Diferentes formas de expresar la devocion a Cristo


En los primeros años de mi vida cristiana, me convertí en una iglesia grande que no tenía ningún concepto de lo que era discipular. Luego llegue a otra iglesia de denominación parecida, (en realidad la primera era bautista y la segunda de la Misión Centroamericana) allí comencé a escuchar de tener “mi tiempo devocional”. Era como una especie de ritual que debía hacer en la mañana, leer la Biblia, orar, tener un diario de peticiones. La meta era tenerlo todos los días, y si falla un día me sentía tan miserable, y con mucho temor a que mi día fuera desastroso porque no había hablado con Dios. Después que “entre al ministerio” ya estando de pastor de Educación Cristiana, el pastor general, era un hno. Que había estudiado en Estados Unidos. De hecho era una admirador y seguidor convertido y convencido de la cultura americana. Sus predicaciones era muy agringadas, sus ilustraciones muy americanas, incluso sus chistes. (Ya saben ustedes como son los chistes gringos). Decidió que todos deberíamos meternos a un estudio de discipulado llamado la serie 2:7. Y aunque tenía sus lados positivos, era muy americanizada la forma de estudiar la Biblia. Era leer un pasaje, memorizar versículos bíblicos, tener el tiempo quieto, paso ABC y paso 123. Si lográbamos mantenernos por un año o dos, nos convertiríamos en verdaderos discípulos. Ya ha pasado mucho tiempo de esto. A los tres años salí para otro ministerio, y yo no sé si a usted le pasa lo mismo, pero creo que tener intimidad con Dios va más allá de una metodología devocional. Puede ayudar, para llenar la información, pero a veces quizás nos enamoramos más de la técnica que del Señor al que buscamos. Hoy he estado pensando ¿cuál es la esencia de la vida íntima con Dios? Será que nuestra búsqueda no es estandarizar un procedimiento para buscarlo sino buscarlo de la forma que nuestra personalidad encaja en esa búsqueda? Pienso que el siguiente pasaje nos puede ayudar para reflexionar sobre este tema. La conversación íntima que Jesús sostuvo con el apóstol Pedro junto al mar de Tiberias constituye uno de los textos más sentimentales, más tiernos y a la vez más misteriosos de todo el Nuevo Testamento. ¿Le hace falta a Dios el amor del hombre? ¿Tiene Cristo necesidad de nuestro amor? ¿Sabe o no sabe Jesús que le amamos? ¿Por qué pregunta? ¿Para qué? Durante siglos se ha venido diciendo y escribiendo que Jesús preguntó a Pedro tres veces si le amaba porque con anterioridad el apóstol le había negado otras tres veces. Pero ¿acaso el amor divino es una operación matemática? ¿Es que Dios corresponde con Su Amor en la misma medida y cantidad del amor que recibe del ser humano? Si Pedro le hubiera negado siete veces, ¿le habría preguntado otras siete veces si le amaba? La clave central de esta historia y el punto principal de la conversación están en la misión que Jesús tenía reservada a Pedro: apacentar su rebaño, cuidar de las ovejas antes perdidas y ya rescatadas. Porque ni antes, ni ahora, ni después se puede servir a las personas sin sentirse previamente arrebatado por un profundo amor a Cristo. Los seres humanos son muy difíciles. Para servirlos y amarlos hay que tener el corazón propio muy conectado al corazón de Jesús. ¿Cómo amas tú a Cristo? ¿Te lo has preguntado últimamente? ¿Cómo le amaban las personas que le rodeaban? Entre el grupo íntimo que asistía a Jesús había muchas mujeres. ¿Seríamos capaces de descubrir sus sentimientos? Podemos intentarlo. Hay creyentes que se relaciona con Cristo por medio de un AMOR MÍSTICO El de María, una de las dos hermanas de Lázaro, era un amor místico. Cuando Jesús llegaba a la casa donde los tres vivían, María se sentaba a sus pies y escuchaba embelesada las palabras del Maestro (Lucas 10:39). Otras veces tomaba