Ayudando a la gente en tiempo de Carestía


Uno de los milagros más significativos de Cristo es el que corrientemente se conoce como «la alimentación de los cinco mil». Este milagro y el de la resurrección son los únicos dos que tienen en común los cuatro evangelios. ¿Por qué se tuvo en tan alta estima este evento milagroso en particular? Tal vez se deba a que fue uno de los pocos milagros «creativos» del Señor. Puede que se deba  a que ningún otro milagro en particular fue presenciado por tan grande número de personas, en circunstancias que excluían la posibilidad de un engaño. Por la razón que fuera, la historia acerca de Cristo que alimenta a la multitud fue importante para los cristianos de la iglesia emergente. El tema de los panes y los peces es corriente en el arte cristiano antiguo. El suceso sigue teniendo un significado especial para los cristianos hoy. Cuando se hacen encuestas sobre historias bíblicas favoritas, este relato ocupa invariablemente los primeros lugares de la lista. Existen varios puntos de vista  desde los cuales se puede enfocar la alimentación de los cinco mil; sin embargo, deseo usarla como ejemplo de cómo Jesús ayudó a la gente y de cómo nosotros podemos hacer lo mismo hoy en un contexto de carestía y crisis económica o en un contexto de pobreza. Si algo enseña el Nuevo  Testamento, ello es que, como seguidores de Cristo que somos, debemos ser sensibles a las necesidades de los demás y tratar de ayudarles.  La historia de la alimentación de los cinco mil contiene importantes principios sobre cómo cumplir los anteriores mandamientos,  incluyendo cómo ayudar y cómo no ayudar a los que tienen verdaderas necesidades.

Lo primero que debemos comprender en este tiempo es que LAS PERSONAS TIENEN NECESIDADES. La primera parte del relato destaca el hecho de que hay personas que, en efecto, tienen legítimas necesidades. Comencemos con un repaso y con algunos antecedentes. Jesús y Sus apóstoles habían estado viajando por Galilea. Al final de este recorrido, se dieron cuenta de que Herodes había decapitado a Juan el Bautista, y estaba tomando un interés peligroso en la obra de ellos. Cristo propuso a los doce salir  hacia la ribera oriental del mar de Galilea. El destino de ellos era una región desierta cerca de Betsaida- Julias, que estaba a unos once o doce kilómetros al otro lado del extremo norte del mar de Galilea. Es probable que viajar en barca por mar, fuera un evento sin mayores sobresaltos. Me imagino a Cristo —y tal vez algunos de los discípulos— tomándose una siesta durante el viaje (vea Mateo 8.24).

  1. Las necesidades de aquellos tiempos.

Mientras tanto, la multitud que estaba en Capernaum, de algún modo se enteró de los planes de Jesús y «le siguió a pie desde las ciudades» (Mateo 14.13). Marcos escribió que «muchos fueron allá a pie  y llegaron antes que ellos» (Marcos 6.33).7 Fórmese un cuadro de esto en su mente: los más jóvenes y los que estaban en mejores condiciones físicas, corrían por la orilla, mientras que los mayores y los enfermos iban a un paso más lento. Entre los que se apresuraban todo lo que podían, estaban los que llevaban sus enfermos para que Jesús los sanara (Mateo 14.13–14). Es probable que todos comenzaran juntos, pero pronto, una larga procesión hacía fila alrededor del extremo norte del mar. Cuando la barca de Jesús llegó a la orilla, una multitud ya estaba allí, esperando ansiosamente Su llegada (Marcos 6.33; Mateo 14.14). ¿Se quejaron los discípulos cuando vieron a la multitud? No hubiera sido nada raro, pues estaban cansados y hambrientos (Marcos 6.31); necesitaban estar a solas con Cristo; ¡pero aquí estaba la siempre presente y exigente multitud! Sé cómo se pudieron haber sentido. A veces he estado muy cansado del cuerpo, de la mente y del alma, y a pesar de esto, la gente continuó llegando a pedirme ayuda. Siempre he tratado de ayudar con algún grado de gentileza, pero a veces he tenido que luchar contra cierto resentimiento. La respuesta de Jesús fue diferente de la que habría sido la mía. Él «tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor» (Marcos 6.34a; vea Mateo 14.14). Lucas escribió que les dio la bienvenida (Lucas 9.11ª) No fue que los soportó; ni que los toleró; sino que les dio la bienvenida. Esto me maravilla. Juan dijo que « [le seguían] porque veían las señales que hacía en los enfermos» (Juan 6.2). Cristo comenzó en seguida a « [sanar] a los que necesitaban ser curados» (Lucas 9.11c). Dado que jamás dejaba pasar una oportunidad para predicar, también «comenzó a enseñarles muchas cosas» (Marcos 6.34b), «y les hablaba del reino de Dios» (Lucas 9.11b). Era otro largo día en la vida de Jesús. Aunque a veces se retiraba a un monte de la región (Juan 6.3, 15), la mayor parte del tiempo, estaba ocupado en la enseñanza y la sanidad. Mientras tanto, la multitud siguió creciendo (Juan 6.5).12 Más adelante, se dijo que la multitud era de «como cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños» (Mateo 14.21). Aunque se han hecho diferentes cálculos que incluyen a las mujeres y los niños, bien pudieron haber habido entre diez y quince mil presentes. Durante todo el día, Jesús alimentó espiritualmente a las personas; pero al llegar la noche, la necesidad de alimentación física llegó a ser muy seria. Aquellos millares que atestaban la llanura —entre los cuales se incluían Cristo y los apóstoles— habían pasado sin comer todo el día. (¿Se imagina usted diez mil estómagos hambrientos gruñendo a un mismo tiempo?) La forma tan repentina como salió de Capernaum el Señor y la respuesta impulsiva de la multitud, no les habrían dado tiempo de prepararse para el viaje. La necesidad de alimento físico puede parecer banal en un día repleto de emocionantes milagros y de enseñanzas transformadoras de la vida; sin embargo, Dios nos ha hecho de tal manera, que nuestros cuerpos deben reponerse de vez en cuando. Es cierto que «no sólo de pan vivirá el hombre» (Mateo 4.4); sin embargo, una hogaza o un bollo de pan es necesario de vez en cuando para mantenernos vivos. Jesús no dudó en hacerles ver la necesidad de la gente a Sus discípulos. Señaló a la multitud y preguntó a Felipe: « ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos?» (Juan 6.5). Más adelante les dijo a los apóstoles: «dadles vosotros de comer» (Mateo 14.16). La multitud tenía necesidades tanto físicas como espirituales.

