no evangelizamos.  Por supuesto que sí lo hacemos.  El problema está en que consideramos el evangelismo como algo más que hacemos en la iglesia, en vez de ser una actitud  que se refleje en todo lo que hacemos. Esta realidad es evidente en el descontento que producen algunos intentos de ser más sensibles con los invitados. Si proyectamos la letra de los cantos en la pantalla como una cortesía para todos los invitados que no tienen himnarios, algunos creyentes se muestran descontentos porque dicen que está mal ajustarse a los incrédulos.  Dicen: “Si quieren ser cristianos, tienen que ser como nosotros y hacer lo que nosotros hacemos”.  Algunos creyentes encuentran ofensiva la solicitud de ceder su asiento para algún invitado. Estacionamos nuestro automóvil en el lugar más cercano al edificio, en lugar de dejar ese lugar para algún invitado. Los sermones se preparan pensando sólo en los de casa y hablamos usando el “código” evangélico que sólo los de adentro comprenden. En fin, no sabemos ser anfitriones porque tenemos la mentalidad de que la iglesia es como un club para “santos”.  Nos interesa mantener el status quo del club; los pecadores vendrían a estropear nuestro club y sus prácticas tradicionales. Necesitamos romper con este falso concepto de lo que es la Iglesia.  La Iglesia es la estrategia de Dios para alcanzar al mundo.  Debemos ser una comunidad que atraiga a los pecadores, que reciba a los que necesitan al Señor; una comunidad que se esfuerza por compartir, con sus palabras, acciones y actitudes, las mejores noticias jamás conocidas: el Evangelio.

Otra cosa que veo cuando celebramos aniversarios  es que para  muchos evangélicos es de suma importancia conservar la tradición ministerial recibida del pasado.  De acuerdo con esta mentalidad, lo que se ha hecho en el pasado se vuelve la norma para definir lo que se puede o debe hacer en el ministerio presente.  Esto fue en realidad lo que me dejó una sensación de inquietud cuando estuve en la reunión que mencioné al inicio. Estos hombres de Dios se refirieron al futuro nuestro (es decir a la generación que estábamos sentados oyendo) en términos de lo que ellos vivieron en el pasado. Que fue excelente y bueno, pero que creo que ahora se deben buscar otras fórmulas. Esto es debido a que como evangélicos tenemos la tendencia a que el tiempo y la repetición van dejando la idea de que las prácticas ministeriales tradicionales son necesariamente la única manera aprobada por Dios para realizar el trabajo de la Iglesia. Toda propuesta que atente contra la tradición ministerial del pasado es considerada liberal, peligrosa y fuera del orden evangélico. No cabe duda que la tradición es importante porque nos conecta con los santos del pasado, provee el sentido histórico de nuestra identidad y es un freno amigable para nuestras tendencias extremosas.  Sin embargo, la tradición simplemente es una manera en la que la Iglesia ministró en un contexto cultural particular, en cierta época de la historia, atendiendo necesidades y personas específicas.  No necesariamente es la única manera endosada por Dios para el ministerio. Por lo tanto, es necesario considerar el contexto cultural, social, político y religioso en el que ministramos para determinar cómo la herencia del pasado nos ayuda o nos distrae para servir en las circunstancias actuales.  No se trata de rechazar del todo la tradición, sino evaluarla y ajustarla al entorno presente para poder ser relevantes en nuestra cultura. Cómo seremos relevantes con nuestro ministerio femenil, por ejemplo, en una cultura urbana donde las mujeres forman parte activa de la fuerza laboral y tienen horarios tan variados. Cómo alcanzaremos con el evangelio a una juventud que está creciendo en la era del ciberespacio y multimedia. Cómo ministraremos en una época en la que la familia compuesta por papá, mamá e hijos es una especie en extinción. Cómo seremos relevantes a estas nuevas condiciones de ministerio. La tradición es muy buena, pero nunca olvidemos que somos llamados a ministrar relevantemente en un contexto diferente.  Los propósitos bíblicos para el ministerio nunca cambian, no obstante, las estrategias específicas para lograrlos pueden variar de cultura en cultura, de lugar en lugar y de época en época.

