¡Qué doloroso debió de haber sido para Pasur ver morir al pueblo que le rodeaba, por haber escuchado sus falsas afirmaciones! ¡Cuántos irán a sufrir tormento eterno junto con los mismos espíritus que están allí por sus mentiras, sus falsas enseñanzas y su maligna influencia! Verdaderamente, los maestros —los falsos maestros— recibirán mayor condenación (Santiago 3.1). Jeremías manifestó gran valentía delante de Pasur cuando sufrió aquellas atribulantes condiciones. Este momento de Valentía le ayudó a poner su vida en perspectiva y escribir el fabuloso descubrimiento que se recoge en 20.7–10.)Varios comentaristas han presentado 20.7–10 como otro de los lamentos de Jeremías. Más bien, el contexto indica que esta porción fue un momento en que su ánimo se exaltó al máximo (vea versos 9– 13), momento en el cual Jeremías por fin Se centró en las promesas que Dios le hizo en 1.17–19. De hecho, esta escena podría Llamarse el «huerto de Getsemaní» de Jeremías. No hay duda de que Jesús estaba perplejo y adolorido aquella noche en Getsemaní, cuando oró tres veces, diciendo: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú» Mateo 26.36– 46). No obstante, después de esta petición, Jesús no volvió a titubear ni a vacilar cuando sufrió todas las inicuas acciones que le llevaron a Su muerte en la cruz. Estaba preparado para toda acción cruel en contra de Él. El descubrimiento de Jeremías en el capítulo 20, guarda paralelo con la conducta de Cristo. A partir de ese momento, él también hizo frente a momentos más difíciles —¡pero después de este capítulo no volvió a titubear, ni a vacilar, ni a quejarse! En 20.7–10, Jeremías hizo una reseña de los momentos difíciles que había sufrido (capítulos 1 al 20.6). Pensó en olvidarse de Dios y no hablar más en Su nombre, ¡pero Jeremías siguió hablando! Este contexto fue, por lo tanto, el amanecer del día cuando Jeremías comprendió lo que Dios le había prometido en 1.7: «Porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande». Jeremías estaba consciente de la tentación de dejar de hablar. Pareciéndose en parte al profeta Jonás, fue tentado a huir de la presencia de Dios (vea Jonás 1.1–3) —¡pero no huyó! En 20.11–13, Jeremías se regocijó en su declaración de que Dios verdaderamente estaba con él, y que sería su suficiencia. Jeremías había pasado por un tempestuoso período de emociones encontradas. Amaba a su pueblo, oraba por ellos, y les rogaba que se arrepintieran, antes de que Dios los entregara a la desolación. A pesar de sus esfuerzos, ¡lo señalaron como traidor los que fueron traidores delante de Dios! Jeremías trató y lloró. Predicó y profetizó, tan solo para ser ridiculizado todos los días como digno de muerte. Durante meses, estas frustrantes experiencias agobiaron su alma. Hemos visto luchas en sus lamentos desde el capítulo 12 hasta el 20. No obstante, en el capítulo 20, algo cambió. A pesar de todo, se mantiene inalterablemente firme en su lucha contra todas las potestades de maldad, como «columna de hierro, y como muro de bronce contra toda [la] tierra, contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus Sacerdotes, y el pueblo de la tierra», de modo que todos los que pelearan contra él, no podían hacer nada, porque el Señor, según su promesa [1.18–19], estaba con él, se mantenía a su lado como
