Reflexiones de un viernes santo: Camino a Emaùs


He aquí otras meditaciones que han surgido estos dìas. Debo reconocer que esta reflexión tiene como base varios artículos, principalmente uno de Ruth Padilla. Asì que veamos lo que tiene Dios para nosotros.

Apesadumbrados iban. Los pies les pesaban y el camino se hacía largo. No era solo el cansancio; no. Es que las expectativas que les habían animado por años se habían despedazado. Quebrada en mil pedazos había quedado la esperanza de que su maestro impusiera un reinado de paz y acabara con los abusos del imperio romano. Apenas días antes su maestro había entrado a la ciudad, triunfante. El pueblo lo había aclamado como rey. Pero todo había acabado en el fracaso, en vergüenza pública, en la humillación más profunda… Esa mañana un par de mujeres les habían compartido la noticia: aseguraban que dos hombres en la tumba habían anunciado que el maestro ya no estaba muerto. Pero ¿quién podía creer tales afirmaciones? Los discípulos las había descartado como vana ilusión… Las mujeres, pensaban, siempre fantasean  Muerto. Jesús estaba muerto. ¡Cómo podían haber sido tan ilusos! Tal vez debieron haberle creído al Sanedrín… El verdadero Mesías, el Rey de los judíos, nunca podría proceder de un lugar tan insignificante como Galilea. El Rey de los judíos lógicamente vendría de Jerusalén. Allí se habían sentado los reyes en la antigüedad. Allí estaba el Templo. Allí descansaba el poder de Dios. Y cuando llegara, el Ungido seguramente se rodearía de gente poderosa, joven, bellos, exitosos e inteligentes, educados y prometedores –no con los perdedores, leprosos, trabajadores, vende patrias y mujeres de mala vida. Además, ¡el Salvador de Israel con toda seguridad nunca acabaría sus días como un criminal común en manos de soldados paganos!
Y ahora, ¿qué les restaba hacer? Dejar atrás Jerusalén y el fracaso. Escaparse y esconderse en el anonimato. Agradecer que habían salido ilesos. Asunto riesgoso era meterse con un grupo radical que desafiaba los poderes del día, los sumos sacerdotes, el mismo imperio romano. ¿Cómo se habían animado a cuestionar su autoridad? Lo mejor era volver a Emaús lo más rápido posible y regresar a la rutina. Ya no más sueños. Ya no más riesgos. Ahora que la misma esperanza había sido enterrada tras esa pesada piedra, Cleofás y su esposa caminan, cabizbajo él, desesperanzada ella, en peregrinaje forzado. Peregrinos cabizbajos, peregrinas desesperanzadas. Como tanto pueblo latinoamericano. Mamá emigró. Papá nunca regresó. Hermano se fue a la guerra. Hermana es empleada en la ciudad. ¿Cuántos se han ido –huyendo del hambre y los dictadores? Los sobrevivientes de las bombas, de los terremotos y de los escuadrones paramilitares levantan sus tiendas, una y otra vez. Millones se amontonan en ciudades superpobladas. La esperanza es pisoteada. Los frutos del campo no logran competir con el producto de la maquinaria global. Ríos de desechos esparcen enfermedad y muerte a su paso. El aire es pesado plomo. Las montañas, desprovistas de sus anclas de madera, se desploman sobre la gente. Sobre peregrinos forzados, con pies pesados y corazones cargados. Tan apesadumbrados iban que apenas notaron al extraño que comenzó a caminar con ellos. Era común que los caminantes buscaran compañía: era más seguro que andar solo frente los ataques de los maleantes. –¿Qué vienen discutiendo por el camino?, les preguntó.Se detuvieron, cabizbajos y asombrados. ¡Cómo no estaba enterado este hombre! ¿Dónde había pasado los últimos días! Era tema obligado. Cierto es que los romanos imponían una mano dura sobre el pueblo, pero no había crucifixiones todos los días! ¿De qué más estarían conversando? –¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no se ha enterado de todo lo que ha pasado recientemente? –¿Qué es lo que ha pasado? Les preguntó el extraño. –Lo de Jesús de Nazareth, le explicaron. Era un profeta, poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron; pero nosotros abrigábamos la esperanza de que era él quien redimiría a Israel.” Con pesar repasan los eventos al extraño que se ha unido a su pesada caminata. De repente, inesperadamente, el extraño interrumpe su narración: –Qué torpes son ustedes, les dijo, y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas!… Cómo se atreve este extraño a insultarnos! Qué sabe él sobre nosotros! Nos llamó torpes. Lentos. Ciegos! Y ciegos están. ¿Cómo así? ¿Por qué será que todavía no lo reconocen? Porque están cegados por una ideología de poder envuelta en religiosidad.

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