Ahora pasemos al sexto pecado, Moab había hecho algo abominable con Edom y eso es en parte su cuarto pecado. Veamos el contexto del pecado El incidente que registra en 2 de Reyes 3:26-27 se comprende mejor a la luz de una enemistad desesperada y violenta entre dos naciones. El rey de Moab y sus ejércitos estaban cercados por las fuerzas conjuntas de Israel, Judá y Edom. Cuando el rey de Moab advirtió que no podía vencer la coalición, resolvió que por lo menos, el rey de Edom no escaparía incólume (v.26) pero cuando fracasó su plan, se apropió salvajemente del hijo del rey de Edom (capturado quizás en un abortivo contraataque) y lo inmoló públicamente. Es posible que en una atmósfera de enemistad, capaz de llegar a esos extremos, Moab también tuviera, muchas cuentas que arreglar con Edom. Pero fue tal el espíritu de venganza, que lo que no pudo arreglarse en vida siguió al rey de Edom hasta la tumba. La consumación del pecado Que otra cosa podía manifestar con tanta claridad la locura irracional de un odio cuidadosamente guardado, que el hecho de arrastrar un cadáver venerable desde su tumba para inflingirlo y humillarlo sin motivo. Por el hecho de abrir la tumba edomita, Moab firmó su sentencia de muerte. La consecuencia del pecado. Morirá Moab dice la Escritura. Todo pecado es como un boomerang y ninguno tanto como el de la venganza. Así que el sexto pecado es tener un espíritu vengativo o revanchista. La venganza es inadmisible en una conducta verdaderamente humana, y mucho menos en la conducta del pueblo de Dios. La Biblia en su enfoque de la vida, constantemente nos recuerda que las relaciones terrenales tienen dimensión celestial: las acciones contra los seres humanos provocan la reacción de Dios. Las palabras que venimos siguiendo pertenecen a Amos y reflejan su intensa pasión en bien de la justicia social y personal, pero nos llegan bajo el encabezamiento seis veces repetido: “Así dice Jehová”. Dios vigila toda la carrera de nuestra pecaminosidad, que incluye la primera, la segunda y la tercera transgresión; el es quien ha subrayado los pecados mortales de estas seis naciones, señalando cada uno como la cuarta transgresión que provoca su juicio irrevocable y con el evidente propósito de que evitáramos dichos pecados y aceptáramos bajo su autoridad los seis correspondientes preceptos que deben regir la vida.