
El Dios del profeta Amós
El ser humano tiene una capacidad prácticamente ilimitada para experimentar escalofríos, ¡siempre que la sensación se perciba desde un sitio totalmente seguro! De no ser así, ¿por qué organizar nuestra visita al zoológico para llegar justo a la jaula de los felinos en el momento en que se está alimentando al león? Ni siquiera la segura protección de vidrios irrompibles o fuertes barras de hierro alcanzan para disminuir el efecto del rugido y del zarpazo, la flexión de los músculos y las uñas desgarradoras. Pero quitemos las barras, restauremos al león en su ambiente natural, sustituyan un cadáver por una presa viva, revitalicen la ferocidad enjaulada hasta que alcance nuevamente su intensidad desencadenada y original y ¡ahí tienen el cuadro de Dios con que Amós ha escogido dar comienzo a su libro. “El Señor rugirá” nos dice Amós. Wow! Este mensaje ya no se oye desde nuestros púlpitos evangélicos latinoamericanos. Sólo descubre el campeón que hay en ti. Rugir? Es una palabra, salvaje, maligna. ¿Puede guardar alguna relación con la naturaleza divina? ¿Puede Dios ser así? Es una palabra que anticipa un sufrimiento inminente, la destrucción, la muerte. ¿Pueden ser estos los actos de Dios? Estas preguntas son importantes porque Amós se presenta delante de nosotros como un profeta, un hombre con una palabra que proviene de Dios, y si el Dios en cuyo nombre Amós habla no es Dios a quien nosotros adoramos, entonces su mensaje no puede ser pertinente para nuestra época. Pero sí lo es. Así que la primera palabra que Amós quiere que escuchemos decir es el nombre de Dios: “El Señor ruge”. En el hebreo la frase sigue un orden fijo. Primero viene el verbo y luego el sujeto. En este caso entonces, el orden normal de las palabras sería: “Ruge El Señor”. Amós invierte el orden: primero coloca al sujeto (el nombre divino: Yahweh) para darle un énfasis especial. De modo que en primer término nuestra mirada es atraída hacia el Agente, y solamente cuando lo hemos contemplado, se nos permite considerar lo que el ha de hacer. Así que Amós divide las secciones principales de su libro mediante el artífice literario de retomar al final algún pensamiento que dio prominencia al comienzo. La primera parte se enmarca entre dos referencias al león rugiente. (1:1;3:8). Cada una de las subdivisiones (excepto 3:3-8) puede interpretarse como un nuevo rugido, el león divino primero denuncia los pecados del mundo de los gentiles (1:3-2:3) y después de los del mundo israelita, dirigiéndose primero al reino del sur, Judá (2:4,5) la tierra nativa de Amós, y luego a Israel, el reino del norte (2:6-16) el pueblo al cual el profeta fue enviado. Luego Dios habla a los dos pueblos conjuntamente en una predicación final (3:1-2). La metáfora del león, por supuesto, se refiere al juicio, y a serie de exhortaciones sirve para mostrar, uno tras otro, las cosas que caen bajo el desagrado divino. Sin embargo, en este momento todavía el juicio es una amenaza futura, y sobre el final de la manera más sutil, Amos pasa del rugido del león a la voz del profeta (3:8), su propia voz llamando en nombre de Dios al pueblo para que preste atención antes de que sea demasiado tarde. Así es, esa es la historia de Amós y como lo explicaba en la serie anterior, es el portavoz de un mensaje que no es oficial ni de agrado de la institución religiosa. He estado oyendo algunas o quizás muchas de las predicaciones que se escuchan por allí, provenientes de los gurus actuales. Y hay palabras que se han desaparecido de sus púlpitos, como juicio, pecado, arrepentimiento, Dios severo. Pero Amós no es de esa clase. Les dejo un video y vean lo que escuchamos actualmente. Y evalúen si encaja en el perfil de Amós. Seguiré con Amós en el próximo artículo