perfume de nardo puro, una fragancia de mucho precio, lo vertía delicadamente en los pies de Jesús y sentada en el suelo dejaba pasar descuidadamente el tiempo mientras secaba con sus largos cabellos de mujer los cansados pies del hombre (Juan 12:3). El amor que manifestaba hacia la persona eterna e infinita de Jesús llenaba su alma de un goce puro. El amor místico es el que se abandona y se deja llevar por un soplo bienhechor. Aldous Huxley decía que un mundo donde el misticismo no existiera totalmente sería un mundo totalmente ciego, un mundo de locos. Estamos inmersos en una sociedad de corrientes materialistas. Trabajo, televisión, cama, otra vez trabajo, problemas, discusiones, cama, olvido. El ritmo de la vida moderna no nos deja tiempo para la contemplación. Como María, hemos de aprender a manifestar nuestra intimidad a Jesús desde el arrobamiento, en la contemplación, en la meditación reposada, a sus pies en oración, solos, a solas con Él. Hay creyentes que se relacionan con Cristo por medio de un AMOR EN ACCIÓN Marta amaba a Jesús tanto como su hermana María, pero lo manifestaba de forma distinta. El suyo era un amor en acción. En una casa donde vivían tres personas adultas, dos mujeres y un hombre, siempre había mil cosas que hacer. Lucas dice que Marta “se preocupaba con muchos quehaceres” (Lucas 10:40). Era lógico. De otra forma el hogar habría sido un desastre. Y cuando Jesús llegaba a la casa en calidad de invitado y se quedaba a cenar, era Marta quien preparaba los alimentos y quien servía (Juan 12:2). Jesús era un invitado muy especial. La comida tenía que ser también exclusiva. Alguien tenía que cocinarla. María manifestaba su amor a Jesús en la contemplación. Marta materializaba el sentimiento en la acción. En el monte de la Transfiguración, Pedro, Santiago y Juan querían imitar a María y permanecer indefinidamente en las alturas místicas. Jesús aconsejó la acción práctica, como Marta. Cuando los cuatro bajaron del monte, el gentío los esperaba. Un hombre imploraba misericordia para su hijo enfermo (Mateo 17:14-15). Se puede amar a Jesús en la contemplación. Se puede amar a Jesús en la acción. Hay creyentes que se relacionan con Cristo por medio de un AMOR GRADUAL ¿Existe realmente el flechazo amoroso? ¿Puede uno enamorarse de una persona nada más conocerla? Difícilmente. El amor ha de estar precedido por el conocimiento, la atracción, la comunicación, la simpatía, el cariño y algún que otro sentimiento previo al amor y necesario para llegar a él. El amor a Cristo es también gradual. Cuanto más le conocemos, más le amamos. Así ocurrió en el caso de la mujer samaritana, cuyo encuentro con Jesús se relata en el capítulo 4 del Evangelio escrito por Juan. Cuando Cristo abre la conversación, la mujer le llama despectivamente judío (vrs. 9). 9). Poco después le da el tratamiento de Señor (vrs. 11). A continuación lo reconoce como Señor poderoso. (vrs. 15). Un paso más en la comunicación verbal y la mujer pregunta si no será un profeta aquel que tiene delante (vrs. 19). Cautivada por el personaje, le concede la duda de sí es o no es el Mesías (vrs. 25). Finalmente, rendida de amor, cautivada por la personalidad de Cristo, olvida el agua, deja el cántaro, abandona el pozo, desatendiendo a su interlocutor y corre hacia la ciudad, convertida en una mensajera de amor. Basta una pequeña partícula de esperanza para engendrar un gran amor. La samaritana encontró esa partícula y su amor a Jesús fue gradualmente en ascenso. Hasta el arrebatamiento. Hay otros creyentes que se relacionan con Cristo por medio AMOR EN SILENCIO. Puede que el conocido adagio del inglés Tomás Hobbes resulte exagerado, que el hombre no sea un lobo para el hombre, pero en el capítulo 8 del Evangelio escrito por San Juan se retrata literariamente a un grupo de hombres