Conferencia sobre la Reforma en la Universidad Evangelica de El Salvador V parte

III. En tercer lugar  la declaración de Lutero El sacerdocio de todos los fieles nos libera del clericalismo. En tercer lugar, la afirmación reformada del sacerdocio universal de todos los fieles (1 Pedro 2:9; Apocalipsis 1:6; 5:10) impulsa, lógicamente, un proceso de progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del mundo moderno. Para Lutero, todo cristiano es un sacerdote y un ministro de Dios, y toda la vida, todo empleo y oficio, son vocación divina dentro del mundo. “Una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios”, decía Lutero. En un pasaje aun más atrevido, afirma que “Todos los cristianos son sacerdotes, y todas las mujeres sacerdotisas, jóvenes o viejos, señores o siervos, mujeres o doncellas, letrados o laicos, sin diferencia alguna” (W.A. 6,370; R. García-Villoslada, Martín Lutero, Tomo. I, p.467). Es cierto que los Reformadores no llevaron este principio hasta sus últimas consecuencias. Conservaron mucho del clericalismo heredado de largos siglos de tradición eclesiástica. Sin embargo, algunos, conocidos como Anabautistas de la “Reforma Radical”, llevaron el principio del sacerdocio universal un buen paso adelante. Hoy día, tanto en círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo y el autoritarismo que, lamentablemente, han prevalecido en la iglesia protestante como también en la católica. El paso de la Edad Media al mundo moderno significó un cuestionamiento radical del autoritarismo medieval e impulsó la evolución de una serie de libertades humanas que hoy día damos por sentadas. En ese proceso, Martín Lutero desempeñó un papel decisivo. Su mensaje de gracia evangélica nos libera del legalismo (autoritarismo ético). Su insistencia en la autoridad bíblica, interpretada crítica y científicamente, nos libera del tradicionalismo (autoritarismo doctrinal). Su enseñanza del sacerdocio universal de todos los fieles comenzó a liberarnos del clericalismo (autoritarismo eclesiástico). Lutero lanzó una cruzada tenaz contra las estructuras autoritarias de la iglesia medieval: “Todas y cada una de las prácticas de la Iglesia”, escribió en 1520, “son estorbadas, y enredadas, y amenazadas por las pestilentes, ignorantes e irreligiosas ordenanzas artificiales. No hay esperanza de cura, a menos que todas las leyes hechas por el hombre, cualquiera que sea su duración, sean derogadas para siempre. Cuando hayamos recobrado la libertad del Evangelio, debemos juzgar y gobernar de acuerdo con él en todos los aspectos” (Woolf I, p.303, en Wolin p.156). Al denunciar la tiranía del Vaticano, Lutero exigió a la iglesia” restaurar nuestra noble libertad cristiana” (Wolin p.158) también en las iglesias evangélicas. IV. En cuarto lugar  la declaración  “La iglesia reformada siempre reformándose” nos libera del tradicionalismo estático. Otra consigna de la Reforma, cuya importancia no puede ser exagerada, rezaba ecclesia reformata semper reformanda (“iglesia reformada siempre reformándose”). Es impresionante que los reformadores hayan tenido la humildad y la flexibilidad de ver su movimiento como inconcluso, con necesidad de continua revisión. Sabían que su encuentro con la Palabra de Dios había introducido en la historia nuevas fuerzas de transformación, pero (a lo menos en sus mejores momentos) no tenían ilusiones de haber concluido la tarea. Su gran mérito histórico fue el de haber hecho un buen comienzo, muy dinámico, y precisamente de no pretender haber dicho la última palabra per saecula saeculorum. Hay un fenómeno típico en los movimientos históricos, que consiste en que después de comenzar con la espontánea creatividad de una búsqueda dinámica, poco a poco se van institucionalizando hasta perder casi totalmente la flexibilidad de sus inicios y su original capacidad de sorprender. En muchos casos, este proceso termina en un estado senil de arterioesclerosis institucional. De hecho, esto es lo que pasó en gran parte con la Reforma protestante. Sus sucesores redujeron los explosivos descubrimientos de los fundadores (especialmente la “teología irregular” de Lutero mismo) en un nuevo escolasticismo ortodoxo, sea de cuño luterano o calvinista. El proceso dinámico de los inicios se petrificó en el sistema rígido y cerrado. Siglos después el fundamentalismo norteamericano resucitó a ese escolasticismo protestante en una nueva reencarnación histórica. Los reformadores anticiparon este peligro, e implantaron en su teología defensas contra esa excesiva institucionalización y sistematización. En parte por factores adversos del siglo XVII, sobre todo el surgimiento del racionalismo escéptico, los sucesores de ellos buscaron una falsa seguridad en la “fortaleza teológica” de su ortodoxia inflexible. Contra eso, los ataques de pensadores como Lessing fueron devastadores. En el siglo XX, volvió a surgir con gran dinámica el principio de ecclesia reformata semper reformanda. En ningún momento todas estas libertades deben significar libertinaje, ni en doctrina ni en conducta; eso sería el extremo opuesto del legalismo. Como lo ha expresado el teólogo francés Claude Geffre, necesitamos dogma (doctrina) pero sin dogmatismo, tradición pero sin tradicionalismo, y autoridad sin autoritarismo (La iglesia ante el riesgo de la interpretación,1983, p.69) y, podemos agregar, instituciones sin institucionalismo.

¿Qué nos dicen hoy estos postulados fundamentales de la Reforma? (1) Nos desafían a redescubrir constantemente el significado de las Buenas Nuevas y la fuerza de la libertad evangélica, tan caras para los reformadores. (2) Nos llaman al continuo trabajo de exégesis bíblica, seria, científica, crítica y evangélica, individual y corporativa: sólo en la cuidadosísima interpretación de la Palabra de Dios se hallará la libertad evangélica del Pueblo de Dios y de la teología. (3) Nos llaman a un profundo respeto hacia los demás hermanos y hermanas, al buscar juntos la voluntad del Señor en esa obediencia a la Palabra que es también una sana libertad ante toda palabra humana. En las muy sabias palabras de un antiguo refrán de la Iglesia, “En lo esencial (lo bíblico y evangélico), unidad; en lo no-esencial (opiniones, tradiciones, costumbres), libertad; en todo, caridad”.

