Reflexiones para un hermano que cumple 100 años


Hola les transcribo el mensaje que di en una celebración de cumpleaños número 100 del hermano Prudencio Zúniga, miembro de nuestra iglesia Bautista Nazaret de El Salvador. Fue muy interesante reflexionar sobre el tema de la vejez, aprendí mucho. Espero que les edifique como me edificó a mi.

Introducción

Me puse a investigar un poco acerca de cómo era el mundo en 1911. Por ejemplo en El Salvador El Palacio actual fue diseñado por el ingeniero José Emilio Alcaine y construido de 1905 a 1911 bajo la dirección de don José María Peralta Lagos; como maestro de obra fungió don Pascasio González y los materiales de construcción fueron importados de Alemania, Bélgica, Italia y otros países. Así que en 1911 fue inaugurado oficialmente. En 1911 se hizo la transición de peso salvadoreño a colón salvadoreño. En ese año a nivel mundial se inventó el aire acondicionado, el hidroplano. También en ese año nació Mario Moreno Reyes, conocido como “Cantinflas”. Así que hubo cuestiones interesantes. Eso es históricamente para ponernos en contexto el año      que nació nuestro hermano Prudencio.

Cuando hablamos de historia, indudablemente hablamos de recuerdos y de años, muchos años. Con el correr de los años he ido coleccionando frases y anécdotas acerca de todo tipo de temas, y estas son algunas de las que tenía con relación a la vejez y como el mundo la describe. Oigamos algunas de mis preferidas

En los ojos de los jóvenes vemos llamas, pero en el ojo del viejo vemos la luz.
VICTOR HUGO. Escritor francés.(1802 – 1885)

El joven conoce las reglas, pero el viejo las excepciones.
OLLIVER WENDELL HOLME. Médico, escritor y poeta (1809 –1894

En la juventud aprendemos, en la vejez entendemos.
MARIE VON EBNER ESCHENBACH. Escritora austríaca.(1830- 1916

Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida.
PABLO PICASSO.
Pintor (1881-1973).

Cásate con un arqueólogo. Cuanta más vieja te hagas, más encantadora te encontrará.
AGATA CHRISTIE. Escritora (1890–1976)

Los hombres piensan que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ. Nobel de literatura en 1982 (1928).

Una bella ancianidad es, ordinariamente, la recompensa de una bella vida.  

  PITÁGORAS DE SAMOS. Filósofo y matemático griego. (582 -507 AC.)

* Ningún hombre es tan viejo que no crea que no puede vivir otro año.

La vejez es juventud acumulada

Bueno esta es la sabiduría del mundo pero ¿que dice Dios de la vejez?  Me preguntaba qué tipo de versículo El Señor podía darme para compartir en este evento tan especial como el cumpleaños número 100 del Hermano Prudencio Zúniga. Dios me llevó a este pasaje: Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré.” Isaías 46: 4.”  Así que brevemente expondré algunos principios que se desprende de este pasaje en mención.  Pensemos como Dios ve a los ancianos y que les promete.

