Portavoces de lo Eterno: Lati2 de Amós

 En tercer lugar, las palabras y la conducta de Amasías, revelan que se trataba de un religioso acostumbrado a disfrutar de los privilegios temporales que otorga el poder, y de un personaje que creía tener el derecho de delimitar las acciones de Dios en la historia de los pueblos. Amasías pretendía ajustar la palabra de Dios a sus presupuestos teológicos y a sus intereses políticos particulares y, por eso mismo, consideraba que él podía decidir quien tenía que hablar en nombre de Dios y cual tenía que ser el contenido del mensaje que se anunciaba públicamente. Lo dicho previamente puede explicar por qué le ordenó lo siguiente al profeta Amós: Vidente, vete, huye a tierra de Judá, y come allá tu pan, y profetiza allá; y no profetices más en Bet-el, porque es santuario del rey, y capital del reino (Am. 7.12-13). Las palabras del sacerdote Amasías revelan que este religioso confundió a Amós con los profetas asalariados que había en ese tiempo, profetas acostumbrados a complacer con sus palabras a los monarcas que les contrataban, y habituados a acomodar sus predicciones al gusto de sus eventuales clientes políticos. Sin embargo, Amós no era ese tipo de profeta mercenario, dispuesto a venderse al mejor postor y siempre listo para acomodar sus palabras a las preferencias de los políticos de turno. Una conducta pública que siempre deben tener en cuenta aquellos que «maquillan» su mensaje según el auditorio humano en el que se encuentran. Lo hacen porque no se atreven a denunciar los pecados sociales y la injusticia institucionalizada, porque les interesa más las ventajas personales que pueden obtener antes que la ética del reino de Dios y contar con el beneplácito de los poderosos antes que proclamar todo el consejo de Dios –el mismo que incluye el anuncio de la justicia y del juicio de Dios– a todos los auditorios humanos. En cuarto lugar, el sacerdote Amasías creía que Dios era propiedad de la Institución y que estaba obligado a bendecir todas sus acciones políticas. Lo que explica porque, luego de ordenarle al profeta Amós que se fuera a la tierra de Judá (Am. 7.12), le exigió también lo siguiente: …y no profetices más en Bet-el, porque es santuario del rey, y capital del reino (Am. 7.13). Una actitud que revela por qué este líder religioso fue tan complaciente con el régimen de turno y por qué se presentó a sí mismo como uno de sus defensores incondicionales. ¿Por qué actuó así este sacerdote de Bet-el? Pienso que actuó así, porque: Amasías era el sumo sacerdote que se codeaba con el rey y la alta sociedad y… se identificaba plenamente con el «orden establecido». Su manera de pensar y ver a Dios y la vida no se diferenciaban mucho de las concepciones de la clase dominante de Israel. Precisamente esto era lo que le impedía aceptar el mensaje de denuncia de Amós, y su llamado al cambio a favor de la justicia .Consecuentemente, desde la óptica político–religiosa del sacerdote Amasías, el mensaje de figuras públicas como el profeta Amos, tenía que estar en «sintonía» con el «discurso religioso oficial», tenía que «amoldarse» a los requerimientos de las autoridades de turno, tenía que «legitimar» las acciones sociales y políticas de los que estaban en la cima del poder. Según Amasías, Amós tenía que ajustarse a las exigencias propias del santuario nacional de Israel, o irse a otro lugar en el que encajara mejor su mensaje. Lamentablemente para todos aquellos que se alinean en la óptica político–religiosa del sacerdote Amasías, el Dios de la Biblia no es propiedad de ningún Estado ni está obligado a bendecir todas sus acciones políticas, como tampoco está obligado a «asistir» a los «Te Deum» que organizan en su nombre personajes a quienes poco les importa denunciar la injusticia institucionalizada y la condición infrahumana en la que viven miles de seres humanos.  El Dios de la Biblia no está amarrado tampoco a ninguna teología en particular, cultura, ideología política, partido confesional, o intereses de las burocracias religiosas. En tal sentido, nadie puede ponerle límites a su acción soberana en los procesos sociales y políticos de los pueblos, amordazar sus palabras de justicia y de juicio, silenciar a los profetas que él mismo ha llamado y comisionado. Nadie puede encerrarlo en un templo, presuponiendo que a él no le interesan los problemas estructurales, y que él se desatiende de asuntos críticos como la violencia «legalizada» o la situación de carencias materiales en la que se encuentran los pobres y los oprimidos.

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