
El tacto es comparado con el don de evangelista
ahora tomemos el sentido del tacto. El sentido del tacto es el de más grande expresión en el cuerpo; incluye o cubre todos los miembros. El oír está limitado a los oídos, el ver a los ojos, el gustar está limitado a la lengua, y el oler a la nariz; pero el palpar o sentir todos los miembros del cuerpo. Ninguno de los sentidos carece de importancia, aunque algunas veces la función de unos es más obvia que la de otros. El sentido del tacto nos parece, a primera vista, tan secundario que hasta nos preguntamos: ¿qué tanto puede contribuir al equipamiento del cuerpo? Consideremos algunas características del sentido del tacto. Cuando alguna persona carece de vista, uno de los sentidos que más se desarrollan en su cuerpo es el del tacto; hasta cierto punto, el tacto capacita al ciego para adquirir información que la vista le suponía dar, tal como: escrituras, formas y superficies. Desde luego, la información es limitada y carece de esa dimensión tan importante, de distancia. Los que carecen de la vista pueden aprender a moverse como si pudiesen ver, si se les limita a un ambiente en el que los muebles y las cosas están siempre en el mismo lugar. Llegan a conocer el espacio y la localización de las cosas tan bien, que pueden moverse libremente como si pudiesen ver. Desde luego esto implica que no puede haber movimiento de los objetos, ni modificaciones del espacio, ni renovación alguna, sino que todo debe permanecer igual. Un cuerpo que tiene vista, oído, olfato y gusto pero carece del sentido del tacto, se encuentra en una situación muy peligrosa, pues carece de defensa ante los ataque de microbios, los accidentes y tantas otras cosas invisibles al ojo, sordas al oído, inodoras al olfato e insípidas al gusto. Por ejemplo, si un zancudo con alguna infección nos pica o nos cortamos accidentalmente con una espina, si ponemos la mano en alguna cosa caliente o tomamos algún líquido irritante, si no tenemos sentido del tacto y no sentimos los efectos inmediatos, cuando nos demos cuenta de los resultados puede que sean muy tarde. El dolor muchas veces es la única señal de que algo no anda bien con nuestro cuerpo, de que hay infección o alguna enfermedad. Conozco la historia real de un chofer de camiones, que siempre ganaba los premios por hacer más viajes y llevar más carga. La razón era que casi no comía y casi no dormía, porque no sentía necesidad de ninguna de esas cosas. Un día, cuando no se presentó al trabajo, se le fue a buscar a su casa y resultó que estaba muerto. La autopsia reveló un gran hoyo en su estómago como resultado de su mala nutrición y la causa era que no le funcionaba una glándula pequeñita en el cerebro, que era la encargada de producir dolor y manifestar inconformidad ante tales circunstancias. El tacto es el que nos informa del frío y del calor, sin lo cual podríamos dañar seriamente ciertos órganos delicados del cuerpo o aún la misma piel exterior. En contraste con los otros sentidos, el tacto es el único que no está totalmente subordinado al cerebro; de las áreas en donde el tacto está diseminado, sólo los músculos y la piel de la cara dependen del cerebro. El resto del cuerpo reciben su dirección de la médula espinal y las señales sensoriales llegan al cerebro indirectamente. Por ejemplo, cuando uno pone la mano atrás para recostarse sobre un mueble y siente frío o calor o alguna cosa, y retira la mano rápidamente, eso no fue guiado por la cabeza sino por la médula espinal. Se llama “arco reflejo”. Después al ver que fue lo que la mano detectó, la cabeza explica el porqué de esa respuesta; pero la acción no fue dirigida por la cabeza. En este caso el tacto actúo por si mismo. Debido a esta característica del tacto es que tenemos s otro factor interesante: el tacto rechazaría todo dolor si no estuviese sujeto a la cabeza. Por ejemplo, si hay necesidad de inyectarse para quitar una infección, el tacto rechazaría el dolor de la inyección; pero como la cabeza sabe que es necesario para la salud del resto del cuerpo, ordena al sentido del tacto que se someta al dolor.
Por las características tan especiales de este sentido, que si se descuida perjudica al resto del cuerpo, y si se exalta en ausencia de la vista nos suple con una limitada visión, lo hemos de comparar con el don de evangelista. El ministerio de evangelismo es importante y cuando ese don no está en la iglesia, esta carece de compasión por las almas perdidas, ignora la apelación de Dios de ser como sus embajadores con un mensaje de reconciliación, y tarde o temprano esa parte del cuerpo descubrirá una gran infección que requerirá una intervención drástica para salvar el resto del cuerpo. El evangelista imparte al cuerpo el dolor de Dios por las almas que se pierden y el calor y la ternura para buscar la oveja perdida, a la mujer samaritana y al publicano despreciado. Donde este ministerio no opera, el cuerpo se enfría, pierde su primer amor y se desconecta del tiempo presente, vive en el futuro soñando despierto, ajeno a las personas que le rodean. Donde este ministerio se exalta por encima del don de apóstol y de profecía, el cuerpo carece de visión, se desenfrena y no tiene propósito. Resulta en grandes salones llenos de bebés espirituales y cristianos carnales. Pero en donde el evangelista es reconocido en su perspectiva correcta, se exalta el propósito eterno de Dios y al mismo tiempo se tiene la motivación para cumplir la visión. Una iglesia que valora justamente el papel del evangelismo, entre los otros dones, produce un cuerpo sano que crece, que se desarrolla y multiplica. No es suficiente ver y oír el llamamiento de Dios a evangelizar, ni lo es conocer el fin de aquellos que no reciben a Cristo. Se necesita sentir la compasión de Cristo por el mundo para fluir en su voluntad. Una cosa curiosa del funcionamiento del tacto es su limitada sumisión al cerebro y a su tendencia de trabajar por “instintos”. Cuando pastoreaba una iglesia grande de San Salvador, yo era miembro de un equipo (bueno digamos grupo, porque realmente nunca llegamos a trabajar en equipo) pastoral de cinco hermanos. Estaba el Pastor General (que es el título para el mandamás) había un pastor de jóvenes, había un pastor de evangelismo y uno de educación cristiana (si adivinó, yo era el pastor de educación cristiana). El pastor de misiones y evangelismo era un hermano dotado con ese precioso don de evangelista, pero jamás le gustaba trabajar a las direcciones de los otros pastores. Siempre andaba “disparado”, era muy reactivo y emocional. Este es el típico síntoma del sentido del tacto, le cuesta someterse a la cabeza y los evangelistas les cuesta seguir direcciones, caminan por impulsos, sensaciones. He allí una de las debilidades de este don. Por otro lado, el hecho de que esté disperso por todo el cuerpo implica que es un don, pero también una obligación de todo el resto del cuerpo. Es decir no tendremos el don de evangelista, pero todos hemos sido llamados a evangelizar.