Conferencia sobre la Reforma en la Universidad Evangelica IV parte

 I. En primer lugar el enunciado de La sola gratia de Lutero  nos libera del legalismo  Cuando Lutero descubrió la justificación por la pura gracia de Dios, dijo que se le abrieron las puertas del paraíso, porque la sola gratia le liberó del terror ante un Dios iracundo y vengativo. La doctrina de la justificación por la gracia significó para Lutero su liberación del dominio de la ley y de las obras. Para él, personalmente, la revelación de “la gloriosa libertad de los hijos e hijas de Dios” (Romanos. 8.21) fue la respuesta a su angustiosa búsqueda de paz y salvación. Significó liberación de las demandas de la ley. Ya que nuestra justificación es “por la gracia mediante la fe”, podemos confiar firmemente en la Palabra de Dios que nos asegura que el Señor nos ha aceptado. A la vez, para Lutero, la fe es muchísimo más que mero asentimiento teórico. “La fe es algo inquieto y activo”, decía Lutero; es “la fe que obra por el amor” (Gálatas 5.6, cf. 6.9s).  Para Lutero, esta “libertad del evangelio” estaba por encima de toda autoridad y de todas las leyes humanas. El sistema papal le parecía una intolerable contradicción a esta libertad evangélica; el papa, escribió, había dejado “de ser un obispo, para convertirse en un dictador” (S. S. Wolin, Política y Perspectiva, p.158). Era imperativo restaurar “nuestra noble libertad cristiana”, pues “se debe permitir que cada persona escoja libremente…” (ibid, pp. 156,158). Desde el tiempo de los fariseos, la mentalidad legalista, basada en la autosuficiencia de los méritos propios, siempre tiende a producir dos extremos: o el fariseo o el publicano. El fariseo está segurísimo de su propia justicia, con base en obras de moralismo externo, pero de hecho no es ni justo ni realmente libre. El publicano, en cambio, se desespera por su falta de mérito y su insuperable fracaso en lograr su propia vindicación. Pero ninguno de los dos puede hacer el bien libremente, puesto que la realizan sólo como medio para alcanzar su propia auto-justificación. El mensaje evangélico rompe este círculo vicioso. Dios en su gracia divina recibe al injusto y lo justifica, “no por obras, sino para buenas obras” (Ef. 2:8-10). La gracia (járis) de Dios despierta nuestra gratitud (eujaristía) y nos transforma en personas nuevas que buscamos hacer la voluntad de Aquel que nos ha redimido. De esa manera, la gracia de Dios nos libera tanto del legalismo y moralismo (heteronomía moralista) como del fideismo y de la “gracia barata” de una fe puramente formal y verbal. La gracia nos hace libres para hacer el bien, no para lograr una justificación propia ante Dios, sino para agradecer y glorificar a Aquel que nos justificó por fe.   II. En segundo lugar el enunciado de Lutero  La sola scriptura nos libera del autoritarismo dogmático. La misma paradoja liberadora aparece en la afirmación de la sola autoridad normativa de la Palabra de Dios. El principio de sola scriptura relativiza, necesariamente, toda tradición y toda autoridad humana, aun las eclesiásticas. Ninguna autoridad humana puede imponerse sobre la conciencia del creyente, si no puede fundamentarse en las escrituras. Lo expresó Lutero elocuentemente en su defensa ante el Dieta de Worms (1521): Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios. Si no se me demuestra por las Escrituras y por razones claras (no acepto la autoridad de papas y concilios, pues se contradicen), no puedo ni quiero retractar nada, porque ir contra la conciencia es tan peligroso como errado. Que Dios me ayude. Amén.   Años después Lutero dijo, “Soy teólogo cristiano. Quiero creer libremente y no ser esclavo de la autoridad de nadie. Confesaré con confianza lo que me parece cierto”. Sobre su monumento en Worms están escritas estas palabras: “los que conocen verdaderamente a Cristo no pueden nunca quedar esclavos de ninguna autoridad humana”. “La Palabra de Dios”, escribió Lutero, “que enseña la libertad plena, no debe ser limitada” (Wolin , ibid., p.155). ¡¡Qué palabras de libertad teológica!! Su total sumisión a la Palabra de Dios le hacía libre frente a dogmatismos, magisterios, concilios y papas. En la medida en que seamos realmente bíblicos, en esa misma medida seremos libres para “examinarlo todo” a la luz de las Escrituras y de las evidencias, hoy no menos que en los tiempos de Lutero. Martín Lutero insistía terca y vehementemente en la única, exclusiva e incondicional autoridad de la Palabra de Dios, cuidadosa y evangélicamente interpretada. Sólo el evangelio y las Escrituras pueden tener autoridad sobre la conciencia del creyente. Por las Escrituras y por la gracia redentora de Dios, somos libres de cualquier otra autoridad que pretendiera imponerse sobre nuestra conciencia. Estudiosos de la Reforma han llamado esto “el principio protestante”: sólo Dios mismo es absoluto, sólo su Palabra divina puede ostentar autoridad final. Cualquier otro absoluto no es Dios, sino un ídolo. Por lo mismo, sólo las Escrituras, fiel y cuidadosamente interpretadas en la comunidad creyente, pueden fundamentar artículos de fe. Ni el papa ni los concilios, ni las tradiciones ni los pastores ni los profesores de teología, pueden imponer sus criterios con autoridad obligatoria. Sin embargo, a menudo pasa lo contrario (no sólo con los Testigos de Jehová sino con muchos que se llaman “bíblicos” y “evangélicos”): se levantan también en nuestro medio pequeños “papas protestantes” con su “Santo Oficio” que pretenden imponer sus tradicionalismos y dogmatismos y condenar (sin pruebas bíblicas de la más mínima seriedad) a todo aquel que no esté de acuerdo con los prejuicios de ellos. Sin darse cuenta, vuelven al autoritarismo dogmático contra el cual Lutero se había levantado, como los judeocristianos de Galacia también habían vuelto al legalismo anti-evangélico y anti-bíblico. Pero ser bíblico es ser mentalmente libre, abierto y crítico. No se puede ser bíblico y seguir siendo cerrado y dogmático. !Qué libertad la de Lutero, ante toda autoridad, tradición, opinión y criterio humanos! ¿Y por qué? ¿Cómo se atrevía Lutero a reclamar tan osada libertad para su propia conciencia? Aunque su postura pareciera arrogante y anárquica, la fuerza de su libertad evangélica fue algo totalmente distinta: “Mi conciencia es cautiva de la Palabra de Dios.” Para Lutero, la obediencia evangélica a Dios y a su Santa Palabra tienen como corolario la liberación evangélica de toda autoridad, tradición o heteronomía que pretendieran ser absolutas (idolátricas) frente a la exclusiva autoridad normativa de la Palabra viva de Dios. Lutero explicó esto con elocuencia en su tratado de 1520, “sobre la libertad del Cristiano”: porque el cristiano está sometido incondicionalmente a la Palabra liberadora del Evangelio, “el cristiano es el más libre de todos los seres humanos” (cf. Romanos 6:16-18). Bien lo expresa el himno, “Cautívame Señor, y libre en tí seré.” Eso se aplica también a nuestro pensamiento y a nuestras actitudes: cuando nuestra conciencia es cautiva de la Palabra de Dios y del glorioso evangelio, no podrá ser nunca cautiva de tradiciones humanas ni de autoridades humanas que pretendieran colocarse al nivel de, o incluso por encima de, la Palabra de Dios. Sola scriptura, sola gratia, sola fide: ¡mensaje de auténtica libertad evangélica para la conciencia de todos los cristianos hoy también!

Conferencia sobre la Reforma en la Universidad Evangelica de El Salvador III parte

Se suele resumir el aporte teológico de la Reforma en tres puntos: (1) la justificación por la gracia mediante la fe (sola gratia, sola fide), (2) la sola autoridad normativa y definitiva de las Sagradas Escrituras (sola scriptura, tota scriptura), y (3) el sacerdocio universal de todos los creyentes. Pero, casi siempre, se olvidan otros dos, que son cruciales: (4) la libertad cristiana y (5) “la iglesia reformada siempre reformándose” (ecclesia reformata semper reformanda). Es especialmente sorprendente y lamentable que los evangélicos hoy hacen caso omiso del tema de la libertad cristiana. De hecho, dicho tema es, sin lugar a dudas, central en todo el movimiento de la Reforma. La Reforma fue, en su sentido más profundo, un proceso liberador en todas sus dimensiones.  En este énfasis marcado sobre la libertad cristiana, Lutero siguió de cerca a su gran precursor evangélico, nada menos que el Apóstol Pablo, quien constantemente vinculaba la justificación por la fe con la libertad cristiana. Cuando los gálatas se echaron atrás al legalismo judaizante, San Pablo los acusó de haber negado el evangelio: “De Cristo se han desligado, los que por la ley se justifican; de la gracia han caído” (Gálatas 5.4), y eso, no porque hubiesen caído en alguna inmoralidad ni hubieran negado alguna doctrina ortodoxa, sino porque habían vuelto a insistir en la circuncisión y el legalismo como condiciones para ser aceptado ante Dios. Bajo tales legalismos, les dice San Pablo, “para nada les aprovecha Cristo” (Gálatas 5.2), porque “para libertad han sido llamados” (Gálatas 5.11). Por lo tanto, les exhorta, “estén firmes en la libertad con que Cristo los ha liberado” (Gálatas 5.1). Al inicio de la misma epístola, Pablo escribe a estos creyentes en Galacia en términos parecidos: “Me asombro que tan pronto estén dejando ustedes a quien los llamó por la gracia de Cristo, para pasarse a otro evangelio” (Gálatas 1:5). En seguida, aclara que de hecho “no hay otro evangelio”, y advierte que si alguien pretendiera predicarles otro evangelio, “qué caiga bajo maldición” (1:8). Ser evangélico, según San Pablo, es vivir desde la gracia de Dios que nos hace libres. No se puede ser evangélico y legalista a la vez.   A Martín Lutero le gustaba señalar que su apellido venía de una palabra griega (eleútheros) que significa “libre, independiente, no ligado”; a veces se llamaba “Lutero el Libre”. Uno de sus primeros escritos, en el año 1520, se tituló “Sobre la libertad del cristiano”. Tan convencido estaba Lutero de que no podría haber libertad bajo la condición de pecado, como convencido estaba también de que el evangelio nos hace verdaderamente libres. Evangelio significa libertad; evangelio y servidumbre (dominación, autoritarismo) se excluyen mutuamente. En los párrafos siguientes intentaremos demostrar que cada una de las grandes afirmaciones de la Reforma, es una afirmación de la libertad cristiana. Sin la libertad cristiana, las demás verdades reformadas no se pueden entender en su sentido pleno.