I.                    Primero pensemos que Dios siempre les promete su PRESENCIA.

En el texto cinco veces el pronombre yo. Esto habla que Dios tratara personalmente al anciano. Esto es  la constancia del amor de Dios, su perpetuidad, y su naturaleza inalterable. Dios declara que Él no es simplemente el Dios del santo joven; que Él no es simplemente el Dios del santo de edad mediana: sino que Él es el Dios de los santos en todas sus edades, de la cuna a la tumba. “Y hasta la vejez yo mismo”; o, como lo traduce un comentarista más hermosa y apropiadamente: “Y hasta la vejez yo soy el mismo, y hasta las canas te soportaré.”  El principio entonces es doble: que Dios mismo es el mismo, sin importar cuál sea nuestra edad; y que los tratos de Dios para con nosotros, tanto en la providencia como en la gracia, tanto cuando nos soporta como cuando nos guarda, son igualmente inalterables. A. El primer beneficio que   parte de su PRESENCIA es que  expresa que Dios es el mismo cuando llegamos a la ancianidad, seguramente no tengo necesidad de demostrárselos. Abundantes testimonios de la Escritura declaran que Dios es un ser inmutable, sobre cuya frente no hay una sola arruga debido a la edad, y cuya fortaleza no se debilita por el paso de las edades; pero si necesitáramos pruebas, podríamos mirar a la naturaleza en cualquier parte, y a partir de allí deberíamos adivinar que Dios no cambiará durante el breve período de nuestra vida mortal. ¿Acaso me parece algo difícil que Dios sea el mismo durante setenta años, cuando descubro muchas cosas en la naturaleza que han retenido el mismo perfil e imagen durante muchos años más?
Pero contamos con mejores pruebas que esta, que Dios es inmutable. Aprendemos esto de la dulce experiencia de todos los santos. Ellos testifican que el Dios de su juventud es el Dios de sus años postrimeros. Reconocen que Cristo “tiene el rocío de su juventud.” Cuando le vieron por primera vez como el resplandeciente y glorioso Emanuel, pensaron que era “todo él codiciable”; y cuando le ven ahora, no ven una belleza desmejorada, y una gloria que ha partido: es el mismísimo Jesús. Cuando descansaron por primera vez en Él, se dieron cuenta de que Sus hombros eran lo suficientemente fuertes para sostenerlos; y encuentran que esos hombros son todavía tan poderosos como siempre. Pensaron que al principio Sus entrañas en verdad se derretían de amor, y que Su corazón latía aceleradamente con misericordia; y encuentran que sigue siendo el mismo. Dios no ha cambiado; por esto “no habéis sido consumidos.” Ponen su confianza en Él, porque todavía no han advertido una sola alteración en Él. Su carácter, Su esencia, Su ser, y Sus actos, todos ellos son los mismos; y, además, para coronarlo todo, no podemos suponer un Dios, si no podemos suponer un Dios inmutable. Un Dios que cambiara no sería Dios. No podríamos captar la idea de la Deidad si permitiéramos alguna vez a nuestras mentes que dieran entrada al pensamiento de mutabilidad. De todas estas cosas, entonces, concluimos que “hasta la vejez Él mismo, y hasta la canas nos soportará Él.”

B.  El segundo beneficio que parte de su PRESENCIA es que  Dios no sólo es el mismo en Su naturaleza, sino que es el mismo en Sus trato.; Él nos soportará igual, nos guardará igual, nos sostendrá igual que solía hacerlo. Y aquí, también, casi no necesitamos demostrarles que los tratos de Dios para con Sus hijos son los mismos, especialmente si les recuerdo que las promesas de Dios son hechas, no a la edades, sino a la gente, a las personas, a los hombres.   Encontramos algunas promesas en la Biblia que son hechas a algunas condiciones particulares; pero las promesas importantes, las mayores y más grandiosas promesas son hechas a los pecadores como pecadores; son hechas a los elegidos, a los escogidos, sin tener en cuenta su edad o condición. Nosotros sostenemos que el anciano puede ser justificado de la misma manera que el joven; que el manto de Cristo es lo suficientemente amplio para cubrir al hombre fuerte y adulto así como al pequeño niño. Creemos que la sangre de Cristo sirve para lavar setenta años, así como setenta días de pecado; que “no hay acepción de personas para con Dios”, que todas las edades son similares para Él, y que el que “a mí viene, no le echo fuera”, y estamos seguros de que todas las buenas cosas de la Biblia son tan buenas en una etapa como en otra. ¿Será cambiado por los años el perfecto manto de justicia que me cubre? ¿Será destruida por los años la santificación del Espíritu? ¿Vacilarán las promesas? ¿Será disuelto el pacto? Puedo suponer que las colinas eternas se derretirán; puedo soñar que los montes eternos serán disueltos, igual que la nieve sobre sus picos; puedo concebir que el océano sea chupado con lenguas de llamas bifurcadas; puedo suponer que el sol sea detenido en su carrera; puedo imaginar que la luna sea convertida en sangre; puedo concebir que las estrellas caigan de la bóveda de la noche; puedo imaginar “la ruina de naturaleza y el choque de los mundos”; pero no puedo concebir el cambio de una sola misericordia, o de una sola bendición del pacto, o de una sola promesa, o de una sola gracia que Dios otorga a Su pueblo, pues encuentro que cada una de ellas, en sí misma, está sellada con la inmutabilidad, y no tengo razón para ponerla en un área de incertidumbre.
Entonces la  PRESENCIA de Dios suple en el anciano su  lucha con la SOLEDAD de su vida.

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