Dios instruye a sus conquistadores en pequeñas batallas con victorias simbólicas que retienen todos los elementos de la guerra mayor. David peleó contra el león y el oso como entrenamiento para enfrentarse al propio Goliath. Moisés cuidó de un rebaño de estúpidas ovejas durante 40 años y entre animales errantes aprendió una paciencia inagotable. ¡Y después! Después estaba preparado para guiar a cinco millones, habiendo sido enseñado con unos pocos. Dios te pondrá en apuros pero nunca te dejará sin un precedente… Su integridad es demasiado grande como para asignarte un trabajo que no tengas la más mínima idea de realizar. A Elías se le encomendó la derrota de Jezabel y fue entrenado con una viuda y su hijo. Cuando confrontas el pecado de una nación empiezas sólo por uno de ellos. En ese uno… o dos… obtienes el prototipo que desvela todo el panorama… y la solución. Cuando rompes las cadenas de uno de ellos, has empezado a sacudir los muros del mal y el desmoronamiento de su poder ha comenzado. Elías habría de aprender allá en Sarepta los caminos de su enemigo, las cuestiones pecaminosas que hacen que Jezabel gobierne una vida. Y la muerte a uno mismo que conlleva poder salir de ello. Sarepta era una ciudad en la región de Sidón, el lugar donde el padre de Jezabel era rey. Era su hogar y el centro de adoración de su dios pagano, Baal. Elías se infiltró en aquella fortaleza construida contra el Dios Altísimo con el fin de conmover este espúreo imperio… desde adentro. Elías rescataría a dos pobres y oscuras víctimas: la viuda y el muchacho. Para conquistar el mal, aquel que tenga el porte de Elías se introduce en la propia vida de la víctima y desde esa visión interna conquista a la “tirana Jezabel”. Tal valor tiene para el corazón de Dios el que está en prisiones, que Él envía a Su Profeta Escogido a la propia guarida del enemigo para allí vivir, servir y luchar hasta asegurar la libertad. Elías conquistó el predominio de la viuda y la muerte del muchacho. Las raíces del espíritu de Jezabel.Los pecados del hombre y los pecados de la mujer aquí expuestos en una pequeña casita. La viuda representa a la “mujer sin hombre”. La misión de Jezabel es la destrucción del varón. Dios es varón. El Salvador es varón. La masculinidad llegó antes a la creación. Lidera. La feminidad no es anulada; Dios tiene su propio carácter manso. Pero sin ambos, varón y hembra, no hay vida. Jezabel, máscara de Satanás, desea el fin de la firmeza del varón para implantar el caos; una absoluta vorágine a través de la cual el enemigo pueda asumir el control. Así pues en Sidón los varones habían desaparecido. La ‘mujer-sin-hombre’ está esahuciada. Es estéril y famélica. Igual acontece al ‘hombre-sin-bravura’. La viuda se asió a su último pedazo de alimento, un poco de harina, una medida de aceite. Y el profeta lo pidió como ofrenda. La mujer en Jezabel está tentada a “poseer” para poder controlar. Elías tocó la esencia de la ambición de Jezabel. Y la viuda se rindió. El profeta presentó una elección –que provenía de Dios– y que era vida o muerte. Ríndete y vive… o aférrate y muere. Entregar el control… ese es el desafío de Dios. Poseer supone perder Su provisión. Renunciar –con el riesgo terrible que ello implica– implica festejar durante la hambruna de aquellos que se aferran. Jezabel es el espíritu del hurto y del asesinato, la esencia de la naturaleza de Satanás, encarnada en una vasija humana que comparta su ambición de poder. Jezabel obtuvo la posición que correspondía a su marido, la viña de Nabot y los profetas de Dios, y todo cuanto poseyó fue muerto por su mano. Ese es el espíritu de Jezabel. La viuda que vivía bajo el dominio de la adoración de su nación a Baal estuvo tentada a solventar su vida a través de la avaricia de Jezabel. Elías le mostró que había una opción, un camino diferente. Lo que una mujer renuncia a favor