Conferencia sobre la Reforma en la Universidad Evangelica de El Salvador II parte

Se pueden resumir en cuatro simples puntos los postulados de estas tesis. Primero suavizar la jerarquía de la iglesia, ya que el propio Lutero estaba destinado a no subir peldaños en el estamento eclesiástico. Segundo la creación de las Iglesias- Estatales. Tercero la traducción de los textos bíblicos, conforme a cada país, y cada estado podía traducirlo; rompiendo el esquema de la profesión de la letra de la Biblia en Latín. Y cuarto el hombre por si mismo se salva gracias a su fe, no se requiere de más. De forma extraordinaria, ataca uno de los tres principios de la Edad Media: “La Iglesia Católica es la única que tiene las llaves de la salvación, si no se le sigue, el hombre está condenado.”   Cuáles son las repercusiones del pensamiento de Lutero?1) La creación de Iglesias Estatales. 2) La traducción de los textos bíblicos, que lleva inmerso la facultad del estado de manipularlos al traducirlos y contrarrestar poder a la Iglesia. 3) Muchos reyes se logran independizar de la autoridad papal. (Esto, como consecuencias inmediatas).   Por supuesto que ya habían existido otros ataques al poder de la Iglesia, tanto con Guillermo de Ockham. Y al propio poder del estado, (que eran hasta entonces las dos instituciones a vencer), con Tomás Moro. Lutero fue llamado a Roma para responder a la acusación de herejía que se le había imputado. Federico, Elector de Sajonia no permitió que este fuera sacado de sus dominios, por lo cual fue convidado a presentarse en Augsburgo ante el nuncio papal. La orden que emitió el Nuncio en Augsburg fue: “Retráctate o no saldrás de aquí.” Lutero huyó de la ciudad. Al regresar a Wittenberg, un año después de clavar las tesis en las puertas de la iglesia, se había convertido en el personaje más popular de toda Alemania.  Lutero no pasa a la acción hasta después de ser excomulgado, al conocer la bula de excomunión responde con un tratado dirigido a León X exhortándolo a que se arrepienta. La bula papal es quemada públicamente fuera de los muros de la ciudad de Wittenberg. Es posible que las ideas de Lutero fueran aclarándose paulatinamente, aparentemente sus convicciones reformistas son ya firmes cuando escribe en el tratado “De servo arbitrio” en respuesta a las críticas de Erasmo: “Por lo tanto, yo te digo, que yo en esta lucha intento una cosa que para mí es seria, necesaria y eterna, que es de tal calibre que es necesario que sea afirmada y defendida incluso por medio de la muerte, también aunque el mundo entero debiera arder en tumultos y guerras, más aún, aunque el mundo se precipitara en el caos y fuese reducido a cenizas.” A estas alturas podemos verlo ya no como un académico buscando convencer al resto de la comunidad científica, sino como quien se siente portador de una misión.  Ahora, lo que llama mucho la atención, es que si uno lee la biografía de Martín Lutero, de un alemán de nombre Rizst… relata un evento un tanto trascendente en esta materia, donde se pinta la imagen de Lutero en el lecho de muerte, con las siguientes palabras: “De haberme percatado de la consecuencia de mi pensamiento, mejor me hubiera callado. Hasta aquí la sección histórica ahora pasaré a  la sección del aporte teológico de Lutero y su movimiento.

Conferencia sobre la Reforma en la Universidad Evangelica de El Salvador

“El deber es un dios que no tolera ateos.”
VICTOR HUGO

 Hola, fui invitado  a participar en la Universidad Evangélica de El Salvador para compartir ideas acerca de  la Reforma de Lutero. Fue muy interesante todo lo que se realizo la semana recién pasada. En lo que a mi respecta me toco hablar sobre la Biblia y Lutero. Asi que desarrolle estas ideas en este escrito. No todo lo compartí en la Universidad porque era muy largo así que fui selectivo en lo que transmití. Asi que pongo el manuscrito en el blog, a petición de los asistentes a ese evento. Y como lo dije al iniciar la disertación es que este escrito tiene ideas que he usado e ideas que me han usado. Ya que lo único original que tiene el ser humano es el pecado original, no me atribuyo mucha originalidad, ya que es una serie de pensamientos que leí en los libros, otros autores como Juan Stam, Rene Padilla, Emilio A. Nuñez, y otros textos de mis estudios en el Seminario. Lo que he querido intentar es reflexionar desde esas fuentes y tratar de contextualizarlo para este tiempo en America Latina.  Asi que empezare con datos  historiográficos de Lutero, sin tratar de caer en un libro tradicional de historia. Ustedes juzgarán si lo logré. Así que antes de comenzar este trabajo es prudente revisar “los tiempos” de Lutero. El nació en un tiempo y un lugar caracterizados por la confusión y el oscurantismo. No hacía mucho, un millón de Albigenses habían sido masacrados en Francia en cumplimiento de una orden papal. Recientemente había traducido Wycliffe la Biblia al inglés. Un discípulo de Wycliffe, Juan Hus, había sido quemado en la hoguera en Bohemia. Jerónimo de Praga, compañero de Hus, había sido víctima de un suplicio semejante y murió cantando himnos de alabanza a Dios en medio de las llamas. En Erfurt, Juan Wessel había sido encarcelado por enseñar que la salvación se obtiene por gracia, murió en prisión cuatro años antes del nacimiento de Lutero. Savonarola fue ahorcado y su cuerpo reducido a cenizas por instrucciones de la iglesia. Esa fue la época en que nació Lutero, tiempos de descontento e incertidumbre. La familia de Martín no pertenecía a las clases acomodadas, sus estudios los realizó pasando por privaciones, relativamente joven obtuvo su doctorado en Filosofía. Decide hacerse monje tras una experiencia que la llama su “Camino de Damasco” cuando durante una tempestad un rayo cae junto a él. Entra a la orden de los Agustinos donde se destaca debido a sus conocimientos y su congruencia, experimenta la venalidad de la iglesia personalmente pues es enviado como delegado de su convento a Roma donde permanece tiempo suficiente para darse perfecta idea de lo alejado del Reino de Dios que esta la burocracia eclesiástica. Martín Lutero un hombre que sin lugar a dudas, arroja una gran luz a la civilización, desprendiendo o desmeritando para siempre, los principios filosóficos cristianos imperantes hasta esa época oscurantista. Hizo la reforma protestante, y lo que se desprende de ello, tanto en materia religiosa, como en materia de teoría Política es la creación de nuevos ciudadanos con una conciencia mucho más exacta de lo que se llama “participación ciudadana”, la vida social y el trabajo que cada uno ejerce en ella, es el único servicio divino, la única obra en la que el cristiano da testimonio de su fe interior, llevando a la vida política, el mismo sistema respecto al que se aplicaba en las comunidades religiosas. Lutero impugna el valor de la tradición eclesiástica y niega la obra y la función de la iglesia, ya que esta por tradición, durante siglos, había acumulado el patrimonio de las verdades fundamentales del catolicismo, el retorno a los principios significaba aquí el retorno a la enseñanza fundamental de Cristo, a la palabra del Evangelio, y, por lo tanto, el repudio a lo que la tradición eclesiástica había añadido a esta palabra; por lo que contrapone el Evangelio a la tradición eclesiástica. Lutero cuenta que toda la escritura estaba frente a él como un muro, hasta que comprendió el significado de la frase paulina: el justo vivirá por su fe. Por eso él piensa que la fe es la confianza por la que el hombre cree que sus pecados son absueltos gratuitamente por Cristo. Creó una doctrina de los sacramentos que elimina toda función intermedia entre el hombre y Dios, niega la posibilidad de la mediación sacerdotal y pone directamente al hombre en la presencia de Dios, en virtud de un arte plenamente interior, el de la fe. La negación de la tradición eclesiástica, llevada a cabo gracias al retorno del Evangelio, se convierte, así, en negación de la función sacerdotal. Con sus Tesis, que pega en la puerta de la Catedral de la Iglesia de Wittenberg, logra atacar la jerarquía de la Iglesia y el cuerpo legal del Derecho Canónico, aunque en aquellos tiempos colocar las tesis de tal modo para su debate público, era costumbre. Para sorpresa de Lutero las tesis fueron traducidas al alemán, al holandés y al español y antes de un mes ya habían llegado a Italia.

