Quiero continuar con las cosas que nos podrían hace tropezar. Una tercera cosa que puede ocasionar tropiezo en nuestras vidas es la lentitud de sus métodos. Vamos a Cristo y colocamos nuestra vida bajo su control, en la esperanza de una inmediata liberación que nos eleve por encima de toda preocupación respecto a la tentación y las fuerzas que se oponen a nosotros. Pero cuán desalentadoramente lenta es la realización de eso, y cuán difícilmente son ganadas las victorias aun cuando somos fortalecidos por su Espíritu. Luego descubrimos que la vida no es una canción, sino una guerra; que la gracia de Cristo no es un mero éxtasis, sino una energía que opera dolorosamente por la justicia en nosotros, y que se exige de nosotros toda vigilancia, sea para ocupar el terreno ya conquistado o para conquistar nuevos territorios. Y la lentitud de Cristo en nuestros propios conflictos espirituales generalmente es causa de tropiezo para nosotros. Eso, porque desalienta, como ninguna otra cosa, nuestras esperanzas, contradice nuestros conceptos errados de una victoria fácil y pasiva sobre nuestras fuertes enemistades. Pero, en verdad, ese método, lento según nos parece, es el único que él podría adoptar, teniendo en cuenta la grandeza de su propósito y la contrariedad de nuestra naturaleza. Y cada experiencia de victoria, por pequeña e insignificante sea, es una profecía del definitivo y completo triunfo final. Por la estimación de lo que Cristo ya hizo, somos asegurados de su propósito inmutable. Cada partícula de experiencia de su poder para santificar, purificar, redimir y librar es profética en lo tocante al todo: “Aquel que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará” (Fil. 1:6). Y si nos aferramos a este hecho encontraremos en él inspiración para proseguir firmes en la fe, y no seremos escandalizados por el hecho de que él trabaje en forma tan lenta, pero segura. Lo mismo es verdad también con respecto al progreso del reino, a cuyos intereses fuimos llamados a servir. Cuán frecuentemente encontramos, en la lentitud con que son alcanzados los resultados espirituales, motivo de tropiezo en Cristo. Comenzamos esperando que, cuando exaltemos a Cristo, multitudes se unirán a él. Imaginamos que sólo necesitamos trabajar fielmente al servicio de Dios y del hombre, y los resultados serán manifestados con seguridad. ¡Pero cuán diferente es lo que sucede! ¡Cuán difícilmente las almas son persuadidas y ganadas! ¡Cuán verdadero es que la cizaña crece juntamente con el trigo! ¡Cuán cierto es que aquel que va llevando la preciosa semilla necesita de las lágrimas cuando siembra! (Sal. 126:6). Y la dificultad para creer que Dios está en el campo, cuando permanece bastante invisible, es demasiado para algunos que comienzan a trabajar para él con elevadas esperanzas y creencias valerosas, que parecen ser todas injustificadas. A semejanza de los discípulos, ellos piensan que el reino de Dios debe venir inmediatamente; y en la disciplina de su entusiasmo y en la conversión de su consagración en constancia, ellos quedan en condiciones de tropezar. No sería difícil citar ejemplo tras ejemplo para probar eso en la obra espiritual, pues cuando los resultados son poco visibles, generalmente los ejemplos son muy reales. El obrero que prosigue sin el estímulo del éxito exterior, que sostiene el testimonio del Señor aun cuando es confrontado por la fría indiferencia, que lleva adelante la obra de Cristo en la inspiración dedicada de saber que se trata de la obra de él, es quien alcanza la bienaventuranza de no escandalizarse. Y parte de eso está en la cosecha inevitable de toda su siembra y en el galardón seguro por todo su servicio. La cuarta cosa que puede hacernos tropezar es la irracionalidad de sus silencios Pero, tal vez, como cumbre y por encima de esas causas sugeridas de tropiezo en Cristo está la irracionalidad de sus silencios. Yo simpatizo totalmente con Juan el Bautista en su perplejidad: “Si éste es realmente el Cristo, porque él no actúa como Cristo? ¿Por qué él no hace nada para libertar a su mensajero cautivo o para traer paz a su corazón turbado?”