Finalmente algo que me quedó grabado en la mente, fue una pregunta: ¿Cuáles fueron sus mayores obstáculos en el ministerio y como lo superaron? Los cuatro hermanos afirmaron que nunca tuvieron obstáculos. Uno de ellos, un hermano americano sugirió escasamente que fue lo económico. Pero los otros dijeron que nunca tuvieron obstáculos. Eso me hizo sentirme como alguien fuera de ese ámbito ministerial. Que conste, que no estoy ni cuestionando y diciendo que no fue cierto lo que ellos dijeron. Yo respeto a esos hombres de Dios. Pero cuando veo mi naturaleza, y veo mi ministerio (casi 31 años) yo si he tenido obstáculos, yo mismo he sido un obstáculo para Dios, mi pecado, mis grandes debilidades, mi condición de muchas independizarme de Dios, ha interrumpido muchas veces el proyecto que Dios tiene en mi vida. Pero quizás hoy es más “carnal” el ministerio. Cuando pienso en eso, sólo llego a la conclusión que por la gracia de Dios me he mantenido y me ha sostenido hasta ahora. Porque para serles sinceros, no quepo en ese perfil de mis amados hermanos “caballeros galopantes de Cristo” (y lo digo con mucho respeto) No encajo en el modelo de Don Quijote, creo que encajo más en el modelo de Sancho Panza. Quizás cuando llegue a una edad más avanzada mire hacia atrás como mis hermanos y pueda sentirme como ellos, pero por el momento no existe esa sensación. Sin embargo hay una luz de consuelo para mí, Pablo dijo: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás y extendiéndome  a lo que está adelante, prosigo a la meta al premio del supremo llamamiento  de Dios en Cristo Jesús” No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto, sino que prosigo, para ver si logro asir aquello para lo cual fui  también asido por Cristo Jesús”. Creo que este pasaje nos debería dar una filosofía de celebrar aniversarios. Primero debe haber un DESCONTENTAMIENTO. “No que lo haya alcanzado ya”. Pablo no estaba contento con lo que había logrado hasta este momento del su vida. Consideraba el pasado en términos de logro, pero como algo que estaba incompleto. Era un santo descontento. La segunda cosa es DISCERNIMIENTO. Si el pasado tiene que ver con estar descontento, el presente tiene que ver con estar discerniendo. “Una cosa hago” Esta expresión habla de saber escoger, de pensar en términos de prioridades. ¿Qué era esta cosa que hacía? Primero el discernimiento nos hace dejar de amar lo que hicimos en el pasado “olvidando ciertamente lo que queda atrás”. Esto se refiere en términos de logro, de frutos, de experiencias. El término “olvidando”, es un participio presente. El participio implica que el está determinado a dejar en el descuido las cosas que logró atrás. No hay que confundir con negligencia, sino que Pablo establece, que lo bueno que hizo en el pasado, ya no va a estar tan pendiente de eso debido a que en el futuro hay mayores retos y logros. Para el pasado no es su dios, sino simplemente su camino.  El discernimiento evita endiosar el pasado pero permite visualizar el presente “extendiéndome a lo que está adelante”. Es decir Pablo ya ve el futuro, ya lo ha visualizado de tal manera que puede comenzar a manejarlo y a comprometerse con ese futuro como estuvo comprometido con el pasado. Estamos muy acostumbrados a trabajar individualmente en vez de buscar un equipo de trabajo.  Con esto, ignoramos el hecho de que Dios provee a cada iglesia de las personas con los dones necesarios para realizar el ministerio.  Las áreas de debilidad en el ministerio de una persona son las áreas de fortaleza de otra.  Dios distribuyo así los dones en el cuerpo para que formemos equipo y funcionemos coordinadamente para cumplir nuestro propósito.  Es triste ver a personas en la iglesia, inclusive pastores, que quieren hacerlo todo en el ministerio.  Ven a los demás como competencia en vez de complemento. Acaparan las posiciones, retienen el control, desplazan a los demás y no entrenan a otros para reemplazarse. Cuando hay dos o más pastores en una iglesia, establecen una jerarquía en vez de trabajar como equipo pastoral.  Comienzan los celos y las envidias que acaban por fraccionar a la Iglesia local.     Esto tiene que cambiar.  Debemos rodearnos de las personas que tengan los dones para ciertas áreas del ministerio, que nosotros carezcamos, para formar equipo con ellas. Debemos dar el lugar a las personas con los dones y no ser de estorbo para el desarrollo de su ministerio, sino de apoyo para que florezcan aun más. Nuestro propósito debe ser llegar a dedicarnos sólo a aquello que nadie pueda hacer mejor que nosotros en el cumplimiento del propósito del cuerpo funcionando como equipo. Recuerde que Pablo dice “una cosa hago” y no “todas las cosas hago”. Solemos escoger personas para puestos en el ministerio sin considerar si Dios los ha dotado con lo que necesitan para desempeñar ese cargo.   Esta forma de trabajar lo que produce son resultados mediocres, personas frustradas y un ministerio rezagado.  La pregunta clave para elegir personas para los puestos es ¿A quién ha dotado Dios en esta comunidad para desempeñar este cargo? En vez de elegir a las personas para los puestos usando criterios como la popularidad, la facilidad de palabra, el nivel académico o la relación familiar, deberíamos hacer un análisis concienzudo de los dones repartidos en la iglesia para elegir sabiamente.  Las personas que trabajan dentro de sus dones son personas eficaces, productivas y llenas de gozo en su cargo ministerial.      En algunos casos trabajar por dones en vez de por cargos implica reconocer que quizá tengo el cargo o el puesto pero que  no necesariamente tengo los dones.  Por lo tanto, debo rodearme de los que tienen los dones para ese ministerio. Lo importante no es que yo destaque, sino que el ministerio avance. Cuando permito que los que tienen los dones trabajen libremente, bajo mi responsabilidad, la iglesia avanza y el ministerio se realiza.