Revitalizando una iglesia cansada: Viendo a Jesus III parte

III. En tercer lugar la supervivencia depende de la AUTORIDAD DE JESUCRISTO EN NUESTRA VIDA. De dos formas en el texto se muestra que Jesús tiene autoridad. La primera tiene relación con la palabra “autor” y la segunda tiene que ver con la palabra “participo”.

A. Jesús tiene autoridad porque es pionero.

 La palabra griega que se traduce por “autor” en la Reina-Valera (archegos) se usa solamente en un libro además de Hebreos (Hechos 3:15; 5:31). Era la palabra griega común para referirse a un héroe que fundaba una ciudad y le daba a ésta su nombre. En otras ocasiones, se usaba para referirse al jefe de un clan, o al progenitor de un pueblo, tal como Abraham fue el progenitor de los judíos. La palabra significa esencialmente “el que da origen”. La New English Bible lo traduce por “líder”. La idea de “precursor” (prodromos) de 6:20, se relaciona estrechamente.  La palabra “autor” también describe a Jesús en 12:2. La idea sugiere que Cristo es “el que abrió la vía” del peregrinaje que nosotros estamos haciendo ahora. Tal como 10:20, lo expresa Él nos abrió “el camino nuevo y vivo”. Él anduvo en nuestro lugar y experimentó nuestro dolor, pero ahora Él ha abierto el camino que lleva a Dios.  Su ejemplo nos anima a seguirlo. Para un pueblo que está cansado de peregrinar, es alentador saber que el largo camino ya ha sido andado por uno que va adelante de nosotros. Por esta razón es esencial que conozcamos a Jesús. El reconocerlo como nuestro pionero es reconocer que más allá de nuestra momentánea frustración se encuentra la tierra de promisión. Él no nos ha pedido que le hagamos frente a ninguna dificultad a la que Él mismo no le ha hecho frente. No hubiera sido de mucho consuelo el que nuestro pionero no le hubiera hecho frente a las mismas dificultades nuestras. De hecho, la inspiración que un pionero brinda, proviene del hecho de que él le ha hecho frente a dificultades como las nuestras. Asimismo, nuestro pionero es de la misma naturaleza de los que siguen. “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos” (2:11). Jesús no es como las remotas e insensibles deidades que los griegos adoraban. Él se identifica con nosotros. Él nos llama sus hermanos (2:12). Al igual que un hombre como nosotros, Él también, tenía ante sí el confiar en Dios en el camino hacia la tierra de promisión (2:13). En verdad Él es nuestro gran modelo de fe. Como personas activas que jamás están satisfechas con mantener el statu quo, en muchas culturas  se aprecian la imagen de los pioneros. Dependemos de ellos para abrir nuevos territorios y para introducir los avances tecnológicos que nos mantienen progresando. Algunos de estos logros se produjeron a cambio de un gran costo en términos de vidas humanas, y estamos en deuda con los que abrieron el sendero. El señor Alistair Cook describe la increíble aventura de Charles Lindbergh en su libro America (América). En 1927, Lindbergh aterrizó en París después de un vuelo a través del Océano Atlántico que le hubo tomado treinta y tres horas. Por puro atrevimiento, este vuelo fue tan espectacular como el primer alunizaje. Lindbergh había sobrevivido sin comunicarse con ninguna otra persona. Si su misión hubiera fracasado a mitad de curso, no había planes de contingencia para rescatarlo. Había sido literalmente el pionero de una nueva era y muchos otros siguieron su modelo. Jesús es un modelo para nosotros porque Él es un hermano nuestro y estuvo sujeto a las mismas limitaciones que nosotros. Él es nuestro pionero en el sufrimiento y en la gloria. No lo conoceremos a menos que tomemos en serio Su condición humana. Siempre existe la tentación, especialmente después de la muerte de un gran hombre, de glorificar a éste tanto que lo deificamos. La literatura antigua recalca las cualidades propias de dioses, de Augusto César y de Alejandro Magno, con el fin de mostrar que ellos no fueron hombres ordinarios. En efecto, los emperadores esperaban recibir los honores que se les debía a sus dioses. Incluso, muchos escritos judíos exaltaban héroes bíblicos del pasado para recalcar las cualidades propias de dioses de tales héroes. Por ejemplo, un relato del libro no canónico de Enoc hace la siguiente cita del padre de Noé: “Tengo un hijo extraordinario, el cual no es como ningún otro hombre, pues él es como los hijos de Dios que están en los cielos… él no es como nosotros; sus ojos son como los rayos del sol y su semblante es majestuoso”.

B. Jesús tiene autoridad porque “es semejante en todo

El autor dice en 2:14: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo,…”. Como hijos del mismo Padre que son, Cristo y los hombres son hermanos, y como tales participan de la misma naturaleza. En este pasaje, el autor usa dos palabras que vívidamente describen la condición humana de Jesús. Se dice, por ejemplo que los hijos “participaron de carne y sangre”. La palabra griega que se traduce por “participaron” (koinoneo) significa “tener en común”. Todas las personas participan de las limitaciones humanas que son propias de carne y sangre. Por lo tanto, dice el autor, “él también participó de lo mismo”. La palabra de la que se traduce “participó” (metecho) es un sinónimo de la anterior (koinoneo). Nos enteramos de que la condición humana de Cristo fue genuina. Él participó de todo lo que le significó el ser hecho de carne y sangre. Ningún otro escritor del Nuevo  Testamento afirma tanto la condición humana de Jesús como lo hace el autor de Hebreos. Él dice: “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos” (2:17). La palabra griega que se traduce por “ser semejante” (homoiothenai) sugiere no un simple parecido. Lo que sugiere es una naturaleza idéntica. Las palabras “en todo” señalan que no hay excepción en la plena identificación de Jesús con la humanidad. Nuestro pionero ha estado donde nosotros estamos.   ¿Entenderemos lo que significa decir que Jesús es nuestro hermano y pionero? Para los que luchamos con la tentación, es particularmente alentador saber que nuestro pionero ha experimentado las mismas tentaciones. El decir que nuestro pionero ha estado donde nosotros estamos ahora, equivale a decir que Él conoce el poder completo de nuestras pruebas. Tal como dice Hebreos: “Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados” (2:18). Y esto es lo que el escritor recalca en 4:15: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Él fue angustiado con el temor de morir (2:14). No se mira el menor asomo de intención de encubrir esta angustia de Getsemaní. Él tenía temor de morir, tal como nosotros lo tenemos (5:7). Él “ofreció ruegos con gran clamor y lágrimas” al Dios que le podía librar de la muerte. Es difícil para nosotros entender plenamente las tentaciones de Jesús. Nosotros no entendemos tal vida de absoluta confianza que no cedió a la tentación. Pero, aunque no entendamos, no deberíamos olvidar que Jesús fue un hombre que tuvo nuestras tentaciones. Los lectores de este libro fueron especialmente tentados a darse por vencidos. La larga marcha, y con ésta, la amenaza de la persecución y el dolor de creer, los tentó a desertar antes de haber alcanzado su meta. No se avistaba el final. La vida cristiana se había hecho frustrante. Según el autor de Hebreos, la respuesta a la frustración de ellos residía en darse cuenta de que el pionero de ellos había conocido por sí mismo la angustia, el dolor y la frustración de la larga marcha. Y sin embargo, Él jamás se dio por vencido. Él llegó al final del camino. Ahora que ha alcanzado la meta, Él puede “compadecerse” (4:15) de nosotros. Nosotros también podemos beneficiarnos, en nuestra frustración de hoy día, recordando que nuestra fe no comenzó con una continua serie de victorias. Comenzó con un pionero que se vio tentado a darse por vencido en medio de la adversidad. Y ella ha continuado a través de una  generación tras otra, de cristianos que descubrieron que la vida cristiana conlleva una prueba de resistencia.