  1. Las necesidades de hoy

Hoy la gente sigue teniendo necesidades, verdaderas necesidades. Las necesidades más importantes son espirituales. Jesús recalcó esto cuando preguntó, diciendo: «Porque, ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?» (Mateo 16.26). No obstante, la gente también tiene otras necesidades, necesidades que no deben pasarse por alto. Un hombre le estaba contando a otro acerca de haber ido a un lugar donde la gente se estaba muriendo de hambre. — ¿Qué les diste? —preguntó el segundo hombre. —Les di tratados —respondió el primero.  — ¿Qué sucedió? —preguntó el segundo. —Se los comieron —dijo el que hacía el relato. Hay ciertas necesidades que hemos reconocido durante años, necesidades tales como las de alimento y vestido. Santiago 2.15 habla de los que «están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día». En una presentación sobre el tema de los edificios de la iglesia emergente del NT de los siglos cuarto y quinto todos tenían una o más habitaciones a un lado, para almacenar alimentos y vestidos para los necesitados. Sé que hoy muchos  edificios de las iglesias de hoy tienen habitaciones parecidas a un lado, en los cuales se almacenan recursos para la benevolencia. Otra necesidad que por lo general se reconoce, es la de las viudas y los huérfanos. Santiago escribió: «La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones…» (Santiago 1.27). Debemos tener programas  para cerciorarnos de que las  viudas no sean desatendidas (vea Hechos 6.1).Podemos trabajar en  adopción de niños sin hogar. Otras maneras como se puede  procurar cuidar de estos, pueden ser los hogares de niños y los hogares de ancianos. No siempre podremos estar de acuerdo en la mejor manera de cuidar de las viudas y de los huérfanos, pero sí hemos  de estar de acuerdo en que hay que hacerlo. Podrían mencionarse otras necesidades que comúnmente se reconocen, tal como la necesidad de cuidar de los enfermos. A Jesús le preocupaban los enfermos. Él elogió a los seguidores benevolentes con estas palabras: «Estuve enfermo, y me visitasteis» (Mateo 25.36a). La mayoría de las congregaciones tratan de ayudar a los  enfermos, lo cual incluye llevarles las comidas que necesiten. En algunos países, los cristianos han construido incluso hospitales para contribuir al alivio del sufrimiento. Es bueno servir a otros como lo hacemos hoy, pero deberíamos ser sensibles al hecho de que siempre se están presentando necesidades adicionales o por lo menos, nuevas expresiones de antiguas necesidades, entre las cuales se incluyen estas: la desintegración de los hogares a causa del divorcio, el descuido y el maltrato de los niños, el crecimiento del alcoholismo y la drogadicción. Otras necesidades surgen porque la promiscuidad sexual está muy extendida, y la epidemia del SIDA da pocas señales de ceder. También hay hombres y mujeres que luchan con serios problemas emocionales. Además, sin agotarse la lista, en nuestras ciudades está aumentando el número de personas que viven en la calle. No estoy insinuando que tenga las respuestas sobre cómo resolver estos problemas. Tampoco estoy sugiriendo que, como congregaciones que somos, deberíamos elaborar programas para hacer frente a estos desafíos. Lo que estoy tratando de hacer es recalcar que las necesidades existen y que las hay de toda clase, que son verdaderas, legítimas, y nosotros como cristianos podemos ayudar a llenarlas. Una vez más lo digo: debemos darle importancia a lo primero. No debemos dejar que se nos desvíe de la meta de llevar a las personas a un conocimiento de Jesucristo, que les salvará. Al mismo tiempo, desatender las necesidades urgentes de los que nos rodean equivale a ser menos de lo que Dios quiso que fuéramos. Si bien el más grande mandamiento es «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón», el segundo es «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22.37, 39). Juan escribió: Gálatas 6.10 habla de hacer «bien» en un sentido general; 1era Tesalonicenses 5.14 también indica que debemos ayudar a las personas con la necesidad que sea. Las necesidades que menciono en este párrafo son las que veo en los alrededores de donde vivo. Adapte usted al lugar donde viven sus oyentes. Puede que viva usted en una región donde las necesidades básicas que se mencionaron —alimento, vestido y semejantes— son todavía las más urgentes. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? (1era Juan 3.17). … el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano (1era Juan 4.20–21).

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