Debo reconocer que lo que escribo a continuación tiene mucha influencia de Henri Nouwen. Para mí reflexionar sobre sus escritos ha sido un peregrinaje y quizás un espejo en su caminar espiritual. Dios me está conduciendo por sendero insospechados, pero que vienen de él. Realmente estoy descendiendo hacia la grandeza. Y que mejor modelo que Jesucristo nuestro Señor para hablar de este alejamiento y empuje hacia abajo.
Así que que pienso que el desplazamiento voluntario, como estilo de vida, lejos de ser algo excepcional, es el rasgo característico del discipulado. El Señor, cuya compasión queremos manifestar en el tiempo y en el espacio, es realmente el Señor desplazado. Pablo describe a Jesús como Aquel que se desplazó voluntariamente a sí mismo: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávida-mente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres” (Fil. 2, 6-7). Sería inimaginable un desplazamiento mayor. El misterio de la encarnación radica en que Dios no permaneció en el lugar que resultaba apropiado para Él, sino que se corrió al del ser humano sufriente. Dios abandonó su lugar celestial y tomó un lugar humilde en medio de los hombres y mujeres mortales. Dios se desplazó a sí mismo de tal modo, que nada humano le resultó ajeno y pudo experimentar de lleno el quebrantamiento de nuestra condición humana.La compasión de Jesús se caracteriza por un empuje hacia abajo. Esto es lo que nos molesta. Nosotros no podemos ni pensar en nosotros mismos sino en términos de empuje hacia arriba, de movilidad ascendente en que luchamos por vidas mejores, salarios más altos y posiciones más prestigiosas. Por tanto, nos molesta profundamente un Dios que encarna un movimiento hacia abajo. En vez de luchar por una posición más elevada, por más poder y más influencia, Jesús va – como dice Karl Barth – de “las alturas a la profundidad, de la victoria a la derrota, de las riquezas a la pobreza, del triunfo al sufrimiento, de la vida a la muerte”. Toda la vida y misión de Jesús implica la aceptación de la impotencia y la revelación en esa impotencia del ilimitado amor de Dios. Aquí vemos lo que significa compasión. No significa inclinarse hacia los desprivilegiados desde una posición privilegiada; no es un abrirse desde arriba a los desafortunados de abajo; no es un gesto de simpatía o piedad hacia quienes no han tenido éxito en el empuje hacia arriba. Por el contrario, la compasión significa ir directamente a las gentes y lugares en que el sufrimiento es más agudo, y construir allí un hogar. La compasión de Dios es total, absoluta, incondicional, sin reserva. Es la compasión de quien sigue yendo a los más olvidados rincones del mundo y que no puede descansar mientras sabe que hay seres humanos con lágrimas en sus ojos. Es la compasión de un Dios que no sólo se comporta como siervo, sino cuya servidumbre es una expresión directa de su divinidad.
El himno a Cristo (Fil. 2) nos hace ver que Dios revela su amor divino en su venida a nosotros como siervos. El gran misterio de la compasión de Dios consiste en que esta compasión, en su entrar con nosotros en la condición de esclavos, se nos autorrevela como Dios. Este gesto de hacerse siervo no es excepcional en su ser Dios. Su despojamiento y su humillaci6n no son un desvío de su verdadera naturaleza. Su llegar a ser como nosotros y su muerte sobre la cruz no constituyen interrupciones temporales de su propia existencia divina. Por el contrario, en Cristo despojado y humillado encontramos a Dios, vemos quién es realmente Dios, llegamos a conocer su verdadera divinidad. Precisamente porque Dios es Dios, puede revelar su divinidad en forma de siervo. Como dice Karl Barth: “Dios no toma como un deshonor el hecho de marchar a un lugar lejano y ocultar su gloria. Él se honra verdaderamente en su encubrimiento. Este encubrimiento y la consiguiente acomodación a nosotros son la imagen y la reflexión en que lo vemos como Él es.” En su servidumbre, Dios no queda desfigurado, no asume algo que le resulte ajeno, no actúa contra o al margen de su ser divino. Al contrario, precisamente en esa servidumbre Dios elige revelársenos a si mismo como Dios. Por esto, podemos decir que el empuje hacia abajo, tal como lo vemos en Jesucristo, no es un movimiento con el que Dios se aleja de sí, sino un movimiento hacia sí mismo tal como Él es realmente: un Dios para nosotros, que vino a servir y no a ser servido. Esto implica muy específicamente que Dios no quiere ser conocido sino a través de la servidumbre y que, entonces, la servidumbre es la autorrevelación de Dios.