 

 Jamás sobreviviremos en medio de la adversidad, a menos que descubramos algo confiable y seguro de lo cual depender. La iglesia jamás podrá vivir de diversiones fascinantes de carácter temporal. Tampoco podemos apoyar nuestras vidas en ideologías que cambian con el viento. Muchas de las seguridades sobre las cuales edificamos nuestras vidas no son seguras. El autor de Hebreos nos recuerda que nuestro pionero es “misericordioso y fiel” (2:17). La palabra griega que se traduce por “fiel” (pistos) significa “confiable”. Es la palabra que usamos para referirnos a alguien en cuya palabra se puede confiar. Tal como 10:23, lo dice: “… fiel es el que prometió.  No estoy de acuerdo con gran parte de lo que Friedrich Nietzsche escribió, pero me causa impresión esto que dijo: “Nadie saca de las cosas que oye, o de las que lee, más de lo que él ya sabe”. Lo que Nietzsche está diciendo es que sólo tenemos oídos para lo que la experiencia nos ha enseñado a oír. El mismo principio se aplica al sentido del olfato. Por ejemplo, un campesino  experimentado puede ver posibilidades en un campo de frijoles, o de maíz, que el habitante de la ciudad medio jamás vería. El arquitecto especializado puede mirar un edificio y ver cualidades de belleza, de fortaleza, o de funcionabilidad que esquivarían el ojo del lego. Al final de un recorrido por uno de los grandes museos de arte de Europa, cuando el guía abrió el espacio para las preguntas, un ama de casa turista, según se cuenta, quería saber qué clase de cera se usaba para darles brillo a los pisos. Ella había pasado por alto la grandeza del arte, pero le había causado impresión la belleza de los pisos. Ella había visto solamente lo que la experiencia le había enseñado a ver. Alguien dijo una vez: “Jamás se permita usted mismo tener una emoción sin expresarla de alguna forma”. (Warren C. Hamby, Eight Keys to Happiness (Ocho claves que llevan a la felicidad) Es la cualidad de la misericordia el actuar movido por el sentimiento. Se cuenta que Francisco de Asís se encontró con un mendigo a punto de congelarse. Envolviéndolo con su propio abrigo, Francisco le dijo: “Amigo, he aquí tu capa. Ya te he privado de ella por más tiempo del debido”.

¿Cómo revitalizamos a una iglesia cansada según este pasaje?  Con tres cosas, debemos recuperar la centralidad de Jesús, debemos recuperar su humanidad y finalmente debemos recuperar su autoridad. La centralidad nos motiva a verlo, la humanidad nos motiva a entenderlo y su autoridad nos motiva a seguirlo. ¡Bendiciones!

Revitalizando una iglesia cansada: Viendo a Jesus II parte

I. Asi  que en primer lugar El autor le dice a una comunidad cansada que la supervivencia depende del CENTRALIDAD  DE JESUS EN NUESTRA VIDA. Para muchos de nosotros el conocer a Jesús es un desperdicio de tiempo o la ocupación de algunos pocos profesionales. Nuestra cultura tiene un sesgo activista que prefiere la acción a la reflexión. Y aunque la iglesia jamás podrá cesar su actividad, ella morirá si no considera la más fundamental de las cuestiones: ¿Quién es Jesús? Nos sentimos tentados a buscar nuestra  seguridad en lo que está de moda que promete restaurarle interés y vitalidad a la iglesia. Pero no habrá vitalidad a menos que conozcamos a Jesús y hallemos nuestra seguridad en Él. Hay seguridad en saber que, entre muchas  voces conflictivas, Él es el que permanece para siempre (1:12). Sabemos que podemos confiar en Él. Pero para conocer a Jesús no basta con saber acerca de Su majestuosidad, tal como se expresa en el capítulo uno. Los que andamos en el largo peregrinaje, haciéndole frente a nuestra tentación a deslizarnos, deseamos conocer el poder y la eternidad de Jesús. Y deseamos saber también si Él entiende nuestra tentación a rendirnos. ¿Está el distanciado de las cuestiones que nos preocupan? Lo anterior es lo que se responde en 2.5–18.

 

II.En segundo lugar la supervivencia depende  de la HUMANIDAD DE JESUS EN NUESTRA VIDA. Muchas personas se muestran indecisas al hablar acerca de la condición humana de Jesús. El nombre de Jesús era un nombre común en el Israel de antaño. Es el equivalente de la forma hebrea Josué. Muchos padres judíos eligieron darles a sus hijos el nombre de Josué, el antiguo líder de los israelitas. De este modo se nos recuerda que Jesús fue un personaje histórico. Sin embargo, al igual que los docetistas del cristianismo de antaño, a veces nos incomoda describir a Jesús como un hombre semejante a los demás. Los docetistas de los siglos segundo y tercero ni siquiera aceptaban que Jesús había venido en carne. Ellos deseaban mantenerlo a distancia del resto de nosotros. Muchos cristianos han seguido el rumbo de los docetistas al negar que Jesús tuviera que hacerle frente a las mismas dificultades que todos tenemos. ¿Tuvo Él en verdad que tomar decisiones difíciles para elegir el rumbo de su vida? ¿Enfrentó Él alguna vez los mismos desalientos que hacen de nuestro servicio cristiano un largo y difícil camino? El autor de Hebreos no es partícipe de nuestra reticencia a hablar de Jesús el hombre. Él sabía que nosotros no conoceremos verdaderamente a Jesús, a menos que lo conozcamos como hombre. Puede que veamos en Jesús a alguna clase de ser angelical, el cual sólo es parcialmente hombre. Pero esta forma de verlo es inaceptable en Hebreos. Una vez que nos dice que Él es superior a los ángeles (capítulo uno), el autor pasa en el capítulo dos, a citar el salmo ocho para demostrar lo contrario. El salmo ocho expresa una hermosa verdad acerca del lugar que ocupa el hombre en la creación, pero también se refiere al hombre ideal, a Jesucristo. La versión del Antiguo Testamento que el autor usa (la Septuaginta) dice que Él fue hecho “un poco menor que los ángeles”. Mientras el capítulo uno dice que el Hijo es “superior a los ángeles” (1:4), el capítulo 2 dice que Él era “un poco menor que los ángeles”. Así, conocer a Jesús no es sólo saber acerca de Su majestuosidad, es saber acerca de Su rebajamiento hasta quedar en una categoría por debajo de los ángeles “por un breve tiempo” (NASB). Este fue el período en el que Jesús vivió sobre la tierra. Antes de la corona, hubo una cruz (2.10). Antes de Su gloria, Él fue hecho “menor” que los ángeles. El Nuevo Testamento afirma este mensaje muchas veces. Creo que esta es una experiencia que todos los creyentes deberemos pasar por mas de alguna ocasión, deberemos “ser hechos menos” para luego ser exaltados con toda gloria de parte de Dios.  Pablo escribe que Dios ha exaltado hasta lo sumo al que “se despojó a sí mismo” (Filipenses 2:7). Se nos dice que aquél que ahora ha sido coronado fue una vez hecho “menor que los ángeles”. No conoceremos a Jesús mientras no nos enteremos de que el sufrimiento de muerte precedió a Su reinado. El cristianismo es la religión de un hombre que sufrió y murió, un hombre de cuya presencia dejaron constancia los historiadores. Mantendremos nuestro rumbo correcto tan sólo en la medida que permanezcamos arraigados en la historia de ese hombre. No debemos considerar que sea especulación impertinente este análisis de la condición humana de Jesús. Es muy importante lo que ello le dice a una comunidad que ha sufrido las tribulaciones propias de una larga marcha. Muchos de los lectores sufrieron el encarcelamiento (10:32 y siguientes). No hay duda de que muchos otros se preguntaban si en el horizonte del tiempo se avistaba algún final de su lucha por la causa Cristo. Tal vez se preguntaban si era una causa perdida por la que estaban sufriendo. Por lo tanto, las palabras acerca de la condición humana de Jesús son importantes. Nos dicen que no estamos solos en nuestro sufrimiento. Tal como 2:10, lo expresa, tenemos un “pionero de la salvación” (NASB).  Debemos en algún momento  recordar la humanidad de Jesús para recordar que nosotros también somos humanos y tenemos debilidades y que somos frágiles y cometemos errores.