que actúan de manera abyecta y vil con una indefensa mujer, a la que acusan de adulterio. Estos fariseos sí son aquí como lobos. Su comportamiento es animal. Además, ¿cómo sabían ellos que era adúltera? ¿Habían colocado a un espía bajo la cama? ¿Había denunciado a la mujer su propio marido? Ya sabemos que para los fariseos la mujer era tan sólo un pretexto. Ellos iban a por Cristo. Y Cristo los desarmó con cuatro palabras. Hasta tal punto, que uno a uno, desde los más jóvenes a los más viejos, fueron dejando caer las piedras asesinas como un rosario de cuentas cuando se desgrana. Quedaron frente a frente la Misericordia y la Miseria. Cristo y la supuesta adúltera. ¡Cómo lo admiraría! ¡Era su Héroe, su Salvador, había ahuyentado a sus enemigos sin piedras, sin armas, sólo con la palabra de su boca! La mujer quedó petrificada de amor. En silencio. Si Cristo no hubiera preguntado, ella habría permanecido largo tiempo callada. El silencio ante la grandeza de Dios, sus misterios, sus milagros, su poder, ¿no es otra manera diferente de amarle? También hay creyentes que se relacionan con Cristo por medio del AMOR Y SERVICIO. El Nuevo Testamento dice que Jesús eligió a doce apóstoles, todos ellos hombres. No eligió a ninguna mujer para que formara parte del colegio apostólico. ¿Por qué? Se han dado centenares de respuestas, se han expuesto razones para satisfacer todas las hipótesis. A pesar de esto, había un grupo de mujeres fieles y constantes que no le dejaban ni un momento. Lucas habla de estas mujeres, menciona por nombre a algunas de ellas y dice “que le servían de sus bienes” (Lucas 8:1-3). Estas mujeres y otras muchas de las que nada sabemos entendían el amor como servicio. Un periodista norteamericano que visitaba una leprosería en la India vio a una joven misionera que lavaba las llagas a un leproso.
Yo no lavaría esas llagas por todo el oro del mundo –dijo el periodista-. Yo tampoco –contestó la joven-; yo lo hago por amor. Si sirviéramos a Jesús con la misma frecuencia que proclamamos nuestro amor a Él, el mundo y la Iglesia serían diferentes. Amar es servir. Finalmente hay unos creyentes más que se relacionan con Cristo por medio del AMOR MÁS ALLÁ DE LA MUERTE Digámoslo fuerte: el verdadero amor no acaba con la muerte de la persona amada. El amor auténtico perdura y se proyecta más allá de la tumba. Así entendía el amor María Magdalena. ¿Quién era esta fantástica, maravillosa y espléndida mujer? Dice Lucas que Jesús expulsó de ella siete demonios (Lucas 8:2). ¿Qué clase de enfermedad padecía antes de encontrarse con Cristo? ¿Enfermedad moral, espiritual, física, psíquica? ¡Qué más da! Desde que conoció a Jesús se convirtió en su sombra. Y en la mañana dominguera de la resurrección, allí estaba María, al pie de la tumba. ¿No había dicho el Maestro que donde estuviera nuestro tesoro estaría también nuestro corazón? Su tesoro estaba allí, en aquella tumba. Eso le parecía a ella. Las dos palabras que se cruzan ambos personajes forman el más bello poema de amor que jamás se haya escrito: – ¡María! – ¡Maestro! El milagro del amor es que nunca muere. Muerto y resucitado Cristo, nuestro amor a Él debe manifestarse constantemente. No amamos a un cadáver. Amamos a un ser vivo. Si Jesús te hiciera extensiva a ti la pregunta que hizo a Pedro y te preguntara si le amas y cómo le amas, ¿cuál sería tu respuesta? ¿Le amas desde el misticismo y la contemplación, como María? ¿Le amas en la acción, como Marta? ¿Es tu amor gradual y va en aumento, como el de la samaritana? ¿Le amas desde el silencio y el agradecimiento, como la mujer acusada de adulterio? ¿Le amas en el servicio, como las mujeres que seguían a Jesús? ¿Le amarás hasta los últimos días de tu vida, en la muerte y más allá de la muerte?

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