La tercera cosa que Pablo establece es DETERMINACIÓN. “Prosigo a la meta”. Siempre hay una meta que cumplir, no podemos parar en esta tierra y creer que lo logramos todo. Pablo dice, yo sigo caminando, sigo cumpliendo el llamado de Dios y no paro. Finalmente Pablo tiene un DESEO. El desea ser premiado en honor a su llamamiento, y no en términos de títulos o logros. A veces podemos perder todo nuestro llamamiento porque hemos perdido el deseo y la motivación de ese llamamiento. El deseo es la parte pasional de mi llamado. Perder eso, es perder mi fuego, mi aliciente y la combustión interna.

Bueno, gracias a Dios por los hombres de Dios que estuvieron en esa celebración, pienso que pertenecen a la generación de los Caballeros de Dios. Investidos con aquella solemnidad feudal y quijotesca. Sin embargo hoy quedamos una generación no tan caballeresca, somos quizás como peregrinos al estilo de Juan Bunyan pasando por los valles de la incredulidad y del desaliento. Una generación que tiene el reto por delante de enfrentar a un mundo totalmente diferente al de mis hermanos. Ojalá que podamos ser tan fieles como los que fueron reconocidos en esa celebración.

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6 comentarios en “Reflexiones sobre el aniversario de una Iglesia

  1. EXCELENTE ANÁLISIS. ESTOY DE ACUERDO EN LOS DIVERSOS ARGUMENTOS EXPUESTOS. MUCHOS ESTAMOS AFERRADOS AL PASADO Y NO VIVIMOS EL PRESENTE, CARECEMOS DE UNA VISIÓN DE FUTURO
    BENDICIONES MI HERMANO

  2. Muchas gracias por su escrito y por su honestidad. Me ha hecho pensar en la celebración de nuestro proximo aniversario, mas como ver el pasado para estar seguros de lo que Dios hará en el futuro. Si sustento en el pasado, sustentará en el futuro.

  3. Por sincronía divina me encontré con estas reflexiones que siendo suyas las he tomado para mi que soy un ministro y justo en esta semana estamos de aniversario. ¡Cuanta verdad en pocas lineas! La tomo como regalo inesperado que vino de lo alto del Padre de las luces. Dios le bendice ahora y siempre.

    Rev. Juan Alejandro Guzmán. Ministro ordenado de Unity.

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