Revitalizando una iglesia cansada: Viendo a Jesus

Pero vemos a aquel… (2.9).

¿Hola como les va? Quisiera seguir reflexionando sobre este tema de revitalizar una iglesia cansada. ¿O quizás habría que decir revitalizar a creyentes cansados? Últimamente  he estado escuchando a hermanos expresar comentarios sobre su desilusión y cansancio acerca de las iglesias que van. Los comentarios van desde lo más sencillo hasta los más mordaces y ácidos. Se están cansando de la carrera que comenzaron hace años atrás. ¿Por qué?  Pienso que por un lado no encuentra donde ir y se conforman quedarse en donde están y por otro lado han perdido la perspectiva de su vida cristiana. Así que  comparto  esa pequeña porción de 2:9: “vemos aquel”. Es expresión nos debe motivar a seguir adelante ya que  muchos han perdido  la perspectiva correcta  acerca de su carrera y en quien deben poner su confianza.  Hay una gran dosis de realismo en la descripción que hace Hebreos de la vida cristiana, dice que ésta es como un peregrinaje hacia una meta distante. Puede que no sea la imagen que hubiéramos elegido, pues ella insinúa el cansancio y el decadente entusiasmo que acompaña a un largo peregrinaje. Podríamos preferir imágenes de gozo y de alegría que son las que acompañan al creer. Pero el autor de Hebreos sabía que había una comunidad que había perdido su entusiasmo. Ésta estaba en peligro de perder su confianza (10:35) y de recaer (6:6). Al igual que personas que habían andado por un largo camino, ellos estaban ahora con “las manos caídas y las rodillas paralizadas” (12:12). Por lo tanto, el autor ahora tenía ante sí la tarea de animar a unos cansados peregrinos a no rendirse sin haber llegado a la meta. Esta tarea es parecida a la nuestra. Uno de nuestros más serios problemas es animar a la gente a no deslizarse (2:1) Debemos tratar con personas que parecen estar cansadas después de una extensa jornada de viaje. Ellos vuelven su mirada a los años de obediente servicio que prestaron y consideran que éstos han sido un largo peregrinaje. Los nuevos esquemas y programas promocionales son insuficientes para levantar el ánimo. Necesitamos algo más permanente que una campaña de animación ocasional. La mayoría de nosotros conocemos personas que tienen dificultad con el largo peregrinaje de una vida cristiana. Muchas personas se desaniman cuando la euforia de los primeros días de la vida cristiana se disipa y ésta se convierte en una rutina de disciplina y obligación. Muchos estamos mal preparados para las decepciones y el cansancio de toda una vida de compromiso. ¿Qué podemos hacer para mantener nuestro rumbo e intensidad? El primer capítulo de Hebreos responde a la tentación del lector a deslizarse. Es prestando atención a nuestra “salvación tan grande” (2:3), como nosotros tenemos los recursos necesarios para mantenernos firmes en nuestros compromisos. Esta “salvación tan grande” consiste en las reflexiones sobre el exaltado estatus de Jesucristo, que se mencionó en el capítulo uno. El Cristo que confesamos cuando comenzamos el peregrinaje no es una persona ordinaria. Él es el resplandor de la gloria de Dios (1:3), y ahora Él ha alcanzado un estatus que lo hace superior a los ángeles (1:4). Todo lo demás de la creación puede cambiar, pero Él es para siempre “el mismo” (1:12).

