En primer lugar, del análisis del texto bíblico, se deduce que Amós tenía conocimiento de primera mano de la realidad histórica en la que estaba situado como ser humano de carne y hueso. Conocía no solamente los pecados sociales de Israel, sino también, tenía conocimiento directo de la escena mundial de su tiempo , particularmente de las prácticas de injusticia de los países extranjeros (Am. 1.3-2.5). En tal sentido, Amós no fue un profeta desubicado o desenchufado del entorno de misión, ajeno a las relatividades de su tiempo, alienado del marco temporal en el que le tocó vivir. Lo que se nota en sus palabras y en su conducta social, es que articuló un discurso público basado en un fino análisis de la realidad social, política, económica, jurídica y religiosa de su tiempo. Todo el libro de Amós da cuenta de ello. De esa manera, con su mensaje y con su práctica profética, Amós articuló todo un modelo de conducta social y política. Modelo en el que se subraya que aquellos que quieren incursionar en la plaza pública, deben tener un conocimiento de primera mano de la realidad histórica en la que están situados y deben ser capaces de traducir esa información en acciones sociales y políticas orientadas a una transformación radical de las estructuras de pecado y de las prácticas corrientes de injusticia. En segundo lugar, de una lectura del texto bíblico, queda claro que Amós tenía una profunda conciencia de su llamado y sabía quien le había enviado como profeta al reino del norte. Amós no se había auto-convocado o auto-designado, ni se había auto-enviado o auto-comisionado. Él sabía cual era su tarea específica, su misión concreta y, por eso mismo, no se distraía en otros asuntos o en ocupaciones secundarias. No confundía los papeles. No tambaleaba frente al peligro. Así, cuando el sacerdote Amasías, le dijo: …Vidente, vete, huye a tierra de Judá, y come allí tu pan, y profetiza allá; y no profetices más en Bet-el… (Am. 7.12-13). Amós fue capaz de responderle con estas palabras: No soy profeta, ni soy hijo de profeta, sino que soy boyero, y recojo higos silvestres (Am. 7.14). Las palabras de Amós al sacerdote Amasías dan cuenta de que él sabía quien era y cual era su misión en la sociedad de su tiempo. Amós tenía plena conciencia de que Dios mismo le había llamado y comisionado como su profeta en un contexto histórico específico, y estuvo dispuesto a pagar el precio que esa tarea exigía. Como en el caso de Amós, la misma conciencia de llamado y de envío se le exige a los profetas de Dios de este tiempo, para que no capitulen frente al peligro y para que no rebajen ni acomoden el contenido de su mensaje, cuando tengan que enfrentarse públicamente a los que tienen en sus manos el poder político, económico y religioso. Se los digo por experiencia, serán desafiados por la institución y quizás hasta amedrentados por ella. En tercer lugar, de la respuesta de Amós a los requerimientos políticos de Amasías en Am. 7.13 (…no profetices más en Bet-el, porque es santuario del rey, y capital del reino), se deduce que para el profeta, el Dios a quien él representaba, era Señor incluso del Estado y de las autoridades temporales: Y Jehová me tomó de detrás del ganado, y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel (Am. 7.15). La comprensión que tenía Amós de la Soberanía de Dios, explica por qué habló claramente, por qué no subastó su mensaje, y por qué no se vendió al poder político de ese tiempo. En tal sentido, Amós no era de aquellos que convertían a la religión en instrumento político del Estado, ni de aquellos que se vendían al sistema o se acomodaban al mismo, como en muchas ocasiones a lo largo de la historia lo habían hecho los profetas espurios que a menudo se vendían por un «plato de lentejas». En cuarto lugar, Amós habló directamente, no disfrazó ni maquilló el mensaje que tenía que anunciar. Amos no contemporizó, no se alquiló al poder de turno. Amós no retrocedió, no pactó con el poder, no rebajó su mensaje, no fue un timorato, no «mariconeó», (perdón por la expresión, no es muy evangélica que digamos)cuando tuvo que hablar de parte de Dios: Ahora, pues, oye la palabra de Jehová. Tú dices: No profetices contra Israel ni hables contra la casa de Isaac. Por tanto, así ha dicho Jehová… (Am. 7.16-17). Por qué actuó así Amós y por qué no le tuvo miedo al representante de la religión establecida? Porque, como ya se señalado, teniendo conciencia de su llamado y la seguridad de que Dios mismo le había enviado, sabía que su fuerza para la misión le venía de Aquél que lo había sacado de su trabajo habitual para convertirlo en su vocero autorizado, sabía que estaba en las manos de Dios, sabía que Dios le guardaba y le sostenía. ¿Tenemos la misma seguridad nosotros? ¿Denunciamos, sin hacer concesiones de ningún tipo, las distintas formas de injusticia institucionalizada que despedazan la dignidad humana de los pobres y de los oprimidos? Finalmente, el mensaje de Amós fue un mensaje que enjuiciaba y que denunciaba las acciones sociales y políticas injustas de los opresores y de los explotadores, dentro y fuera de Israel. Esto está sumamente claro en las palabras que Amós pronunció, de parte de Dios, delante del sacerdote Amasías: Tu mujer será ramera en medio de la ciudad, y tus hijos y tus hijas caerán a espada, y tu tierra será repartida por suertes; y tú morirás en tierra inmunda, e Israel será llevado cautivo lejos de su tierra (Am. 7.17). Sobre estas palabras de Amós, al sacerdote Amasías, vemos el terrible juicio que Dios pronuncia sobre Amasías: Tendría el dolor de ver a su esposa violada por los asirios, sus hijos muertos, sus posesiones repartidas, y él mismo llevado al exilio. Juntos, templo y sacerdote y todo lo que simbolizaban, serían arrastrados a la ruina juntamente con la nación impía. Eran parte integral del «orden establecido» y correrían la misma suerte que éste .Años después, cuando Asiria derrotó al reino de Israel y capturó su capital Samaria entre los años 722-721 a.C. (Padilla 1993:23), se cumplirían las palabras del profeta Amós. Así, las palabras de justicia y de juicio del profeta de Tecoa, no demoraron mucho tiempo, ya que, finalmente, Dios castigó duramente a Israel que conoció la traumática experiencia del exilio. Amós no claudicó, entonces, del encargo que había recibido de parte de Dios. No cedió ni un milímetro cuando rondaba sobre él el peligro de muerte. No aprovechó las «condiciones objetivas favorables» para venderse al poder de turno. No amordazó la palabra de Dios. No se amoldó al status quo ni se convirtió en un «legitimador» religioso de las acciones sociales y políticas de los explotadores y de los opresores. Amós apostó por el Dios de la justicia y sacó la cara por los pobres de la tierra. ¿No es ésta la ruta por la que tenemos que transitar también nosotros?