He pecado: El peligro de una mala confesión 6 parte

Llego ahora al último caso, que voy a mencionar; es el caso del hijo pródigo. En Lucas 15: 18, encontramos que el hijo pródigo dice: “Padre, he pecado.” ¡Oh, aquí tenemos una bendita confesión! Aquí tenemos aquello que demuestra que un hombre es un carácter regenerado: “Padre, he pecado.” Permítanme pintar la escena. Allí está el hijo pródigo; él ha huido de un buen hogar y de un padre amoroso, y ha consumido todo su dinero con rameras, y ahora no le queda nada. Acude a sus antiguos compañeros y les pide ayuda. Ellos se burlan de él hasta el escarnio. “Oh” -dice él- “ustedes han bebido mi vino por largo tiempo; siempre he sido el que paga todas sus fiestas; ¿acaso no me podrían ayudar?” “Lárgate de aquí”, le dicen; y lo echan de sus casas. Él acude a todos sus amigos con quienes se ha asociado, pero ninguna le da nada. Finalmente un cierto ciudadano de aquella tierra le dijo: “necesitas algo que hacer, ¿no es cierto? Pues bien, ve y apacienta mis cerdos.” El pobre hijo pródigo, el hijo de un rico terrateniente que poseía una gran fortuna, tiene que ir y apacentar cerdos; ¡y eso que él era judío! Alimentar cerdos era el peor empleo (según su parecer) que le podían asignar. Véanlo allí, vestido de escuálidos harapos, alimentando a los cerdos; ¿cuál era su salario? Vamos, era tan poca cosa que él “deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.” Mírenlo, allí está, con sus compañeros cerdos en la pocilga, con todo su mugre y su inmundicia. Súbitamente, un pensamiento puesto allí por el buen Espíritu, atraviesa su mente. “¿Cómo es posible”, -pregunta- “que en la casa de mi padre haya abundancia de pan e inclusive hay en exceso, y yo aquí perezco de hambre? Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.” Y se levantó y se fue. Mendiga en todo su camino de pueblo en pueblo. Algunas veces alguien lo lleva en su carruaje, tal vez, pero en otros momentos va caminando trabajosamente subiendo las áridas colinas y descendiendo a los desolados valles, completamente solo. Y ahora, por fin, llega a la colina ubicada fuera de la aldea, y ve la casa de su padre al pie de la misma. Allí está; el viejo guayabo frente a la casa y allá están los promontorios alrededor de los cuales él y su hermano solían correr y jugar; y ante el espectáculo de la vieja casa de paz y tranquilidad, todos los sentimientos y las asociaciones de su antigua vida se le vinieron de golpe, y las lágrimas rodaron por sus mejillas, y casi estaba a punto de salir huyendo otra vez. Dice. “me pregunto si mi padre ha muerto, y me atrevería a decir que a mi madre se le destrozó el corazón cuando me fui lejos; siempre fui su favorito. Y si alguno de ellos vive, no me querrá ver nunca; cerrarán la puerta en mi cara. ¿Qué he de hacer? No puedo regresar y tengo miedo de seguir adelante.” Y mientras deliberaba de esta manera, su padre había estado paseándose por el techo de la casa, buscando a su hijo; y aunque el hijo pródigo no podía ver a su padre, su padre sí podía verle. Bien, el padre baja las escaleras tan rápido como puede, corre hacia él, y mientras está considerando huir de nuevo, los brazos de su padre rodean su cuello, y comienza a besarlo, como un padre amante, en verdad, y luego el hijo comienza a decir: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo,” e iba a agregar: “hazme como a uno de tus jornaleros.” Pero su padre tapó su boca con su mano. “No digas nada más”, le dice; “Yo te perdono todo; no me dirás nada acerca de ser un jornalero; no aceptaré nada de eso. Ven conmigo”, -le dice- “entra, pobre hijo pródigo. ¡Oigan!” -Les dice a sus siervos- “traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.” Que estimulante recepción para uno de los peores pecadores! El padre lo vio, y los suyos eran ojos de misericordia; corrió a recibirlo, y las suyas eran piernas de misericordia; puso sus brazos alrededor de su cuello, y los suyos eran brazos de misericordia; lo besó, y fueron besos de misericordia; le dijo, y lo que dijo fueron palabras de misericordia: ‘Sacad el mejor vestido.’ Hubo hechos de misericordia, maravillas de misericordia, todo fue de misericordia. Oh, qué Dios de misericordia es Él.” Ahora, hijo pródigo, haz tú lo mismo. ¿Lo ha puesto Dios en tu corazón? Hay muchos que han andado huyendo desde hace mucho tiempo. ¿Dios te dice: “regresa”? Oh, entonces yo te pido que regreses, pues ciertamente tan pronto como regreses, Él te recibirá. No ha habido todavía ningún pecador que haya venido a Cristo, que Cristo haya echado fuera. Si Él te echara fuera, tú serías el primero. ¡Oh, si simplemente le probaras! “Ah, señor, yo soy tan sucio, tan inmundo, tan vil.” Bien, ¿qué pasa contigo?, no eres más sucio que el hijo pródigo. Ven a la casa de tu Padre, y tan ciertamente como Él es Dios, Él mantendrá Su palabra: “Al que a mí viene, no le echo fuera.” Mi oración es para que haya muchos casos más de individuos, que, aunque hayan nacido como hijos pródigos, regresen todavía a casa diciendo: “he pecado”. Recuerda que este blog se llama la casa del Padre. Solo vuelve a casa.

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