«poderoso gigante» [20.11], y demostraba Su poder en la debilidad del profeta.¡Qué momento más precioso es cuando uno descubre la verdadera fuente de su suficiencia! Dios promete estar con nosotros. En algunos casos, incluso identifica lo que enfrentaremos o sufriremos, como hizo con Jeremías (1.17–19; vea Mateo 24.1–39; 1era Timoteo 4.1–5; 2a Pedro 2.1–9). Pacientemente, Dios trabaja con nosotros, nos protege y nos bendice. Al final, Alcanzaremos Sus promesas si no tropezamos al andar por el camino. (Lea detenidamente 1era Corintios 10.12– 13 y Hebreos 6.1–6.) Cuando Dios no nos revela los problemas que nos esperan, Él no olvida proveer contra estos. Toma la carga sobre sí mismo, de modo que cuando los problemas se revelan, la gracia para sufrirlos también se revela. Además, en general, la bendición del servicio de Dios supera enormemente los dolores de este. Si el sobresalto de estos últimos nos aparta del servicio, el resultado será que nos perderemos nosotros mismos. Por lo tanto, es misericordioso de parte de Dios, tratar con condescendencia nuestras debilidades, y así llevarnos adelante por visiones parciales de la verdad, hasta que seamos lo suficientemente fuertes para captar la totalidad. Aún así, cuando se nos revela una perspectiva de problemas, estos deben enfrentarse. Algo de esto debemos considerar, porque de lo contrario podemos hacer un oprobioso fracaso. A Jeremías se le advirtió que habría oposición. Cristo no aprobó el entusiasmo precipitado, despreocupado [Lucas 9.57–58], y mandó a los hombres contar el costo de su servicio […] Jeremías se quejó de que no solo fue seducido, sino que también vencido a la fuerza por Dios. «Más fuerte fuiste que yo». No es que Dios obre en contra de la voluntad del hombre, jamás lo hace, pero Él todavía rodea al hombre y usa tales influencias sobre este que muchas de las experiencias de su vida pueden atribuirse al supremo poder de Dios, antes que a la actuación espontánea del hombre. Podemos beneficiarnos de las ideas prácticas que sugieren las confesiones de Jeremías. Se puede observar claramente su humanidad, pero esta es eclipsada por la suficiencia de Dios. ¡Cuán imperativo era que Jeremías acudiera a Dios con sus debilidades! Esto dejó la puerta abierta para que Dios cumpliera Sus promesas y pusiera a Jeremías a la altura de todo desafío.¿Haremos usted y yo como Jeremías hasta que sirvamos fielmente en todo lugar que Él desea que estemos? ¿Cuánto se necesitaría para enviarlo a usted a una depresión y lejos de la suficiencia de Dios? He aquí algunas aplicaciones para nosotros, basadas en la firmeza de Jeremías bajo condiciones desfavorables: 1. Haremos frente al temor en alguna forma. Podemos elegir entre dejar que nos venza o, por la gracia de Dios, vencerlo nosotros (1era Juan 4.17–19; 2a Timoteo 1.7). 2. Algunas personas o circunstancias pueden intimidarnos. Podemos perder eficacia o podemos ser eficaces por la gracia de Dios (Romanos 8.33–39; 2a Corintios 9.8). 3. Habrá momentos en los que enfrentaremos temor a lo desconocido. Podemos huir de ello o podemos confiar en que Dios andará con nosotros en medio de ello (Romanos 8.26–28; 1era Pedro 5.5– 7).4. Nos vamos a considerar incompetentes para algunos de los encargos de Dios. ¿Deberemos convencernos de esto y seguir indiferentes, o maduraremos y creceremos para llegar a ser lo que Él sabe que podemos ser (2a Corintios 3.4–6; Hebreos 5.11–14; Efesios 4.11–16)? 5. Enfrentaremos presión de la poca fe. ¿Nos rendiremos, o creceremos en la fe y avanzaremos? (Vea Marcos 9.14–24; Hechos 14.21–23; 16.5; Filipenses 1.27–30; 2a Tesalonicenses 1.3; 1era Timoteo 6.12–14; Santiago 2.22; 1era Juan 5.4; Judas 20–21.) Cuán agradecidos deberíamos estar de que Dios consideró apropiado conservar este relato de la vida de Jeremías para nosotros! Su dolor, titubeo y temor —así como su crecimiento y dinamismo— han dejado lecciones dignas de ser aprendidas. Sus huellas nos han desafiado a continuar nuestra lucha por la fe, sea que la gente que está alrededor nuestro responda o se aleje. Su ejemplo es un poderoso recordatorio de que hay gloria en andar con Dios, aun si los hombres murmuran y siguen en pos de otros dioses. La vida de Jeremías fue una demostración de la creencia de Pablo acerca de la gracia de Dios: «porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2a Corintios 12.7–10). Josías y sus descendientes (excepto Johanán) fueron los reyes durante el tiempo en que vivió Jeremías