Juan el Bautista: un modelo para la restauración de la iglesia 3 parte

Ya hemos visto cómo el Señor presentó a Juan El Bautista como quién restauraría todas las cosas. Además, dijo de él que era más que profeta, y el mayor de los nacidos de mujer (Mateo 11:9,11). Por tanto, vale la pena mirar a Juan y aprender de él como verdadero restaurador, uno que prepara el camino para la Venida del Señor. La primera actitud de un restaurador: Crecía fuerte y apartado. En Lucas 1:80 se dice de Juan: “Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de manifestación a Israel”. De Juan El Bautista se dice aquí, por lo menos dos cosas: que crecía fortaleciéndose en el espíritu y que vivía en lugares desiertos. Lo primero significa que él se estaba preparando desde muy joven para una obra tremendamente difícil, para una lucha feroz. El venía como punta de lanza después de 400 años en el que El Señor se había callado. El venía como aquel arado que surca una tierra endurecida por años. Los campesinos saben muy bien: cuando se pasa el arado la segunda vez y la tercera vez la tierra está molida. Pero la primera pasada es como romper una capa granítica. Para hacer esa obra se necesita estar fortalecido en el espíritu. ¡Cuantos corazones endurecidos por el pecado! ¡Cuantos pecados amontonados sobre las conciencias! Y ahora viene la Palabra de Dios por boca de Juan y tiene que ser blandida con poder para romper esa dureza y para abrir el surco, y para que detrás de ese surco viniera el Señor Jesús predicando el evangelio. Que honor para Juan! Por eso dice el Señor que no se había levantado profeta más grande que Juan. A Juan le fue concedido abrir el surco para que el Señor encontrara un pueblo preparado, dispuesto. Un pueblo que ya se había bautizado en las aguas del arrepentimiento, que se había arrepentido de sus pecados y había recibido perdón. La predicación de Juan fue dramática, extraordinariamente apelativa. El era un hombre tremendamente fuerte, y tenía que fortalecerse en el espíritu. Es la única alternativa para un restaurador. En Romanos 8 leemos: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz…y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios…porque si vivís conforme a la carne… moriréis; mas si por el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (6, 8,13) ¿De que nos habla esto? De que un hombre de Dios tiene que hacer morir las obras de la carne, y la única manera de lograrlo es andando en el espíritu, es ocupándose en las cosas del espíritu. ¿Cómo vamos a ser fortalecidos en el espíritu ocupándonos en las cosas de la carne? Este un llamado para los siervos de Dios, a los profetas, a los varones y mujeres santos que hoy ministran al pueblo de Dios, un llamado a dejar de una vez por todas las cosas de la carne. ¿Se imaginan ustedes al apóstol Pablo mirando en el Coliseo romano un espectáculo de gladiadores? Sin embargo, nosotros tenemos permanentemente una ventana a los modernos circos romanos y nos metemos en ellos sin salir de nuestra casa. ¿Proveemos de esa manera para el espíritu? No, estamos proveyendo para la carne. Si Pablo estuviese hoy entre nosotros rasgaría sus vestiduras al vernos a nosotros tan tibios y tan mezclados con el mundo, y dándole lugar a la carne en todas esas cosas. ¿Cómo seremos fortalecidos en el espíritu si nosotros no somos capaces de renunciar a lo mínimo? Proveemos para la carne y después nos lamentamos de que no tenemos poder para echar fuera demonios, para cortar ligaduras de impiedad, para dar vista a los ciegos, para poner las manos sobre los enfermos y que se sanen. Nos hemos sentido muchas veces burlados por el enemigo. Que el Señor tenga misericordia de nosotros. Juan vivía en lugares desiertos. ¿Significa esto que nos vamos a tener que transformar en ermitaños? No! Simplemente nos habla de una consagración, de una separación del mundo de corazón, nos habla de una íntima comunión con Dios. ¿Cómo ha de recibir sino en el yermo, en la soledad y en el silencio, el adiestramiento de un carácter hecho a la medida de Dios? Juan no estaba hecho a la medida de los hombres. NO se acomodaba a la opinión de los hombres. El no se contaminaba con los pecados de los hombres. Era un nazareo, es decir, puro, consagrado, apartado cuya señal externa era que no bebía vino ni sidra, ni se cortaba el cabello. El nazareato es una señal de consagración. Nosotros también somos nazareos. Somos personas consagradas. Somos personas a las cuales Dios santificó, separó y a las cuales Dios encomendó una alta y delicada tarea. Nada menos que eso somos: nazareos, apartados, santificados. Estando en el desierto, Juan recibió la Palabra de Dios y comenzó su ministerio. (Lucas 3:2-3)

La segunda cualidad de un restaurador: Con el espíritu y el poder de Elías. En Lucas 1:17 dice: “E irá delante de él (del Señor) con el espíritu y poder de Elías” Elías fue el profeta de los juicios de Dios sobre los profetas de Baal. 450 fueron degollados por su mano, luego de hacer caer el fuego sobre el sacrificio mojado. Oró para que no lloviese y no llovió, y luego oró para que lloviese y llovió. Hizo descender fuego del cielo sobre los mensajeros que mandó el rey Ocozías. Sustentó la viuda de Sarepta multiplicándole la harina y el aceite. El espíritu y el poder de Elías eran absolutamente necesarios para una labor tan ardua. Por eso era preciso que Juan fuera lleno del Espíritu aún desde el vientre de su madre (Luc. 1:41-44) y que creciera fortaleciéndose en el espíritu. Juan tuvo que tratar con corazones endurecidos por el pecado. Su predicación fue como una clarinada que resonó en los severos desiertos de Judea y Galilea. (MT. 3:5-6). Muchos acudían a oírle. Era un gigante que, cual imán santo y vociferante, atraía a los hombres y derribaba la dureza y altivez de los corazones. “Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced pues frutos de arrepentimiento… (Mateo 3:7-8). El pueblo acudía confesando sus pecados. Ellos sentían que su conciencia era convencida y reactivada. Ellos se sentían conmocionados ante la santidad que irradiaba el profeta y ante la justicia que proclamaban sus labios. Era el poder de Dios que tocaba sus corazones y les conducía al arrepentimiento. Como necesitamos hoy el espíritu y poder de Elías. Al igual que Juan, nosotros podemos colaborar con Dios. Dios también puede usarnos a nosotros, si nos ponemos en sus manos. Y hoy no estamos solos. No hay profetas solitarios hoy. El Juan de hoy es corporativo. Y que bueno que sea así, porque hoy hay que restaurar más cosas que ayer. Se necesita una mayor capacidad, una mayor potencia, una mayor gloria. Seguiré en el otro artículo con la tercera cualidad de un restaurador.

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