Revitalizando una iglesia cansada: Una generacion de descuidados IV parte

Cabe entonces al ir cerrando esta porción una pregunta ¿Son los requisitos del Nuevo Testamento más exigentes que los del Antiguo Testamento? Tal idea se contrapone a nuestro pensamiento normal. Podríamos preguntar: « ¿Acaso no contiene el Nuevo Testamento más gracia que el Antiguo Testamento?»; « ¿No fue Dios más estricto bajo el Antiguo Testamento de lo que es bajo el Nuevo Testamento?». Estas preguntas parecen reflejar la actitud general de los lectores casuales de la Biblia. La enseñanza del versículo 1 es contraria a esa idea popular y anti bíblica. A los predicadores a menudo se les amonesta, tanto desde adentro como desde afuera de la iglesia, por no ocuparse más de la gracia; sin embargo, el peligro aparente es que las personas que enfatizan la gracia se están distanciando de la atención a la justicia de Dios. Si nuestro énfasis en la gracia parece minimizar la justicia de Dios y el castigo del infierno, ¿no somos como los atalayas que no advierten contra la destrucción inminente (Ezequiel 33.1–9)? El predicador que entretiene a sus oyentes de semana a semana hace de la vida algo que no es, esto es, placer y jocosidad. ¿Es el cristianismo verdadero aquél que ve con mayor rigurosidad el Nuevo Testamento? Ciertamente lo es, y la sabiduría sugiere que con más privilegios y bendiciones viene un mayor castigo por la desobediencia. Pedro declaró que cuando los cristianos regresan a sus pecados, «habiéndose ellos  escapado de las contaminaciones del mundo», el postrer estado es mucho peor que el que habría sido sin la conversión anterior (2ª Pedro 2.20–22). Esas «contaminaciones» tienen que ser pecados. Habiendo «escapado» de los pecados insinúa que uno ha sido salvo de sus efectos eternos. ¡La respuesta de que tal persona «nunca fue realmente convertida» es refutada aquí! Hebreos incluso menciona la imposibilidad de que algunos apóstatas sean alguna vez restaurados (6.4–6). La condición mísera del apóstata endurecido puede colocar a tal persona en una situación irreconciliable ante Dios. Este hecho tiene que ser encarado aun por el que cree que sus pecados son solo casuales. ¿Cómo reaccionará Dios ante mi pecado y juzgará mi corazón? En efecto, « ¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!» (10.31). El propósito de la Ley necesita ser visto con relación al nuevo pacto. Cuando Jesús comentó acerca de ello en Mateo 5.38, 39, con relación a la enseñanza del «ojo por ojo», no estaba ni refutando ni revocando la Ley, sino mostrando que el espíritu de Sus discípulos no debía conducirlos a buscar venganza personal. No se pretendía que todo el sistema civil de justicia fuera revocado, como ya lo había demostrado en Mateo 5.17, 18. El espíritu del nuevo pacto no era, como se interpretaba que era el antiguo, una mera ejecución de obediencia externa sin una verdadera participación del corazón. Esa era la clase de ejecución que, de forma inapropiada, habían interpretado los fariseos que el Antiguo Testamento enseñaba. Cuando Jesús comenzó a sacar conclusiones para este principio, dijo que hicieran con los demás lo que se quería que ellos hicieran con uno, diciendo: «porque esto es la ley y los profetas» (Mateo 7.12). No estaba argumentando que Sus enseñanzas fueran nuevas. Simplemente, estaba dando la correcta interpretación de lo que pretendía la Ley.  El peligro de deslizarse puede venir por varias razones. Algunos no se dan cuenta realmente de la importancia de la verdad aprendida. Cuando se abre la puerta al aprendizaje de la verdad que le puede salvar el alma, muchos la hacen a un lado como algo sin importancia para su vivir diario. Este constituye un camino muy peligroso a seguir. Pablo advirtió a Félix del serio problema que este enfrentaba razonando con él acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero (Hechos 24.25). Félix deseaba un momento más oportuno para dedicarse a esos asuntos. Un tiempo oportuno, u «oportunidad », nunca llega. La necesidad de arrepentirse del pecado nunca es fácil ni casual. Debemos aprovechar cada oportunidad para recordarles del juicio venidero a los extraños que pecan. Pablo utilizó el juicio venidero como base para instar a las personas a obedecer. Sabía que el día del juicio viene y que es una razón para temerle al Señor (2ª Corintios 5.10, 11). Una causa para el deslizamiento la constituye el pensar que podemos ser perdonados de más pecados al estar bajo el nuevo pacto. Leemos del diezmo que era requerido bajo el viejo pacto y pensamos: «Por dicha no tengo que vivir bajo ese sistema estricto y tener que dar tanto». En realidad, nuestras responsabilidades son mayores estando bajo el Nuevo Testamento; la predicación del evangelio al mundo requiere de más generosidad que para mantener un sistema judío. Hay quienes tratan de tener éxito y crecer en santidad mientras hacen lo mínimo. Jesús enseñó el gozo de recorrer «dos millas» (vea Mateo 5.41). También enseñó que cuando hacemos todo lo que se nos manda, seguimos siendo «Siervos inútiles» (Lucas 17.10). Somos fácilmente atraídos a los placeres de esta vida, lo que podría ser la mayor causa de nuestro deslizamiento. Nuestros corazones pueden ser fácilmente «ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto» (Lucas 8.14). Vemos a muchos jóvenes que comienzan con un celo espiritual, pero que nunca profundizan en su fe. Se deslizan sin darse cuenta, a menudo en detrimento eterno de sus almas. Cuando el placer nos aleja de Dios, nos perdemos sin esperanza ante lo importante. Comenzamos a pensar: «No tengo tiempo», e inventamos excusas para justificar el placer que ahora ocupa nuestra atención. El evangelio sigue teniendo poder para salvar (Romanos 1.16). Del modo que el jabón tiene que ser aplicado a la piel para limpiar a un niño, el evangelio tiene que ser aplicado para lavar el pecado. La verdad abundante de la Biblia puede salvar al mundo; sin embargo, del modo que la medicina no sanará a menos que sea ingerida, el evangelio no puede salvar a menos que sea escuchado y obedecido. En el Antiguo Testamento se da un ejemplo de muerte por codicia (Acán; Josué 7), y una pareja sufrió el mismo fin en el Nuevo Testamento (Ananías y Safira; Hechos 5). El pecado es el quebrantamiento de la voluntad específica de Dios. Si no hacemos una buena obra que podemos y tenemos la oportunidad de hacer, esto también se clasifica como pecado (Santiago 4.17; 1ª Juan 5.17). En 1ª Juan 3.4, la palabra «infracción» significa ir en contra de la ley, o «transgredirla». La palabra es anomia, que literalmente quiere decir «contra la ley». Muchos cristianos que se desvían no serán condenados por transgresiones morales flagrantes, sino por obviar lo que debían haber hecho. Para estar seguros de la salvación eterna, uno tiene que agregar las «virtudes cristianas» que se enumeran en 2ª Pedro 1.5–11. Cuando uno hace eso, dice: «no caeréis jamás» (verso 10). Por lo tanto, es posible que nunca se caiga de la gracia si son seguidas las condiciones que expuso Pedro. Se puede experimentar un crecimiento progresivo en la dirección correcta al agregarle «virtud» (verso 5) a la fe de uno y así progresivamente, a lo largo de la lista. La palabra que se tradujo como «virtud» puede significar el valor de dar la cara por la fe de uno. ¿Qué mejor virtud que esa podría haber? Leí la anécdota del pastor Warren W. Wiersbe en donde se refirió a un predicador que presentó una serie de sermones acerca de «Los pecados de los santos». Después de presentarlos fue fuertemente amonestado por uno de los miembros de la iglesia. «Después de todo», dijo el miembro, «el pecado en la vida del cristiano es diferente al pecado en las vidas de los demás». «Sí», contestó el ministro, «es peor». Así  que la pregunta de 2:3 es retórica y quiere decir que la respuesta se insinúa, a saber: ¡No hay escape si descuidamos una salvación tan grande! La respuesta se da claramente en 2ª Tesalonicenses 1.7–9. El corazón de algunas personas se endurece tanto que están más allá de poder ser redimidos. Nos daremos cuenta que esto es cierto en el estudio que haremos de Hebreos 6.4–6 y 10.26–29. Pablo, en 1ª Timoteo 4.1–3, indicó que algunos tendrían «cauterizada la conciencia» y mentirían en lugar de hablar verdad. Así como se cauteriza una herida quemándola y dejando un área insensible, la conciencia puede quedar cauterizada hasta el punto de que la verdad no tiene efecto en ella. Un poeta escribió de la siguiente manera: Hay un momento, del que no sabemos el cuándo, un instante del que no sabemos el dónde, que señala el destino del hombre, para gloria o desesperación. Hay una línea, cual no vemos, que cruza todo camino, el límite invisible entre la paciencia de Dios y Su ira. Hebreos 6.4–6 sugiere que esta línea puede ser cruzada por un apóstata. Hebreos 10.25–29 insinúa que podría comenzar con el descuido de la adoración y continuar con «[pecar] voluntariamente », hasta desarrollar un espíritu que ha «[pisoteado] al Hijo de Dios». «¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!» (10.31). Pasajes como el presente nos ayudan a entender por qué Pablo dijo: «Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres» (2ª Corintios 5.10, 11). No podemos valernos de la gracia de Dios para que nos proteja si no somos fieles. Tenemos que estar conscientes del peligro de la deserción, que da como resultado no solo la desesperanza en esta vida, sino también la posibilidad de estar condenados por la eternidad. Creo que esta es una exhortación muy pertinente para todo evangélico de El Salvador y de América Latina. Hoy que hablamos de 36% de “cristianos” en este país de Centroamérica sería bueno plantear la pregunta cuantos están cuidando la salvación seriamente y no se han deslizado.

