He pecado : El peligro de una mala confesión 2 parte

El segundo ejemplo que quiero tomar en este día es El Hombre de Doble Ánimo Representado por Balaam, el dijo: “He pecado”. Números 22: 34. El hombre de doble ánimo, que dice: “he pecado”, y siente que ha pecado, y lo siente incluso profundamente, pero que es de mente tan mundana, que “ama el premio de la maldad”. El personaje que he elegido para ilustrar esto, es Balaam. Su frase aparecee Números, al capítulo 22 y versículo 34: “Entonces Balaam dijo al ángel de Jehová: He pecado.” “He pecado”, dijo Balaam; sin embargo, prosiguió después con su pecado. Uno de los caracteres más extraños del mundo entero es Balaam. A menudo me he maravillado ante ese hombre; él pareciera encarnar realmente, en otro sentido, los versos de un escritor cristiano: “Al bien y al mal igualmente inclinado, Y a la vez un diablo y un santo.” Pues realmente parecía ser ambas cosas. En algunos momentos, nadie podía hablar más elocuentemente y más verazmente, y en otros momentos Balaam exhibía la más ruin y sórdida avaricia que pudiera deshonrar a la naturaleza humana. Imagínense que están viendo a Balaam: está parado en la cumbre del cerro, y allí están las multitudes de Israel a sus pies; se le pide que los maldiga, y clama: “¿Por qué maldeciré yo al que Dios no maldijo?” Y cuando Dios abre los ojos de Balaam, comienza a hablar incluso de la venida de Cristo, y dice: “Lo veré, mas no ahora; lo miraré, mas no de cerca.” Y luego concluye su disertación diciendo: “Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya.” Y ustedes dirían de ese hombre que es un carácter esperanzador. Esperen a que baje de la cima del monte, y le oirán dar el más diabólico consejo al rey de Moab, un consejo que era posible que el propio Satanás lo sugiriera. Balaam le dijo al rey: “no podrías vencer a este pueblo en la batalla, pues Dios está con ellos; intenta alejarlos de su Dios.” Y ustedes saben cómo los habitantes de Moab, con lascivias desvergonzadas trataron de alejar a los hijos de Israel de la lealtad a Jehová. De tal forma que este hombre parecía tener la voz de un ángel en un momento, y, sin embargo, la propia alma de un diablo en sus entrañas. Él era un personaje terrible; él era un hombre de dos propósitos. Todavía resuenan las palabras que uno de los importantes de mi antiguo trabajo me dijo. Cuando hablé acerca del caos que existía en la organización, dijo: “Usted debe saber que aquí trabajamos entre la ambigüedad y la incertidumbre. Es decir su estilo de liderazgo era que el obedecía una “cultura ambigua”, que peligroso es conducirse con tal tipo de filosofía. Balaam era un hombre que iba en gran medida hasta el fin siguiendo dos propósitos. Yo sé que la Escritura dice: “Ninguno puede servir a dos señores”. Ahora, esto es malentendido con frecuencia. Algunos lo leen: “Ninguno puede servir a dos señores.” Sí puede; puede servir a tres o a cuatro. La manera de leerlo es esta: “Ninguno puede servir a dos señores.” Ambos no pueden ser señores. Puede servir a dos, pero ambos no pueden ser su señor. Un hombre puede servir a dos que no sean sus señores, o podría servir hasta veinte; él podría vivir para veinte propósitos diferentes, pero no puede vivir para más de un propósito rector, pues sólo puede haber un propósito rector en su alma. Pero Balaam se esforzaba por servir a dos señores; era como la gente de la que se decía: “Temían a Jehová, y honraban a sus dioses.” O como un famoso rey de Europa que pintó a Dios de un lado de su escudo, y al diablo del otro, y abajo escribió el lema: “disponible para los dos; sigo al que pueda.” Hay muchas personas de ese estilo que están listas para ambos. Cuando se encuentran con un pastor, que santos son; el día domingo esas personas son la gente más respetable e íntegra del mundo, según pensarías; en verdad, hasta afectan un amaneramiento al hablar, afectación que consideran eminentemente religiosa. Pero en los días de semana, si quisieras encontrar a los mayores ladrones y tramposos, son precisamente algunos de esos hombres que son tan mojigatos en su piedad y en su liderazgo eclesial. Ahora, tengan la seguridad, mis queridos lectores, que ninguna confesión de pecado puede ser genuina a me nos que sea hecha de todo corazón. De nada sirve decir: “he pecado”, y luego seguir pecando. “He pecado”, dices tú, y muestras un rostro sereno, muy sereno; pero, ¡ay!, ¡ay!, por ese pecado que cometerás cuando te alejes. Algunos hombres parecieran haber nacido con dos temperamentos. En la biblioteca del Trinity College, Cambridge, hay una estatua de Lord Byron. Cuando uno se para de un lado “¡qué hermoso rostro intelectual! ¡Qué gran genio era!” Pero si se pone al otro lado “¡Ah, qué demonio! Allí está el hombre que desafió a la Deidad.” Parecía tener tan mal cariz y tan terrible mirada en su rostro que semejaban la pintura que Milton hizo de Satanás cuando dijo: “mejor reinar en el infierno que servir en el cielo.” Cuando preguntan porque el artista diseñó de esa forma la escultura, la gente responde: que el artista deseaba pintar los dos caracteres: el grande, grandioso, el casi sobrehumano genio que poseía, y también la enorme masa de pecado que albergaba en su alma.” Hay algunos hombres de ese mismo tipo. Me atrevo a decir que, como Balaam, quisieran demolerlo todo usando como argumento sus encantos; podrían obrar milagros; y, sin embargo, al mismo tiempo, hay algo en ellos que revela un hórrido carácter de pecado, tan grande como el que parecería ser su carácter por la justicia. Balaam, ustedes saben, ofreció sacrificios a Dios sobre el altar de Baal: ese era justamente el tipo de su carácter. Muchos lo hacen; ofrecen sacrificios a Dios en el santuario de Mamón; y aunque dan para la construcción de una iglesia, y distribuyen a los pobres, en la puerta contigua de su despacho trituran al pobre por pan y exprimen la propia sangre de la viuda, para poder enriquecerse. ¡Ah!, es inútil y vano que digas: “he pecado” a menos que quieras decirlo de todo corazón. Esa confesión del hombre de doble ánimo no sirve de nada.

Contestar a esta entrada