de Dios le es devuelto multiplicado. La fuerza de una mujer estriba en su vulnerabilidad femenina, la cual Dios se deleita en cubrir. La ‘mujer-sin-hombre’ puede hacer de sus hijos maridos en miniatura, despojándoles de su áureo ardor y esclavizándoles bajo los temores femeninos… Estos “muchachos” jamás escapan de las prisiones internas en las que las mujeres dominantes les han encerrado, y allí perecen… poco a poco. Las esposas pueden hacer de su marido un muchacho,tomando el papel de “madre” en vez de “esposa”. El muchacho de la viuda empieza a morir. La Reina Valera, dice así, “La enfermedad fue tan grave que no quedó en él aliento.” Las mujeres temerosas, desengañadas de los hombres, normalmente poseen a sus hijos y los dominan hasta tal punto que su entrada a la madurez masculina es bloqueada mientras son todavía muchachos, su naturaleza innata de lucha y arrojo es violada… Este es el espíritu de Acab, el debilitamiento de los hombres hasta la muerte de su propia hombría. Los ‘muchachos-Acab’ bajo las ‘viudas-Jezabel’ sufren una muerte lenta y asfixiante. La muerte de la individualidad y por ende la muerte del vigor, y peor aun, la muerte de su especie, la ferocidad masculina que Dios creó y que la sociedad necesita. Cuando Jezabel gobierna, mata lo masculino… Su ambición no es ser reina sino rey, poseer el privilegio y el poder que pertenecen a los hombres. Su rival no es otra mujer sino otro hombre. Cuando una mujer asume un dominio feroz da la bienvenida al mal de Jezabel. Tu espíritu es espíritu, pero tu alma tiene género. La mente, voluntad y emociones actúan en función del género. El matrimonio no existirá en los cielos, ni los pastores, profetas, relaciones familiares… pero el género permanece para siempre. Cuando la mujer se entrega al temor y a la codicia, invita a los caminos de Jezabel. Consume la vida del muchacho… el “muchacho” es la masculinidad innata, la identidad natural del varón. Y viene a dormir paralizado por la pérdida de su potente vida. La viuda tiene cierto sentido de culpa, cierta idea del daño, como todas las mujeres que matan hombres. “¿Qué te he hecho yo a ti, oh profeta de Dios? ¿Has venido a mí para traerme al recuerdo mis transgresiones y para quitarle la vida a mi hijo? 1 Reyes 17:18 Una vez más la solución a su problema es abdicar. Elías dijo, “Dame acá tu hijo.” Era “su hijo”, su propiedad para uso personal. Una posesión que asfixia al hombre en el muchacho. La mujer debe renunciar a su dominio sobre un hombre, pero el hombre también debe recuperar su alma masculina. La naturaleza divina de Elías llega para cumplir esa misión. Entonces él lo tomó de su regazo, y lo llevó al aposento donde él estaba, y lo puso sobre su cama. 1 Reyes 17:19 Después este viril profeta – inflamados el ímpetu y la valentía de la masculinindad a causa de su conocimiento de Dios– empezó a orar. Entonces se tendió sobre el muchacho tres veces y clamó al Señor… y el aliento de vida volvió a entrar en el muchacho.” 1 Reyes 17:21,22 Oración intensa, fiero empeño, compromiso personal… ¡estos son los poderes celestiales de la unción de Elías para levantar la fortaleza masculina de la tumba aniquiladora de Jezabel! Tres es el número de la consumación… Elías no se marcharía hasta que la vida regresara, por muy alto que fuera el coste de sacrificio personal. Sólo la vida cuenta. Sólo la resurrección. Elías es el espíritu de la intercesión. Oración apasionada y ferviente. La propia energía del Espíritu Santo que anhela el reinado del propósito de Dios. Abdicar ante Dios y la resurrección por medio de la oración… estas son las armas que Elías descubrió en Sarepta para derrotar al plan ‘Jezabel-Acab’ del diabólico Enemigo de Dios. Elías había servido en la etapa de los “pequeños comienzos”. Había sido fiel en obedecer y ocuparse del Único. Elías estaba ya preparado para enfrentar la gran batalla