Revitalizando una iglesia cansada: Una generacion de descuidados III parte

En cuarto lugar necesitamos prestar seriamente atención a nuestra salvación  PORQUE HAY CONSECUENCIAS.  Note como lo pone el autor de los Hebreos: «¿cómo escaparemos nosotros…?»; Es decir el autor  formula una pregunta aguda  (2.3) «… ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?». Esta pregunta provoca hacer otra, a saber: ¿De qué escaparemos? De la muerte eterna tiene que ser la interpretación correcta; decir algo más es debilitar la fuerza de este pasaje. Pedro amonestó al cristiano diciéndole: «procurad hacer firme vuestra vocación» (2ª Pedro 1.10). ¿Por qué se le pediría al cristiano hacer firme la vocación que Cristo le ha dado si Su vocación era completamente segura? Creo que esta es la razón por la que tenemos que prestarle la mayor atención al mensaje que hemos escuchado, evitar que nos vayamos a soltar de él. La frase «la palabra dicha por medio de los ángeles» inicia una sección que no constituye una desviación del tema, sino que sirve más bien como el clímax y la conclusión necesaria a lo dicho  anteriormente. Esta amonestación trata de la esencia de la carta, la cual es prevenir a los lectores de caer de la fe. Para los días del autor, en general se creía que los ángeles habían ayudado a dar la Ley. Esta idea era aprobada por el comentario inspirado (Hechos 7.38, 53; Gálatas 3.19). Si no se hubiera entendido que los ángeles habían ayudado en el dar la Ley, los lectores u oyentes habrían considerado superfluo el argumento del autor en cuanto a que Jesús era superior a los ángeles. Se dice que «la palabra dicha por medio de los ángeles» fue «firme» (bebaios), «inalterable» (NASB), que es «categórica» (NKJV), «válida» (RSV), o «vinculante» (NIV). Esta descripción sugiere que todo en cuanto a la Ley había de ser cumplido al pie de la letra; la desobediencia trajo castigos específicos. La Ley probó ser válida por medio de los castigos impuestos al desobediente. La mayor parte de la historia antiguo testamentaria detalla este hecho. Un ejemplo de ello lo constituye el hecho de que los reyes malos, casi de forma invariable, tuvieron reinados mucho más cortos que los reyes justos. Números 15.30 establece  castigos para pecados de altanería, o pecados de «soberbia». Esta clase de pecado era tal vez equivalente a pecar «voluntariamente» (Hebreos 10.26). Los pecados de rebeldía que se cometían con plena certeza de que se estaba pecando contra Dios parecen haber dejado poca o ninguna esperanza de perdón. En todo mandamiento, Dios incluyó castigo por la desobediencia. No se puede leer Deuteronomio sin quedar sorprendido por el gran énfasis que se le da a la importancia de cumplir totalmente con los santos mandamientos de Dios (vea Deuteronomio 4.2; 28.1, 9, 14–46). El contenido básico del pacto antiguo testamentario fue presentado de forma gráfica cuando habló de bendiciones para el obediente y de maldiciones para el desobediente (Deuteronomio 28.15–46). La Ley no promovió la tolerancia, sino la justicia. Por ejemplo, se especificó el «ojo por ojo», en contraste al «dos ojos por un ojo» que requerían algunos códigos de civilizaciones contemporáneas (vea Levítico 24.19, 20). En el versículo 2 se especifican dos clases de pecado. La «transgresión», o «ir más allá», ocurría cuando se hacía caso omiso a un acto que la ley de Dios había prohibido específicamente. Por ejemplo, la Ley decía: «No matarás» (Éxodo 20.13); si alguien desobedecía esta regla era considerado un transgresor. La palabra para «desobediencia» quiere decir literalmente «no escuchar», o escuchar de una forma descuidada o negligente. Implica no hacer algo específico que fue ordenado. Por lo tanto, cuando alguien no acataba el « [acordarse] del día de reposo» (Éxodo 20.8), entonces, «desobedecía». Entonces el descuidar la salvación tiene que ver con dos dimensiones de pecado. Es decir, podríamos referirnos a los pecados de omisión y de comisión.  Los creyentes no solo cometen pecados sino que dejan de hacer cosas buenas que los convierte en desobedientes. Pese a que estos términos no se usan específicamente en la Biblia, la idea está presente. Orar para que ambas clases de pecados sean perdonados es correcto y apropiado. Muchos de los perdidos no serán condenados por transgredir abiertamente, sino por no aprovechar las oportunidades de hacer el bien; puesto que eso también es pecado (Santiago 4.17). El « [recibir] justa retribución» constituye un principio ampliamente ilustrado en el Antiguo Testamento. Un testigo falso había de ser castigado de la manera que su testimonio habría castigado a otro (Deuteronomio 19.16–20). Esa forma de castigo es ciertamente «justa». El codicioso Acán fue apedreado por desobediente (Josué 7.24, 25). Una ramera había de ser apedreada (Deuteronomio 22.21). Para ayudarnos a no pensar que el castigo bajo el Nuevo Testamento es menos estricto, podemos considerar el caso de Ananías y Safira (Hechos 5.1–11). Hay un ejemplo antiguo testamentario de un hombre siendo muerto por codicioso (Josué 7), y hay un ejemplo neo testamentario de personas que murieron por la misma razón (Hechos 5). Nuestro Dios es un Dios de justicia que pagará a todos los hombres «conforme a sus hechos» (2ª Timoteo 4.14; vea Apocalipsis 20.13). Ciertamente, «no hace acepción de personas» (Hechos 10.34). La Ley Mosaica era inferior a la ley de Cristo, sin embargo, si alguien desobedecía la Ley era castigado de forma estricta y certera. La comparación muestra que bajo el nuevo pacto no puede haber menos castigo. La presente constituía una forma común de razonamiento entre los rabinos de los días en que fue escrito Hebreos; se le llama a minori ad maius en latín. En hebreo es qal wachomer (que quiere decir «liviano y pesado»). Este  razonamiento,  que va de «lo menor a lo mayor», también podría ser llamado el principio de «cuánto más». En el siglo primero d. C., Rabino Hillel catalogó este razonamiento como una de las siete reglas de la interpretación de la Ley. Alguien que piense que sus pecados bajo el nuevo pacto recibirá un castigo menor se engaña a sí mismo. Es erróneo creer que Dios, en Su abundante gracia, pasará por alto pecados sin exigir castigo. Su gracia es en efecto abundante, mucho más abundante de lo que podamos describir, sin embargo, no podemos suponer que se pueda pecar sin impunidad debido a la gracia de Dios, ni que las transgresiones de las que no nos hemos arrepentido serán desestimadas. La obediencia sigue siendo exigida. Hebreos sirve, por lo tanto, para disuadir el pensamiento liberal que dice que nuestro Dios misericordioso pasará por alto nuestros pecados y faltas, sea que nos arrepintamos completamente o no. La importancia de obedecerle a la Palabra de Dios es resaltada en más de una ocasión en Hebreos (vea 10.26–29; 12.25). En ninguna parte se nos dice que Dios pasará  por alto el error sectario debido a que Dios perdona nuestras faltas insensatas. Todos necesitamos tener corazones arrepentidos. Para que podamos tener una limpieza continua de nuestras almas por la sangre de Jesús (1ª Juan 1.7–10), tenemos que estar ansiosos por obedecer la voluntad de Dios cuando la entendemos. Si creemos que la «maravillosa gracia de Jesús» hace menos repugnantes nuestros pecados y que no merezcamos condenación, la habremos convertido en «gracia barata» y nos convertiremos en pecadores soberbios. El pecado «en el campamento» constituye el obstáculo más grande para la obra de Dios que se hace por medio de la iglesia. «… ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?». Esta es una pregunta retórica, pues la respuesta es evidente en el contexto y se da  claramente en otras partes. ¡No hay escape! Segunda de Tesalonicenses 1.8–10ª nos informa de lo que les sucederá a los que desobedecen el evangelio. Cuando el Señor regrese, vendrá «para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos…». ¿Por qué no habrá escape? Porque el pecador habrá pospuesto la obediencia hasta que sea demasiado tarde o hasta que su corazón se haya endurecido de manera que no pueda arrepentirse. Cualquiera de las condiciones podría tener como resultado que no haya más esperanza para el pecador. Ciertamente, hay un momento en el que el Señor cerrará la puerta y les niegue la entrada a los que están fuera suplicando que se les deje entrar (Lucas 13.24–28). Si no hubo manera de escapar al castigo para el pecado de soberbia bajo el Antiguo Testamento, el cual constituía una regla inferior, ¿cómo puede haber manera de escapar para los que pequen al desobedecer el nuevo pacto? No hay otra forma de salvación que no sea por medio de Cristo; si le rechazamos, no tendremos esperanza de redención (vea 10.26; Juan 14.6). Las personas pueden perderse sin que manifiestamente rechacen o desprecien a Cristo. Si «descuidamos» las enseñanzas de Cristo, nuestra sentencia será la condenación. La palabra «descuidar» (ameleo) quiere decir sencillamente «ser descuidado en». No hay propósito terrenal que prospere cuando somos descuidados en ello. ¿Por qué hemos de esperar que nuestra lucha espiritual sea diferente? Cuando se ha evitado ser un homicida, adúltero o alcohólico, no hay base sobre la cual ser justificado. Esto es tan irracional como el decir: «Como yo no soy ladrón, mi negocio prosperará y seré millonario en poco tiempo». De nosotros se debe esperar más, puesto que se nos ha prometido una mayor salvación y reposo eterno del que hubieran podido soñar los que vivieron bajo el antiguo pacto. El que vaya a entrar por la puerta angosta tiene que poner diligencia a ello (Lucas 13.23, 24). Nuestra «gran salvación» vale más que el mundo entero. Es grande porque nos salva de los pecados y de los grandes peligros y provee grandes recompensas. «Es tan grandiosa que ningún idioma sirve para describirla». Existe el peligro real del infierno si rechazamos el plan de salvación de Dios.