. Una visita de Cristo cambiaría su prisión en un palacio. Un apretón de manos de él transformaría las tinieblas de Juan en gloria. Pero Jesús no le concedió eso. Lo mismo sucedió en Betania, cuando él dejó a Marta y a María entregadas a la tristeza por dos largos y enfadosos días. Yo me identifico con ellas en su total incapacidad de comprender la demora de Cristo a la luz de su amor; y también en la protesta implícita en la palabra con la cual lo saludaron: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Su silencio parecía totalmente injustificable. Y todavía parece injustificable cuando aparentemente él no presta atención a nuestras oraciones, y clamamos hacia un cielo silencioso. ¿Quién no conoce esta amarga experiencia, así como la sutil emboscada en una experiencia como esa? Usted ha orado por la conversión de sus seres queridos, pero todavía hoy ellos permanecen inflexibles e indiferentes como siempre. Usted oró por cosas temporales que parecen totalmente necesarias, y no vino ninguna respuesta. Usted buscó alivio de alguna carga opresiva, pero ningún alivio le fue concedido, y hoy la carga está más pesada que antes. Y el pensamiento de que el silencio de Cristo es injustificable nunca está demasiado lejos. La lealtad a él se torna algo enfadosamente cansador, llegando casi a la fatiga. Es casi justificable escandalizarse con él. Pero así como sucedió con Juan en la prisión y con las hermanas en Betania, y multitudes de otros en todas las épocas, él no está distraído, aunque su silencio parezca indicar eso. Él está entrenándolos a ellos y a nosotros, para entender la fe, para vivir en la esfera de lo invisible y eterno, para andar en sus propios pasos. Algunas veces lo que llamamos “oración no respondida” es, sin ninguna duda, prueba de una bendición mucho mayor que la respuesta deseada posiblemente podría haber sido. Cuando Cristo responde nuestros pedidos con un “no”, podemos estar seguros de que un “sí” habría sido para nuestro perjuicio. Él retiene misericordias secundarias para enseñarnos la importancia y el valor de las principales. Sus negativas son para enriquecernos y no para empobrecernos, pues sus propósitos son ampliamente más vastos que nuestras oraciones; y mientras su hablar pueda ser como la plata, su silencio es como el oro. Así que nuestro pasaje se puede parafrasear de la siguiente forma: “Bienaventurado es el que no halla en mí motivo de tropiezo”. “Estas cosas os he dicho para que, a pesar de la severidad de mis exigencias, del misterio de mis contradicciones, de la lentitud de mis métodos, de la irracionalidad de mis silencios, no se escandalicen”. ¿Qué cosas eran estas? ¿Qué dará seguridad a su pueblo contra el peligro de la traición? ¿Cuáles son las seguridades permanentes de nuestra fe? En una palabra: la confianza en Su camino delante de nosotros – “Yo he venido de mi Padre”, “Yo voy al Padre”, “Yo soy el camino”. Después, la certeza de Su amor por nosotros: “El Padre mismo os ama”. Y, en fin, la constancia de Su unión con nosotros: “Ustedes en mí, y yo en vosotros”. Estas son las verdades-embrión de todas sus advertencias. Y la expansión de ellas está en la vida de los que le pertenecen. Bienaventurado es aquel que, descansando en estos hechos de Dios, hace de ellos los elementos de su propia vida y prosigue sin escandalizar y sin escandalizarse, siempre radiante con “la paz que excede todo entendimiento”, y se va tornando, de forma creciente, en parte de la iluminación del mundo a medida que refleje a su Señor. Pero tengamos cuidado para no colocar ningún valor inadecuado sobre nuestras simple comprensión de esta verdad. Tengamos cuidado para no sobrestimar la fuerza de nuestras resoluciones y recursos. Tengamos cuidado para no decir algo como: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (Mt. 26:33). Antes, en una dependencia sensible y humilde de Cristo, que siempre se expresa en una devoción y lealtad férrea a su Palabra, busquemos vivir como hombres cuya fe se manifiesta. Pues esta es la condición que gobierna toda la bienaventuranza de aquel que no se escandaliza, de aquel que no halla en el Señor motivo de tropiezo, de aquel que no se ofende con su Señor. Bendiciones!